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VUESTRO SEXO, HIJOS MÍOS

En busca de un buen padre

Queridos y excelentes copulantes: Es comprensible que la inteligente hembra humana esté particularmente interesada en contraer un matrimonio hipergámico, porque facilita mucho la crianza de los hijos. El poder, la sabiduría y el dinero representan esa dote práctica que, en el mundo animal, se exige a todos los machos monógamos: un nido bien hecho, un regalo de comida, un buen territorio.

Remedios Morales
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La hembra humana, desde hace mucho tiempo, viene exigiendo que la fianza del macho sea depositada en forma de capital humano o en bienes. La gallardía, la palabrería y las hazañas de alcoba son, sin duda, más seductoras, y las mujeres sueñan con hombres "de placer"; pero no suelen casarse con ellos, a no ser que, las muy condenadas, encuentren uno que, encima, sea buen proveedor. Por otra parte, si se buscan buenos genes, ¿qué mejores genes para dotar a un hijo que los de un hombre inteligente, rico y ambicioso?

¿Es la hipergamia un instinto, o es una costumbre cultural universal? La respuesta varía según el experto que se consulte. Si consultáis a un científico social progre, dirá que las mujeres buscan hombres ricos porque son los hombres los que poseen la mayor parte de la riqueza, y que si la riqueza estuviera bien distribuida, las mujeres no tendrían necesidad de un hombre para obtenerla. Si les haces ver que, del mismo modo, podríamos pensar que los hombres buscan riquezas porque eso, precisamente, es lo que atrae a las mujeres, ellos van y te responden que es posible que hombres y mujeres aprendan todo eso en el seno de la cultura. Ya, y un jamón con chorreras. Yo creo que eso de distribuir bien la riqueza es como limar lo cuernos a los machos para que toda la manada sea igual.

Simplemente, la igualdad es contraria a la evolución, siempre tan discriminadora y tan cruel. Por lo demás, habría que estar todos los días redistribuyendo la riqueza, porque los hombres están programados para empeñar su amor propio en esto de hacerse más ricos. Es su estrategia. La sociedad entera aplaude al varón que se esfuerza en escalar puestos en la jerarquía social y convertirse en un buen partido. ¿No sucede lo mismo con las mujeres? Pues no exactamente. Ningún hombre se ha interesado todavía por mi prima Virtudes Morales, y eso que gana un pastón trabajando en esa cosa de la bolsa, pero, por decirlo de una manera suave, se parece a Paquirrín con pistoleras.

Y es que los biólogos dicen que los sexos se seleccionan mutuamente de distinta manera, y que Virtuditas, si en vez de ser una prima fuera un tío, estaría felizmente casada con una maciza. También dicen que la hipergamia es un rasgo biológico, general en todas las especies y consecuencia del mayor esfuerzo reproductivo de la hembra. Las mujeres, como hembras de una de las especies que se decantan por la estrategia Papá en Casa, son cautelosas y exigentes, y eso está muy bien. Sus bebés no se pueden criar con la misma eficacia si no tienen papá o si su papá es una birria. La hipergamia eleva el coste del sexo para los hombres y los hace trabajar. Fijaos bien: esta conducta de salvaguardia, impuesta por todas las hembras de una especie monógama, impide el sexo libre y frena la infidelidad de los machos. Lo que pasa es que, con la aparición de los anticonceptivos modernos, hay muchas esquirolas.

La teoría económica de la familia tiene mucho que decir con respecto a la hipergamia. Y lo que dice es que el comportamiento hipergámico, sea instintivo o cultural, responde por completo a uno de los principios básicos de la economía, según el cual todos los individuos buscan maximizar sus intereses. Una de las ventajas de emparejarse sería, precisamente, la de la especialización de cada miembro de la pareja en las tareas en las que fuera más productivo. Cuanto más complementarios fueran sus integrantes, más ventajoso sería el matrimonio para ambos.

Ya os he dicho que los sexos no son complementarios, pero la complementariedad se puede forzar desde la cultura, buscando una pareja con un perfil determinado. Si, en el momento de casarse, el varón es mayor que la mujer, casi seguro que tiene ventaja comparativa en el mercado de trabajo. Desde luego, el marido ideal que toda madre quiere para su hija es el que tiene un buen capital humano y un empleo bien remunerado. Lo que ocurre es que un hombre como el que he descrito sólo abandona su soltería si cree que va a mejorar su situación. Y quizá no la mejora con una mujer de superior estatus. Los economistas predicen que una mujer que se empareja con un hombre de superior estatus está condenada a especializarse en todos los trabajos domésticos. El que paga manda.

Y vosotros diréis que ahora las chicas tienen carrera y trabajan y se lucha por la igualdad. Bueno, eso está muy bien; pero, aunque no existiera desigualdad ni marginación por razón de sexo en una sociedad, si las mujeres se emparejan con hombres de superior estatus se crea, en todo caso, un desequilibrio que reafirma la autoridad masculina y la sumisión femenina.

La hipergamia tiene los efectos de una cremallera mal cerrada. Si imaginamos hombres y mujeres por separado, en cada uno de los bordes de la cremallera, veremos que la hipergamia impide cerrar cada gancho con su correspondiente pareja, de forma que sobra un trozo por arriba en el lado de las mujeres, donde quedarían sin emparejar las de más alto estatus –mi prima Virtudes–, y sobra otro trozo por abajo, en el lado de los hombres, donde están los varones que tienen pocos estudios y salarios bajos.

El fenómeno de la cremallera mal cerrada demuestra, a mi modo de ver, que aunque la riqueza se distribuyera por igual entre hombres y mujeres –me juego mi crema elevadora de nalgas a que eso no lo veremos jamás–, las mujeres, en todo caso, preferirían casarse con un hombre de posición superior y los hombres, en cambio, con una joven guapa de estatus inferior.

¿Qué hacer, entonces? Estamos en un callejón sin salida. Y es que quizá el matrimonio ya no tiene arreglo. Los especialistas en economía de la familia dieron por sentado que las mujeres siempre estarían interesadas en tener hijos por encima de todo; y, por lo tanto, las ventajas de un matrimonio complementario, en el que ellas ocuparan un rango inferior, les resultarían bien atractivas. Pero desde que hay anticonceptivos y las mujeres tienen un gran capital humano las cosas han cambiado mucho. Qué pena, ¡con lo bonitas que eran las bodas, y lo que lloraba yo en ellas!

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