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CÓMO ESTÁ EL PATIO

De los cuarenta para arriba, el progresismo importa una higa

Entrar en crisis al cumplir una determinada edad es, como votar a Zapatero, una gilipollez a la que todo el mundo tiene derecho. Hay personas que cumplen treinta años y automáticamente experimentan todos los síntomas que las revistas del corazón exponen en el apartado destinado a hacer psicología barata. ¿Hay que ser tonto o no hay que ser tonto?

Entrar en crisis al cumplir una determinada edad es, como votar a Zapatero, una gilipollez a la que todo el mundo tiene derecho. Hay personas que cumplen treinta años y automáticamente experimentan todos los síntomas que las revistas del corazón exponen en el apartado destinado a hacer psicología barata. ¿Hay que ser tonto o no hay que ser tonto?
Pero lo más sorprendente es que todo parece indicar que se entra en estas crisis existenciales en cuestión de minutos. Un tío, o una tía, o un@ ti@, es tan feliz con veintinueve años y trescientos sesenta y cuatro días y al día siguiente, recién cumplidos los treinta, sólo quiere escuchar discos de Leonard Cohen y morirse, que para el caso viene a ser lo mismo.
 
Yo no he pasado ninguna de estas crisis, ni a los veinte, ni a los treinta ni –aún– a los cuarenta, que acabo de cumplir. Hombre, ser guapo ayuda mucho a no tener estas recaídas de autoestima al cumplir años, pero creo que incluso aunque me pareciera a Enric Sopena habría superado sin problemas el salto de la década.
 
Es cierto que con el paso de los años uno pierde facultades físicas. A los cuarenta, por ejemplo, ya no puedes hacerte dos mil abdominales de un tirón mientras te fumas un ducados, pero es sólo cuestión de ir adaptando el ritmo de vida a tu condición física: en lugar de dos mil abdominales te haces mil quinientos, y en vez de un ducados te fumas un pitillo de tabaco mariquita, como hago yo.
 
En cambio, mira por dónde, otras capacidades, también físicas pero de otro orden, si ustedes me entienden, no sólo no decaen, sino que alcanzan su verdadera plenitud cuando uno llega al ecuador de la vida.
 
Añorar la edad juvenil es un síntoma de inmadurez que no obedece a principio racional alguno. Una de las leyes de hierro de la evolución humana es que a los veinte se es más estúpido que a los treinta, y mucho más majadero que a los cuarenta. Y es una suerte que sea así, porque imaginen ustedes a lo que podrían llegar los jovenzuelos que protagonizan las algaradas contra la globalización si el proceso evolutivo fuera el contrario: con ochenta años, un par de timbales étnicos king size atados a la cintura e intentando romper la ventana de un Mc'Donalds con el bastón... pues eso, que la Seguridad Social no ganaría para operaciones de hernias de toda índole.
 
Precisamente este aprendizaje paulatino de los mecanismos de la realidad es lo que hace que los progres adolescentes se conviertan, con el paso del tiempo, en burgueses acomodados que se limitan a impartir doctrina moral y a votar a ZP, en lugar de hacer esas locuras infantilmente revolucionarias. Queda un residuo poblacional que, a pesar de peinar abundantes canas, sigue haciendo gala de una cosmovisión sujeta a la rigidez revolucionaria. Como ZP, que pese a sus cuarenta y tantos añazos continúa creyendo que la sociedad se puede moldear a su antojo y declarándose rojo y feminista, algo que ni la Pasionaria, si viviera aún, se tomaría en serio.
 
¿Por qué sucede esto? Bien, hay varias escuelas, pero en mi opinión no existe mejor antídoto para superar la calentura progresista que salir de casa y empezar a trabajar y a pagar impuestos. De forma inmediata, se comienza a aceptar el paso del tiempo y uno va cumpliendo años, lustros y décadas sin tener que recurrir al lexatín.
 
Y ahora que lo pienso, me ha salido un artículo estupendo, porque me vale también para cuando cumpla los cincuenta, haciéndole levísimas modificaciones. Otro motivo para estar satisfecho de cumplir cuarenta añazos. ¿No lo ven? El que se deprime es porque quiere.
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