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PANORÁMICAS

El monstruo se llama George W. Bush

Si se leen las declaraciones de Frank Darabont sobre su última película, La niebla: "Esta película surge de mi furia contra la Administración Bush (...) ésta es una película cien por cien política, (...) en contra de lo que ha estado haciendo mi Gobierno. Tras los ataques a Nueva York la derecha religiosa (...) esparció una profunda niebla por toda la nación para ocultar sus intereses", la reacción más normal en cualquier espectador –sea de izquierda, de derecha o de centro– será buscar otra sala en la que comerse unas palomitas.

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Para atiborrarse de metáforas ya está Mujeres, fuego y otras cosas peligrosas, de George Lakoff, o El mundo de las palabras, de Steven Pinker, y no un director de cine hollywoodense que se considera una persona culta y progresista porque está suscrito al New Yorker.
 
Si de todas formas –y ante la tierra baldía que es la cartelera en estos días– decide contemplar esta fábula anti-Bush, se va a encontrar con un producto irregular pero visible, basto aunque en ocasiones impactante, demagógico a la vez que a ratos entretenido.
 
Tras una brutal tormenta eléctrica, una sospechosísima niebla cae sobre el más tópico de los pueblecitos norteamericanos. La acción se sitúa en el supermercado de la localidad, donde se encuentra comprando una veintena de vecinos en el momento en que se presenta un tipo corriendo con la cara ensangrentada gritando que hay algo en la niebla que no se ve pero se siente. Dolorosamente.
 
Durante la siguiente hora y media los clientes se transforman en supervivientes enclaustrados de una situación que lleva al límite las relaciones sociales, según los parámetros que definieron Hobbes y Sartre cuando sentenciaron, el primero, que al establecerse la ley del más fuerte domina "lo que es peor de todo, el miedo continuo, y el peligro de una muerte violenta", y, el segundo, que "el infierno son los otros".
 
Elevémonos un poco sobre las pequeñas fobias políticas de Darabont. La cuestión de fondo es que en el momento en que la seguridad personal cesa, cesa también todo vínculo obligatorio. Lo que no es óbice para que los individuos sigan comprometiéndose mutuamente, aunque entonces, para reemplazar la autoridad del monopolio legítimo de la fuerza, que aparentemente ha hecho mutis por el foro, surja el liderazgo basado en las capacidades carismáticas.
 
Los supervivientes, acosados por una miríada de descabellados monstruitos, tendrán que elegir entre dos líderes y dos talantes: el racionalista y guapo David Drayton (Thomas Jane) o la religiosa y fea Mrs. Carmody (Marcia Gay Harden, que se lo ha tenido que pasar en grande interpretando a esta furia evangélica). Drayton –acompañado de un hijo, para que el espectador no tenga duda sobre a quién debe otorgar su simpatía– es un pintor de pósters de películas (primera metáfora: adivinen de quién es el retrato que la tormenta eléctrica destrozará al principio) que será seguido por los más inteligentes de la clase media, que, entre tentáculos carnívoros y telarañas ácidas, discuten sobre si la humanidad es básicamente decente (tesis defendida por una rubia y roussoniana maestra interpretada por Laurie Holden) o evidentemente insana (como sostiene el fantástico Toby Jones, dependiente del supermercado y campeón de tiro al blanco). Mientras, los catetos trabajadores de clase baja con gorras de béisbol seguirán a la profeta del apocalipsis de las siete plagas bíblicas y los cuatro ángeles exterminadores, que está retratada con el trazo grueso de la caricatura desaforada.
 
Con el rabillo del ojo puesto en El señor de las moscas de William Golding, la película de Darabont se sitúa en la serie B de una cadena claustrofóbica que tiene en El ángel exterminador de Luis Buñuel y El bosque de Night Shyamalan sus más brillantes eslabones. De manera explícita e infinitamente poco inteligente, la parábola de Darabont se inclina hacia lo reaccionario. Porque había un tercer grupo dentro de la tienda, liderado por un abogado hiperracionalista, urbanita, presuntuoso y de éxito, que es liquidado a las primeras de cambio (dado que el abogado es negro y lo siguen los negros, Spike Lee estará hecho una furia). Además, la causa del apocalipsis surge de la actividad científica. ¿Lo pillan?
 
Superficial cuando pretende ser profunda, en la última hora de proyección alcanza, sin embargo, una alta temperatura de efervescencia gore, puntuada de suicidios por ahorcamiento y envenenamiento, crueles linchamientos, mutilaciones varias y una aplicación final de la eutanasia radical sobre la que la dupla Darabont/King se permite una brutal broma macabra, sin duda lo mejor de la película, que de todas formas también acaba devaluada en un quite final moralizante tan inverosímil como superfluo. Por cierto, ironía de las metáforas, el enrabietado director termina dando la razón al denostado presidente de sus odios, al proponer que donde esté una columna de tanques, que se quite la ONU.
 
Darabont se define a sí mismo como un guionista que a veces dirige películas. En cuanto escritor de películas, George Lucas lo ha puesto en su sitio al rechazar el guión que había escrito para la última entrega de Indiana Jones. Como director, él mismo es consciente de sus límites: tiene un talento sui generis para planificar una puesta en escena vulgar y sin imaginación, atropellada y confusa (que él interpreta como "estilo documental"). Esto no es óbice para que tenga una gran cantidad de admiradores por su trabajo en Cadena perpetua y La milla verde, situadas, gracias a sus votos, entre las grandes películas de la historia en la base de datos www.imdb.com. Lo que, como en el caso del Chikilicuatre, no deja en muy bien lugar a la democracia.
 
 
LA NIEBLA (EEUU, 125 minutos). Guión y dirección: Frank Darabont. Producción: Bob y Harvey Weinstein. Intérpretes: Thomas Jane, Marcia Gay Harden, Andre Braugher, Laurie Holden, Toby Jones, William Sadler, Frances Sternhagen y Jeffrey DeMunn. Calificación: Irregular (6/10).
 
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