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CRÓNICA NEGRA

Enfermeros asesinos

La última vez que estuve internado en un hospital quedé muy agradecido no solo de los médicos, sino de los enfermeros y auxiliares de enfermería que me ayudaron a reponerme. Pero me sigo sorprendiendo y horrorizando cada vez que me topo con informaciones de asesinos en serie del tipo ángeles de la muerte.  

Los últimos de que tengo noticia, Pereira y Acevedo, competían en Uruguay a ver quién mataba más: uno en el hospital público Maciel, y el otro en la clínica privada La Española, donde también trabajaba el primero. Acevedo ponía inyecciones de aire, con lo que colapsaba el sistema circulatorio de sus víctimas: "Me acercaba al paciente y le inoculaba 20 centímetros de aire". El otro, más académico, de morfina o lidocaína.

Tenían por cómplice a una enfermera.

Son los primeros asesinos en serie de que se tenga noticia en Uruguay. Se dice que pueden haber dado muerte a unas doscientas personas.

Acevedo mataba a una o dos por semana, en la Unidad de Cuidados Neuroquirúrgicos. Ahora se revisarán un montón de historias clínicas, porque llevan trabajando unos veinte años y no se sabe cuándo empezaron a matar. Ellos aseguran que no trabajaban en comandita, pero seguro que sabían el uno del otro.

Pereira no puede contar por qué mataba a los pacientes; sólo, que después se sentía tranquilo y en paz, como si alguien lo hubiere liberado. Acevedo se atreve a decir que mataba por humanidad. De los dos, era el asesino torpe, el que actuaba de una forma más básica. Estaba torturado por la superstición, y cuando alguno le sobrevivía no lo remataba porque consideraba que no le había llegado su hora. Terminó aceptando que lo suyo se trata de una enfermedad mental.

El asesino de Olot bautizó puso nombre para siempre a nuestros asesinos seriales. Nombre y cara. Los ancianos que murieron en Olot no lo hicieron en vano. Los de Uruguay tampoco. Puede que los criminales de allá trabajaran para una red organizada.

Pereira tiene 39 años y Acevedo, 46. La última víctima de éste sufrió un paro cardiaco después de que su matador la sedara. Acevedo dice que no tenía intención de matarla, pero la mató.

El caso es que aquella mujer estaba en muy buen estado, de hecho había recibido el alta y se disponía a volver a su casa. Para los criminales, los pacientes tenían siempre mal pronóstico, pero se ha descubierto que en realidad mataban a cualquiera que se descuidase.

Los ángeles de la muerte suelen ponerse de ejemplo y decir que harían lo mismo con sus padres si les vieran en iguales circunstancias. Lo cierto es que no hay caridad ni compasión, solo curiosidad y complacencia en el dolor. Se apropian de vidas humanas. Son una especie de dioses en sus dominios. Allá como acá, empiezan matando a los enfermos que más les dan la lata, pero acaban matando por placer puro y duro.

Acevedo es, por lo visto, un hombre sensible, que tiene sentimientos hermosos hacia otros hombres y que padeció abusos sexuales en la infancia.

En Montevideo se señala el comienzo de una era de temible expectación, que durará lo que duren las exhumaciones y las pesquisas posteriores.