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CIENCIA

Háblame, corazón

El estrés, los sobresaltos y los traumas emocionales hacen que se nos encoja el corazón o que el ritmo cardíaco se desboque como un caballo enloquecido. Si la bomba vital está sana, las consecuencias son nimias; pero si padece algún trastorno, el desenlace puede ser fatal. Un equipo de científicos acaba de descubrir cómo nuestro cerebro puede alterar la función cardiaca, y han llegado a una interesante conclusión: cuando un corazón agobiado habla, los sesos escuchan.

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Un flechazo de Cupido, la muerte de un familiar, un despido improcedente, una llamada inesperada..., son muchos los acontecimientos, tanto positivos como nefastos, que sobresaltan al corazón. En realidad, estamos ante fenómenos que son procesados por el cerebro y que se traducen en respuestas emocionales: alegría, desilusión, tristeza, estrés, euforia, ira…; pero también se sienten en el corazón, y de forma tan intensa que, ante un choque emocional, solemos llevarnos más las manos al pecho que a la cabeza. No es de extrañar, pues, que los antiguos egipcios tuvieran al corazón como el centro de la vida. Así, los sacerdotes embalsamadores retiraban los sesos de los difuntos, pero dejaban intacta la bomba vital para el viaje al más allá.
 
El pensador griego Critias (500 a. de C.) sostenía que la mente era simplemente una concentración de sangre alrededor del corazón. En la misma línea, Aristóteles determinó que este órgano era la sede del alma, y llegó a describir el cerebro como una suerte de refrigerador sanguíneo. La conciencia, la personalidad, los recuerdos, los sentimientos y las emociones manaban del órgano palpitante. Sólo una minoría de eruditos subía la mirada hacia la testa.
 
El primero en hacerlo fue Platón (428-347 a. de C.), quien atribuía a las ideas un grado superior de realidad. Para el ateniense, los objetos físicos eran sólo reflejos imperfectos de dichos arquetipos, y se refería al cuerpo como la "cárcel del alma". Ésta se comunicaba con el físico desde el cerebro: "El alma inmortal tiene su asiento en la cabeza, separada de las restantes partes del cuerpo por el estrechamiento natural del cuello".
 
Hipócrates.En la misma época, el médico y fílósofo pitagórico Alcmeón de Cretona, quizá el primer anatomista que realizó una disección animal, señaló las relaciones que había entre los órganos de los sentidos y el encéfalo; y dedujo de sus observaciones que éste era el centro de la razón y el espíritu. Por su parte, Hipócrates (460-377 a. de C.) planteó que nuestro casquete pensante, frío y exangüe, tenía por objetivo condensar la flema sobrante de los distintos órganos y trasformarla en un fluido, que caía como una lluvia por el organismo a través de lo nervios y el sistema ventricular. De hecho, su escuela de pensamiento creía que las enfermedades eran provocadas por una acumulación de flema, desencadenada por el mal funcionamiento de la masa gris.
 
Ya en el siglo II de nuestra era, el médico grecorromano Galeno sorprendió a sus colegas al afirmar que el líquido cefalorraquídeo, que baña el cerebro y se concentra en las hendiduras denominadas ventrículos, era la esencia de la mente. El filósofo de Pérgamo estudió desde un enfoque científico la anatomía y la fisiología del sistema nervioso, lo que le llevó a postular la teoría del alma racional, que dividió en dos partes: la externa, con los cinco sentidos, y la interna, cuyos atributos eran la imaginación, la percepción, el juicio y el movimiento.
 
A pesar de las evidencias, el corazón fue un concepto muy poderoso que estuvo vinculado al espíritu durante muchos siglos. Los trabajos anatómicos de la Edad Media no impidieron que abundara la creencia de que el ser humano tenía tres almas, en la estela del pensamiento platónico. Una estaba alojada en el hígado; otra, en el corazón; la tercera, la racional, el espíritu del cristiano, no tenía un lugar de residencia concreto, pues era inmaterial. De este modo, la bomba vital siguió considerándose un órgano central en lo relativo a la espiritualidad, sobre todo en el mundo cristiano. La prueba la encontramos en el arte, concretamente en las imágenes en que Cristo abre su corazón y muestra su verdadero Yo.
 
Todavía hoy, el saber popular otorga a la bomba impulsora de la sangre unas facultades que son propias de la mente: decimos de una persona bondadosa que tiene un gran corazón; y de los despiadados, que carecen de él. El estrés causa palpitaciones, y la meditación rebaja la frecuencia cardiaca. El símbolo del amor es un corazón, no un cerebro, cuya actividad neuroquímica es lo que en realidad genera y controla el sentimiento amoroso, como ha constatado la neurología. Pero no menos cierto es que un fracaso sentimental no causa dolor en la cabeza, sino en el corazón. Y es que ambos órganos están íntimamente relacionados, incluso más de lo que cabría esperar.
 
Un nuevo estudio que acaba de aparecer, en la revista estadounidense The Proceedings of the National Academy of Sciences, revela que determinadas regiones asociadas con las funciones cognitivas superiores podrían desempeñar un papel nada desdeñable en la frecuencia del ritmo cardíaco. No hay que olvidar que las funciones cognitivas superiores hacen referencia a tareas y conductas complejas que son gestionadas por los lóbulos frontales del cerebro, como la toma de decisiones, el pensamiento abstracto, la planificación y ejecución de tareas, la flexibilidad mental y la decisión de la reacción más adecuada ante una circunstancia.
 
El equipo británico que ha elaborado el estudio ha descubierto que el estrés emocional, particularmente en las personas con problemas cardiacos, puede originar arritmias, esto es, alteraciones en el ritmo cardiaco, y, en casos graves, muerte súbita. En concreto, han comprobado que las señales que llegan al tejido cardiaco no sólo proceden de las regiones más primitivas del encéfalo, como el llamado tallo cerebral, la estructura situada en la base del cerebro que conecta a éste con la médula espinal.
 
Desde hace tiempo se sabe que el tallo controla los reflejos y las funciones automáticas de nuestro cuerpo, tales como la presión sanguínea, el ritmo del corazón y la respiración. El doctor Marcus Gray, del University College de Londres, y sus colegas han podido comprobar que la corteza cerebral, que gestiona el aprendizaje, la memoria, las emociones y otras funciones complejas, también recibe la información que llega desde el corazón, y, lo que es más importante, que puede participar en un bucle de retroalimentación o feedback capaz de agravar los efectos del estrés en el corazón.
 
Para llegar a esta conclusión, los científicos sometieron a una serie de pruebas de estrés mental a un grupo de voluntarios con problemas cardiacos y analizaron sus reacciones con la ayuda de electroencefalogramas, tomografías de emisión de positrones y otros equipos de medición neurológica y cardiaca. Todos ellos reaccionaron del mismo modo, con una subida de la presión sanguínea y un aumento del pulso, entre otras reacciones fisiológicas, ante un incremento de la actividad en la corteza temporal izquierda y en la frontal lateral.
 
Gray asegura que el feedback entre el corazón y la corteza, o córtex cerebral, el delgado manto de tejido nervioso que cubre la superficie de los hemisferios cerebrales y que distingue al ser humano del resto de los seres vivos, puede ser pernicioso, sobre todo para los enfermos cardiacos que sufren algún tipo de estrés, ya que altera de forma negativa el ritmo del corazón y, en situaciones extremas, conduce a un fallo general de la bomba vital.
 
Pero las personas sanas también pueden verse perjudicadas por las "comeduras de tarro" que acompañan a las situaciones de estrés psicológico o trauma emocional. El corazón estresado informa al casquete de su situación y éste responde alterándolo aún más. Esto es importante, sobre todo si se piensa que el 84% de los españoles ha tenido alguna vez en su vida una sensación de estrés y que casi la mitad lo padece a menudo. Sólo pensar en ello produce taquicardia.

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