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CÓMO ESTÁ EL PATIO

¿Ha pensado ya qué le dirá a sus hijos el día de mañana?

Somos la primera generación española de los últimos quince siglos que, sin haber vivido guerras o catástrofes naturales formidables, va a dejar a sus hijos una situación peor que la que encontramos al llegar a la edad adulta. Estará usted orgulloso, ¿no?

Nuestra estulticia colectiva nos ha llevado a destruir hasta los cimientos nuestro muy aseadito país. Algo muy gordo hemos debido de pasar por alto para haber fumigado con napalm el futuro de nuestras criaturas en un tiempo récord.

Recapitulemos. Estudiamos una EGB muy decente, nos acostumbramos a trabajar duro –a imagen de nuestros mayores–, hicimos la mili, nos labramos un porvenir, nos casamos con nuestra primera novia, formamos una familia, compramos un adosado en la playa... en fin, disfrutábamos de una vida sin lujos pero confortable, y en menos de siete años la mitad de nosotros lo pierde todo y la otra mitad reza para que al acabar la catástrofe zapatérica nos quede algo con que consolarnos. La pregunta surge por sí sola: ¿se puede ser más torpe?

Nuestros padres nos dejaron una propiedad, casa o terreno, libre de gravámenes para que nos fuera más fácil el camino de la independencia, y nosotros vamos a endilgar a nuestros hijos una deuda de varias decenas de miles de euros, para que la vayan pagando poco a poco –vía impuestos– en cuanto comiencen a trabajar... si es que algún día lo consiguen, que tampoco está claro que vayan a encontrar colocación al acabar los estudios.

Toda esta situación es una ignominia que nuestros hijos nos echarán en cara en cuanto sean conscientes de la canallada que les hemos hecho. Nos hemos ventilado una parte sustancial de su riqueza futura, básicamente para que Carod-Rovira coloque a su hermano de embajador con boina enroscada en el Paguí de la Frans y sus colegas del resto de las autonomías cometan miles de disparates de ese jaez. Nos hemos apropiado de un buen porcentaje del dinero que nuestros hijos van a ganar con su esfuerzo para mantener un absurdo sistema autonómico por el que hemos estado felicitándonos treinta años como perfectos gilipollas, mientras los beneficiarios del cotarro, los políticos, o sea, nos miran desde la ventanilla del coche oficial como el mayoral al ganado de la dehesa cuando anda calculando cuánto le reportará la próxima temporada.

En economía hemos sido un desastre, en política unos descerebrados; en cultura, lo más rentable que hemos producido ha sido la saga Torrente, y hemos llevado al festival de Eurovisión a un personaje sub-normal inventado por los progres para hacer el sub-normal escoltado por otras dos sub-normales, para regocijo de todo el continente, mientras aquí nos dábamos palmadas en la espalda por nuestra originalidad.

Una maravilla, nuestra generación. Si nuestros padres hubieran tenido una ligera idea de lo que íbamos a hacer con España, en lugar de echarnos a la parte trasera del seiscientos para ir al campo, con la paellera en la baca, nos hubieran dado cada día un par de tortazos... y otro más como dosis de recuerdo en cuanto nos despertáramos. Yo creo que se han quedado con las ganas, pero ya son muy mayores y, en parte, también se consideran responsables de lo que hemos provocado.

Ya ni siquiera podremos recurrir al aislamiento informativo, propio de la era pre-internet, para mantener engañados a nuestros hijos. A pesar de lo que les digamos para mantener la ficción de que no pudimos hacer nada para evitar la ruina, con un solo clic del ratón sabrán que nada de lo que ha sucedido era inevitable. Al menos, los que no votamos a ZP tendremos una coartada. De los otros, que Dios y sus hijos se apiaden.