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CIENCIA

Homeópatas y batas blancas

La fe mueve montañas. Uno sale de casa advertido de que se va a encontrar osos siberianos congelados al pie del coche (porque así lo llevan anunciando en la tele toda la semana) y los cero grados del termómetro se le convierten en -12. (Por cierto, no me digan "grados negativos"; digan "bajo cero", que suena mejor).

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Del mismo modo, el ministro te apunta con el dedo como si fuera el Tío Sam reclutándote para la guerra y te parece de inmediato que las reformas que está anunciando son la repanocha... aunque luego los expertos insistan en decirte que no es para tanto.

Son cosas de la sugestión. El cerebro humano es uno de los tejidos más manipulables que existen. Necesitamos creer que pasan cosas a nuestro alrededor. Y, a ser posible, cosas gordas.

En medicina, ya lo saben ustedes, a este fenómeno se le conoce como efecto placebo. Y cada vez tenemos más datos para conocer cómo y cuándo funciona.

Por ejemplo, ahora está más claro que nunca que surge cuando consumimos (bueno, yo no lo hago, para ser sinceros) productos homeopáticos. Basta acudir a la literatura clínica más común para darse cuenta. Sin ir más lejos, una revisión sistemática de 165 ensayos clínicos realizados sobre homeopatía entre 1995 y 2003 deja las cosas en sus sitio. Fue publicada en The Lancet y analizó los resultados de dichos ensayos en diferentes campos de la atención médica

Las conclusiones son fáciles de entender:

Los resultados obtenidos sobre homeopatía son compatibles con el efecto placebo, mientras que los obtenidos sobre medicina convencional son compatibles con un efecto específico de intervención.

Es decir, los tratamientos homeopáticos estudiados en esos 165 ensayos clínicos durante 8 años no ofrecieron una mejoría frente a los tratamientos convencionales mayor de la que pudiera haber ofrecido un chupito de agua con azúcar.

Del estudio, publicado por primera hace ya 5 años, resultaba curioso el párrafo dedicado a la justificación:

La homeopatía goza de una importante popularidad, incluso hay consultas pediátricas dedicadas a la práctica de esta disciplina. Era pues necesario la realización de una revisión sistemática que comparara su efectividad y la de la medicina convencional frente al placebo con el fin de determinar el efecto real de ambos tipos de práctica médica.

Bueno, pues da igual. Cinco años después, muchas instituciones y medios de comunicación siguen empeñados en ignorar la evidencia.

Esta semana se ha celebrado en Santander el seminario "Los alimentos homeopáticos en atención primaria, una introducción a la Homeopatía". Nada más y nada menos que la Facultad de Medicina de la Universidad de Cantabria le ha dado cobijo. Que quede claro que cada cual tiene todo el derecho a reunirse para hablar de lo que quiera. Pero parece evidente que una facultad de medicina no es el foro adecuado para hablar de pseudomedicinas, como una facultad de ciencias físicas no parece el entorno ideal para una reunión de echadores de cartas, ni la sede nacional de Greenpeace albergaría fácilmente un congreso sobre la Fiesta.

Hablar de homeopatía sin transmitir claramente a los medios las más que sonoras dudas sobre su fundamento científico es hacerse trampas en el solitario. Por mucho que se quiera invocar la necesidad de una práctica médica más abierta, por mucho que se pretenda denunciar las graves insuficiencias de la medicina convencional a la hora de tratar al paciente en su dimensión menos fisiológica, por mucho que la homeopatía mueva ingentes cantidades de dinero y pudiera servir para desahogar las exangües arcas del sistema sanitario español, hurtar la realidad de que la evidencia clínica a su favor es terriblemente feble parece un juego peligroso.

Por una suerte de encantamiento europeo generalizado, a la homeopatía se le permite vestirse la bata blanca de los médicos y se le conceden privilegios de ciencia que se niegan a otras prácticas igualmente poco sostenidas por la ciencia (la medicina natural, las medicinas orientales, etcétera). Nació del ingenio de un médico al que no le gustaba curar, hermanada con corrientes esotéricas en un tiempo –finales del siglo XVIII– en el que la ciencia y la medicina vivían impregnadas de prejuicios religiosos, desconocimiento fisiológico, adornos espirituales, energías y trances... Surgió de errores de bulto a la hora de asignar causas y efectos y se construyó a partir de grandes generalidades. Aun así, tuvo éxito suficiente para ganarse la etiqueta de científica... y ahí seguimos.

No me encontrarán ustedes en las filas de los agrios combatientes contra lo alternativo. Pero sí entre el batallón de quienes piden que los fondos públicos, el dinero destinado a la educación y el apoyo institucional pasen el fielato del rigor. Al menos en lo que a ciencia y medicina se refiere. Si el metanálisis que he mencionado al principio de este artículo no parece suficiente, quizás convenza más el informe del Ministerio de Sanidad de Leire Pajín de finales del año pasado que confirma que la homeopatía es sólo un placebo. Y si éste (lo entiendo) tampoco termina de convencerles, a lo mejor le dan más credibilidad al Parlamento Británico cuando pide al Servicio Nacional de Salud que deje de financiar los placebos homeopáticos.

Se mire por donde se mire, la homeopatía es una práctica que carece del sustento clínico de la medicina convencional. Y como tal ha de enseñarse. Como tal ha de ser tratada por el Estado y como tal ha de ser discutida en la Universidad. Como un medicina alternativa, no como una alternativa a la medicina.

 

twitter.com/joralcalde

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