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CRÍMENES POLÍTICOS

El asesinato de Cánovas

En el balneario guipuzcoano de Santa Águeda, cercano a San Sebastián, se respiraba paz. Sus aguas termales eran un magnífico tratamiento para los achaques del presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo, de 69 años. Aquel verano de 1897, inmerso en las preocupaciones de la insurrección de Cuba, que era un peligro constante de guerra con los Estados Unidos, necesitaba las aguas más que nunca.

F. P. A.
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Acompañado de su esposa, Joaquina de Osma, el líder del partido conservador se había detenido en el viaje a despachar con la Reina Regente en San Sebastián, ya que las tensiones políticas internas no permitían demora. Pero ya el 8 de agosto estaba instalado a su comodidad en el amplio edificio en que solía hospedarse. Allí también residía desde hacía varios días un italiano que se había registrado bajo el nombre de Emilio Rinaldini, según su tarjeta, corresponsal del periódico Il Poppolo. Era un individuo que no tenía trato con ningún otro bañista, y el único huésped desconocido.
 
Usaba melena. Tenía una barba larga, sedosa. Su vestimenta era correcta, aunque le faltaba poco para ser pobre. Había solicitado una habitación de segunda, pero la dueña, al tomarle por periodista, mirando por el prestigio del local, le dio alojamiento de primera. Parecía seguir un tratamiento de baños para curarse una faringitis, pero su comportamiento levantaba suspicacias. Al marqués de Lema, director general de Comunicaciones, que acompañaba en su expedición veraniega al presidente del Consejo, le chocó su facha, cosa que comentó con otros miembros de su círculo de amistades. Pero el hecho de que aquel italiano de extraño comportamiento fuese la única persona desconocida de todo el establecimiento no pareció levantar sospechas entre los nueve miembros de la policía encargados de la protección del jefe del Gobierno.
 
Aquella mañana del 8 de agosto Cánovas, en compañía de su esposa, había asistido a misa, después de lo cual se retiró a sus habitaciones. Allí dispuso un telegrama al ministro de la Gobernación, en respuesta a una consulta que le había cursado. Tras cambiarse de ropa, pasadas las doce, acompañado siempre de su esposa, salió de sus habitaciones, en el piso principal, y se dirigió al comedor, situado en la planta baja. En la escalera la pareja se cruzó con una señora a la que conocían; la mujer de Canovas se entretuvo con ella, mientras éste se adelantaba. Junto a la escalera había una gran galería, que daba al jardín y por la que era obligado el paso para ir al comedor.
 
En la galería había varios bancos. En el más próximo a las escaleras tomó asiento Canovas, que desplegó el periódico La Época y se puso a leerlo. El asesino, que le estaba espiando, aprovechó la circunstancia para acercarse. Sujetándose fuertemente con la mano izquierda al marco de la puerta, acercó al presidente un viejo revólver e hizo fuego.
 
La primera bala le entró por el lado derecho del pecho; salió por la parte posterior, junto a la columna vertebral. Fue ésta la que atravesó el periódico que estaba leyendo, que quedó agujereado y ensangrentado en el suelo. Según los médicos, la herida, aunque era mortal de necesidad, no impidió a Canovas ponerse en pie con un movimiento inconsciente. Giró la cabeza hacia el lado derecho, ofreciendo así la región mastoidea izquierda al agresor, que hizo otros dos disparos: el primero “penetró por la región auricular”, atravesó la masa encefálica y salió por la frente; el segundo entró "por la región supraclavicular, junto a la horquilla", y rompió vasos importantes, lo que provocó que Canovas se desangrase en un corto espacio de tiempo.
 
El criminal descargó su arma una vez más; el proyectil quedó incrustado en el techo, por lo que se cree que  disparó al aire para intimidar a quienes trataban de detenerle. El revólver que utilizó era uno de culata muy negra, muy usado. El cañón parecía medio oxidado. En el tambor no quedaba nada más que una cápsula sin disparar, de las cinco que cargaba.
 
El presidente no debió de darse cuenta de lo que pasaba. Al oír los tiros su esposa bajó rápidamente las escaleras; se lo encontró tirado en el suelo, boca abajo, en medio de un gran charco de sangre. Cerca estaba el asesino, que todavía empuñaba el revólver. Joaquina de Osma se inclinó sobre su marido y le llamó, sin obtener respuesta. Al encontrar su cuerpo inmóvil se volvió furiosa al criminal, increpándole: "¡Canalla! ¡Asesino!". A lo que el italiano replicó: "Señora, yo no soy un asesino. Por respeto a una señora tan digna como usted no le he matado antes. Para evitarle a usted el espectáculo, busqué la ocasión de encontrarle solo. Yo he venido a cumplir con mi deber. He venido a vengar a mis hermanos de Montjuich".
 
El jefe de la ronda encargada de la seguridad del presidente, acompañado por un teniente de la Guardia Civil, capturó al asesino, que no opuso resistencia. De su crimen habría de mantener como explicación "la venganza por los tormentos aplicados a los anarquistas presos en el castillo de Montjuich".
 
Retrato de juventud de Cánovas.El atentado sufrido por el presidente del Consejo se difundió rápidamente. El duque de Tetuán lo puso en conocimiento de la Reina, que se mostró muy conmovida. La noticia corrió por San Sebastián y Madrid. Pasadas las tres de la tarde se certificaba oficialmente la muerte de Cánovas. Como recogía en su editorial el Heraldo de Madrid, "por misteriosas analogías, que los hombres no sabrán explicar, muere el señor Cánovas, en quien estaba personificada la Restauración, como murió el general Prim, representante de la Revolución de Septiembre". Se había cumplido así la profecía que le hizo una gitana que le leyó la mano, siendo muy joven, en su Málaga natal: le aventuró que sería señor de mucho poder, pero que moriría de muerte violenta, según el mismo Cánovas había contado en 1876 durante una sobremesa.
 
El asesino, en la refriega de la detención, dejó caer al suelo el cuello postizo de su camisa, que llevaba impresa la siguiente marca: "La elegante. Plaza D'Ouro. Lisboa". Aunque en principio insistió en mantener el nombre falso que había dado, pronto confesó el suyo verdadero: Miguel Angiolillo Follí, nacido veintisiete años antes en Foggia, un pueblo próximo a Nápoles. Quienes le vieron en el piso bajo de la casita de Santa Águeda destinada a servicio de telégrafos, esposado, con grilletes, descubrieron que tenía una herida en la frente, por la que sangraba. Llevaba puesta una chaqueta color ceniza que combinaba con un pantalón oscuro. En la cabeza tenía un flexible negro. Su rostro era de una enorme palidez.
 
Joaquina de Osma, la inconsolable viuda, se mostró desde el primer momento muy afectada. Incluso se temió que el atentado hubiera deteriorado su salud mental. Una vez trasladado el cuerpo de su marido a las habitaciones que ocupaba en el balneario, permaneció junto a él constantemente. Sorprendió su presencia de ánimo: no derramó una lágrima, y aparentó un temple de hielo. Hasta altas horas de la noche permaneció vestida con el mismo traje de color claro que llevaba en el momento del atentado. Se negó a que nadie más que su doncella personal, acompañada por el ayuda de cámara de su marido, estuviera en el velatorio. Pasadas las once de la noche, dando pruebas de cierto desequilibro, pidió que le sirvieran lechuga, garbanzos y jerez, a la vez que reiteraba como idea fija que su único deseo era que el culpable de la muerte de su marido expiara su delito.
 
Cuando llegó el momento de embalsamar el cadáver permaneció en la estancia. Pasó la mayor parte del tiempo recostada sobre el ataúd, con la cabeza del difunto entre los brazos, acariciando, mimando aquel cuerpo frío. Castelar, el gran orador, amigo de la familia, facilitó el paso de unos periodistas a la cámara mortuoria, y les hizo reparar en la dramática belleza de aquella escena.
 
El cuerpo sin vida del padre de la Restauración estuvo expuesto durante un día en la finca que la familia tenía en Madrid. Cuando se procedió a alzar el féretro para su traslado al camposanto, Joaquina realizó un acto de extraordinaria grandeza: llamó al duque de Sotomayor, representante de la Reina, y le dijo: "El mayor sacrificio que puedo hacer ante la tumba de mi marido es perdonar al asesino. Dios me oye: yo le perdono". Fue un momento tan emocionante que lloraron hasta los hombres de alta dignidad que allí estaban reunidos. El defensor de Angiolillo ante el Consejo de Guerra que le condenó a muerte le comunicó el perdón de la señora todavía emocionado, pero el anarquista italiano no se inmutó.
 
El 20 de agosto de 1897 fue agarrotado en Vergara. Expió su crimen a las once de la mañana.
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