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De vino casero a grande de España

Caius Apicius

Cuando uno va cumpliendo años, por supuesto sin achaques, como diría el entrañable Mr. Chips de la deliciosa novela de James Hilton, va dándose cuenta de cómo han ido cambiando las cosas a su alrededor. Menos mal que, en la mayoría de los casos, los cambios se han producido para mejor.

A veces han cambiado tanto las cosas, que cuando uno recuerda cómo eran hace algunas décadas le parece imposible.

Cuando se habla de Galicia, la gente que lleva toda su vida viajando allí suele comentar algunos de esos cambios. Las carreteras, por ejemplo. Hoy, en Galicia, las distancias entre ciudades se expresan en kilómetros; hace treinta años se recurría a la medición en tiempo. Nadie decía cuántos kilómetros de carretera había entre Santiago y La Coruña, sino cuánto se tardaba en el viaje: los kilómetros, en Galicia, solían ser de una curiosa elasticidad.

Y enseguida sale otro cambio espectacular: el de los vinos. Quién nos iba a decir allá por los años sesenta que algunos vinos gallegos iban a estar considerados entre los mejores del planeta. Vamos, que se lo dicen a don Álvaro Cunqueiro, que se inventaba elogios a aquellos vinos de andar por casa, y ni siquiera él se lo cree.

Viene esto a cuento de que, el mes pasado, en el bonito Parador Nacional de Tui, sobre el Miño y con Portugal de telón de fondo, se celebró una cata de añadas –la tercera, si la memoria no me falla– de vinos de las Rías Baixas. De albariños, por usar la terminología más extendida, aunque inexacta. Comparecieron en la mesa de cata hasta ochenta y una etiquetas, distribuidas en las añadas que van de 2004 a 2008.

Un albariño no sólo bebible, sino muy estimable, de una vendimia de hace seis años... Impensable no hace tanto tiempo, realidad espléndida ahora. Verán, hace no más de cuatro o cinco décadas, del albariño no hablaba casi nadie. Tenía un verso de Ramón Cabanillas, cosa lógica porque el poeta era cambadés de nacimiento. Hablaban bien de él una serie de iluminados, con el citado Cunqueiro y su amigo Castroviejo a la cabeza, lo apoyaba Manuel Fraga... Pero era más cuestión de fe y de cariño que de calidad.

Para empezar, lejos de la ría de Arosa, lejos de Cambados y el Salnés, los albariños eran unos ilustres desconocidos. En las tabernas gallegas se bebía mayormente ribeiro. En tazas de loza, a granel.

Iba uno a Cambados y le hablaban del vino de la tierra, del incógnito albariño. Lo llevaban a uno, a una taberna especialmente afamada por la calidad del vino, y a lo mejor tenía la suerte de probar un albariño estupendo. La pandilla se animaba, pedía que se abriese la botella de al lado –por supuesto sin etiqueta, salvo que se tratase de un Fefiñanes, que los paisanos consideraban una especie de intruso– y se encontraba con una pócima decepcionante. Los paisanos presumían, eso sí, del albariño de su casa. Claro: lo hacían para ellos.

"Estos vinos no viajan", decían. Claro que no. Eran los únicos gallegos que no lo hacían. Pero por la sencilla razón de que esos vinos no estaban hechos ni para viajar ni para durar. Dejémonos de eufemismos: en general, estaban hechos de manera bastante deficiente... lo que no impedía que saliesen algunos muy considerables. Pero era más cuestión de suerte que de vitivinicultura.

Cunqueiro, Fraga, Castroviejo y algunos más empujaron lo suyo. Y apareció, en el paradisíaco valle de O Rosal, un hombre ya mayor, enamorado de su valle y de su vino, llamado Santiago Ruiz. Ahí empezó la historia de los rías baixas de hogaño. Ahí empezaron la vinificación cuidadosa, el acero inoxidable, la exigencia de calidad... De O Rosal se extendió esa forma de hacer vino al Salnés, cuna histórica del albariño, y al Condado, Miño arriba. Y nació un gran vino.

Que la gente seguía sin entender. "Es un vino del año", decían. El público rechazaba botellas de la cosecha inmediatamente anterior, exigía la última. Algunos visionarios, entre ellos el propio Ruiz, o quien esto firma, empezamos a fijarnos en cómo evolucionaban esos vinos... y vimos que eran buenos. Más gente lo fue viendo. Se buscaron vías, métodos de elaboración que dieran grandes vinos... y se cosechó el éxito.

No se olvide nadie de que el mejor vino blanco es, sencillamente, el que más dura. Y hoy los rías baixas duran. No sólo duran: crecen, se hacen más grandes. Hombre, ya hay quien exagera y habla de vinos "de guarda". No tanto, no tanto: no estamos en Borgoña. Pero sí que se puede abrir, sin miedo, y en cualquier lugar del planeta, una botella de un rías baixas con tres o cinco años encima... y encontrarse con un vino importantísimo.

La cata tudense, ante expertos no sólo locales, sino de toda España, lo demostró una vez más... aunque la mayoría de nosotros ya lo sabíamos. Los rías baixas se han hecho grandes cuando han demostrado que querían serlo. Viticultores, enólogos, bodegueros han hecho posible con su trabajo y su fe lo que nadie hubiera podido prever.

Cunqueiro no llegó a probar estos vinos. Le hubieran encantado. Y es que no es lo mismo decir de un vino: "Está muy rico", que decir: "Es un gran vino". De los albariños de hoy pueden decirse, sin mentir, ambas cosas.

 

© EFE

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