Menú
Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
RECUERDOS SUELTOS

El hombre que quizás vio al diablo

Pasé en el albergue de la Rue de la Pompe unas dos semanas, algo más de los días autorizados. El dormitorio, muy diferente del de la Maison de la Jeunesse et de la Culture, consistía en un ancho y largo pasillo con tabiques transversales a la pared principal, formando alcobas abiertas con dos camas, una junto a cada tabique. Estaba muy limpio y los servicios eran buenos. Por la mañana temprano debíamos desalojar, y no podíamos volver hasta el anochecer, con lo cual los gestores evitaban robos, mantenían la limpieza y nos estimulaban a buscar trabajo. Solíamos acudir varios a posibles empleos, método malo, dictado por la poca esperanza de encontrarlos.

0
Los días que pasé allí fueron de hambre casi todos, algo muy recomendable para robustecer el espíritu y aumentar la experiencia de la vida. Nos reuníamos tres o cuatro, juntábamos para algunas baguettes y una botella de vino y los íbamos consumiendo mientras andábamos y charlábamos. No por ello olvidábamos a la gente necesitada: uno arrancaba de vez en cuando trocitos de pan de la barra y los tiraba por encima del hombro: "¡Pa los pobres!". Algunos días sólo comí media baguette, si bien disfrutándola mucho. En La Pompe admitían también a hispanoamericanos, y solía venir con nosotros un argentino de lo más típico, que nos aburría con charlas de sonido intelectual, sobre psicoanálisis y temas de los que apenas teníamos idea los demás.
 
Dos o tres veces entramos en bares para pasar allí el mayor tiempo posible en torno a un café, pero los dueños nos echaban apenas hecha la consumición. He oído maldecir a mucha gente, desde ingleses a italianos o useños, la soberbia ruindad de los parisinos, y más de una vez me sentí tentado a unirme al coro. Pero en realidad nos echaban simplemente porque les caíamos mal, una razón casi siempre inapelable. ¿Y por qué les caíamos mal? Debido a las salsas de su complicada cocina, sospecho, causantes de malas digestiones; aunque admito que se trata sólo de una hipótesis. Ya en mi primera visita a París, el año anterior, me había llamado la atención el aire de la gente en el metro: ensimismada, vagamente hosca e infeliz. En el metro de Madrid los pasajeros dejaban una impresión más abierta y alegre, y por eso noté el contraste.
 
Me perdía muchas bellezas de la Ciudad Luz por andar mirando al suelo, sobre todo a los enrejados en torno a los pies de los árboles, con el ánimo de aquel vagabundo de Mortadelo y Filemón a quien le cae un pesado saco por encima de una valla y piensa enseguida: "¡Caramba! Lo mismo está lleno de lingotes de oro". ¿Por qué no había de encontrar yo una abultada cartera repleta de billetes gordos? De tales hallazgos, devoluciones y recompensas generosas hablaban a veces los periódicos, y nadie en su sano juicio creería que los periodistas mienten. Así, pues, ¿por qué no? Mas sólo recogía monedillas perdidas aquí y allá. Pensé recurrir a mi amiga la Sirenita de Copenhague, pero no di con el suelo propicio, blando y uniforme, de asfalto, que permitiera extender el color sin desollarse las yemas de los dedos. Además, pasar horas sentado en el pavimento invernal lo mismo me acarreaba una pulmonía, lo cual no hubiera dejado de ser una nueva experiencia, pero pensé que con las demás ya podía darme por contento.
 
Un atardecer deambulaba en torno a la alta torre de Saint Jacques de la Boucherie. Allí, instruía una inscripción, se concentraban en la Edad Media los peregrinos a Santiago, llegados de muchos países para emprender la marcha. Debieron de pasar por el lugar millones de ellos a lo largo de siglos, y yo trataba de imaginar las escenas, entrar en la mentalidad y las vidas de aquella multitud de personas desaparecidas de la faz de la tierra como soplos de viento, o como si nunca hubieran existido, igual que habría de sucedernos a los demás. Con el frío, los raros transeúntes andaban presurosos y arrebujados. En la soledad y la oscuridad creciente del ocaso, la sombría figura de la torre gótica, con sus gárgolas y filigranas, sobrecogía como una advertencia misteriosa.
 
Alguien se detuvo cerca de mí. Lo reconocí como un huésped de la Pompe a quien apenas había saludado antes y entramos en conversación. Lo llamaré Francisco. Tendría unos treinta años, de mediana estatura, ligeramente rechoncho aunque con tendencia a enflaquecer, por las circunstancias.
 
París (La Grande Arche).– París es una ciudad predilecta del diablo –dijo en algún momento.
– ¿De veras?
– Hay lugares donde el diablo tiene un poder especial. En esta ciudad se han cometido infinidad de crímenes y de inmoralidades, y desde ella se han propagado por el mundo.
 
Mencionó el exterminio de los templarios, la Revolución Francesa y otros sucesos. Poseía una cultura amplia y heteróclita, y una visión conspirativa de la historia. Los judíos y los masones dominaban el panorama. La Ilustración, la Revolución Rusa, las guerras mundiales… se explicaban por las intrigas satánicas de ciertas organizaciones. Mencionaba una novela de Disraeli, Coningsby, aunque dudaba de Los protocolos de los sabios de Sión. Yo lo encontraba muy interesante, pero no tan convincente.
 
– Si esos tipos son tan inteligentes, toman tantas formas y consiguen siempre que la historia discurra a su favor, entonces no hay quien pueda oponérseles. Además, debían de haber triunfado hace ya mucho tiempo –oponía yo, algo toscamente.
– Se trata de una conspiración a través de los siglos contra el legado de Cristo y la Iglesia Católica, y, por supuesto, no han vencido ni vencerán jamás: "Las puertas del infierno no prevalecerán".
– Entonces tampoco hay que preocuparse tanto…
 
Los judíos estaban por doquier. Ellos habían organizado la Revolución Rusa, Lenin era judío, y muchos otros. Stalin, en cambio, había escapado al control de la Gran Conspiración y montado otra por su cuenta.
 
– Si con tener algún abuelo o tatarabuelo judío ya eres judío, nadie puede estar seguro de si es judío o no.
 
Le irritaban mis objeciones, pero siempre encontraba respuesta a ellas. Años más tarde me ocurriría a mí con el marxismo.
 
– ¿No tienes la impresión, como dijo André Maurois (¿o dijo Mauriac?), de que el Mal no es algo, sino alguien? El Mal es personal…
 
Una vista nocturna de París.Hicimos cierta amistad, y algunos días los pasamos enteros en el metro, después de comprarnos algo de pan y leche, colándonos sin pagar, si podíamos, porque era el único lugar caliente y barato de donde no nos echaban. Pasábamos horas conversando en los bancos, y cuando nos cansábamos viajábamos a otra estación.
 
Él había llegado a París unos meses antes, no supe o no recuerdo por qué o para qué. Había venido a dedo, y creído notar que desde otros coches algunos sujetos misteriosos le habían seguido o localizado aquí y allá. Llegado a la capital francesa sin mucho dinero, había topado con unos sujetos extraños, que le invitaron a tomar unas cervezas.
 
– Estábamos sentados a una mesa, en una terraza, y uno de ellos se levantó, diciendo que tenía que ir a no sé dónde. Quedé mirándole mientras iba por la acera, y entonces, de pronto, sin haber llegado a la esquina, desapareció.
– ¿Desapareció? Se perdería entre la gente.
– No, había poca gente y lo percibí sin duda alguna. Como si se hubiese evaporado en el aire. Miré a los otros, pero ninguno prestaba atención.
 
Le ofrecieron compartir su piso, por poco precio. Vivían en un semisótano oscuro y mal ventilado. Debían de ser tres, y diría que mencionó a una mujer entre ellos. A veces acudía más gente, de visita, y uno de los inquilinos se sentaba al piano y hacía sonar una música insoportablemente triste. Una de las habitaciones estaba siempre cerrada con llave. Una tarde la abrió alguien por unos instantes, y Francisco sintió pasar por la sala una vaharada apestosa.
 
– ¿Crees que estoy loco?
– Bueno, no me lo parece.
 
Pero sí me parecía que no llevaba buen camino. Tenía cierto sentido del humor, y una mezcla de admiración y aprensión hacia las mujeres. En el metro parisino se ven chicas realmente bellas, y una, sin serlo especialmente, le dejó embobado:
 
– Fíjate, qué chica tan extraordinariamente femenina.
 
Y lo era, en su expresión y sus gestos.
 
París le fascinaba, no sé bien por qué, como si hubiera ido allí a cumplir alguna extraña misión. ¿Había alguien detrás de él? Muy dudoso.
 
– Yo creo que, cuando vives en la infelicidad y te ves hundido en la desgracia, estás siendo observado más atentamente desde algún sitio. Desde el cielo. Es como una prueba, y de un modo u otro todo terminará bien.
 
Mi escepticismo le puso una vez fuera de sí. Me acusó de ser agente de la masonería o algo por el estilo, dedicado a espiarle. Ver así a un chaval de dieciocho años, hambriento y casi harapiento, debía de resultar excesivo, incluso para unos nervios recalentados como los suyos. Esperé a que él mismo se diera cuenta del disparate, y el arrechucho se le pasó pronto.
 
Un personaje curioso. ¿Qué habrá sido de él? Ojalá no haya terminado en un manicomio. Lamento haberme quedado con unos recuerdos más bien nebulosos. Hubiera estado bien anotar los sucesos de aquel mes, pero nunca tuve paciencia para escribir diarios, más allá de unos pocos días, y por entonces ni eso.
0
comentarios

Servicios