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CRÓNICA NEGRA

El depredador del ácido

La tragedia fue a las diez y media de la mañana. Un individuo moreno la esperaba en su portal de la madrileña calle Río Ulla y le arrojó ácido sulfúrico a la cara. Por la forma de hacerlo podría tratarse de un sicario. Uno al que le han pagado por desfigurarla.  

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El cobarde que lo ha hecho es un depredador del ácido, un tipo que puede ser extranjero, porque en algunos países de cultura islámica está muy de moda eso de echar ácido a la cara a una mujer. Es un tipo de criminalidad repugnante. La chica de 29 años fue trasladada a La Paz. Su rostro estaba deformado. Recibió heridas graves en la cara y la parte superior del torso. No pudo ver al criminal.

Este del ácido es un crimen tan terrible que no quiero decir que se está separando de su esposo, un ciudadano turco, con el que llevaba casada tres años, por no levantar expectativas. La policía de homicidios, porque este es un homicidio frustrado, busca al tipo del ácido. Que ha actuado por razones personales o por orden de un tercero; sea como fuere, merece que recaiga sobre él todo el peso de la ley.

A un tipo que arroja ácido a otra persona deberían tratarle de una manera especial. Es un criminal cruel, mezquino. Su objetivo es causar dolor, el más intenso, duradero y terrible. Es un tipo al que habría que castigar de una forma especial, y especialmente disuasoria. Para que nadie más se atreva nunca en nuestro país a importar la pena del ácido.

Si, por desgracia, el tipo fuera español, debería perder la nacionalidad. Se tratado como un traidor. Habría que dejarle apátrida y expuesto, en territorio de nadie, porque no merece ser de país alguno. Y si alguno lo aceptara, que se supiera cuál es el país de los asesinos del ácido.

Estamos hartos de ver esas mujeres sin nariz, con el rostro borrado en parte, ciegas, con los ojos torcidos, el óvalo de la cara averiado, mutiladas horriblemente por pretendientes rechazados, que les han convertido las orejas en agujeros, los ojos en huecos vacíos, con el arma del ácido sulfúrico. Los criminales del ácido deben ser inmovilizados, extraídos del seno de la sociedad, mostrados a la vergüenza pública, condenados y expulsados de la comunidad civilizada a un espacio exterior, que no pertenezca a nadie, a una tierra sin dueño. Son éstos crímenes imperdonables, como los que se cometen contra los niños pequeños.

¿Dónde queda el poder disuasorio de la ley? Tal vez el día en que el ministro de Justicia salga del pasmo en el que entró cuando le nombraron sepa decírnoslo. ¿Por qué cada vez más se atreven a hacer daño los criminales del ácido? 

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