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PANORÁMICAS

Irak: fuego y cine a discreción

Coinciden en las pantallas cinematográficas y en los establecimientos de venta de dvd dos obras bélicas asombrosas. Pasen, que les cuento.

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Kathryn Bigelow es la mujer que más cerca ha rondado nunca el Oscar a la mejor dirección, por su retrato En tierra hostil de un artificiero, un desactivador de bombas, durante la ocupación de Irak. Por otro lado, David Simon y Ed Burns, después del análisis metódico y vibrante de la infraestructura socio-económica de Baltimore en The Wire, se marcan en la miniserie Generation Kill, de nuevo para la HBO, un fresco a ras de suelo aunque con ambiciones formales de muy alto vuelo de un batallón de marines durante la segunda invasión de Irak.

No me asombro de que una mujer haya realizado la película más viril y macho en un año caracterizado por la testosterona cinematográfica: James Cameron con Avatar, Quentin Tarantino con Inglourious Basterds… La Bigelow había dado muestras con anterioridad de que es una mujer de armas tomar, una chica guerrera tras la cámara, en las enrabietadas y dinámicas Los viajeros de la noche, Días extraños o Le llaman Bhodi. Tampoco de que Simon y Burns hayan elevado por segunda vez el formato televisivo a obra definitiva, superando a todos sus precedentes cinematográficos, Kubrick incluido. No, de lo que me asombro es de que aquélla haya conseguido una recriminación –que sabe a gloria– como ésta de Sergi Sánchez, en Fotogramas:
Cabría acusar a Bigelow de no mojarse, de darle la espalda al significado ideológico de la intervención americana en territorio comanche, y de admirar en exceso las ceremonias de la guerra en un ejercicio de abstracción que la vacía de todo credo.
Precisamente si En tierra hostil brilla con luz propia es porque no busca la complicidad ideológica y los sermones pacifistas, más bien anti Bush, habituales, en la estela lloriqueante de Paul Haggis y su En el valle de Elah. Su horizonte estético y moral es muy diferente: entronca, puro espíritu de los tiempos, con la reivindicación del legado norteamericano en Irak que ha realizado el vicepresidente de Obama, Biden, y la relectura de Homero en el panorama literario estadounidense de la mano de los libros The last days of Odissey, de Zachary Mason, y Ransom, de David Malouf.

Como en la obra del bardo griego, Bigelow muestra cómo la guerra es un espectáculo sublime, bello a la par que siniestro, protagonizado aquí por un avatar combinado de la valentía de Aquiles y la inteligencia de Ulises conocido como el sargento de primera clase William James, líder de un equipo de desactivación de explosivos. Un tipo profesional en la estela de los héroes hawksianos aunque con un punto de incapacidad comunicativa y tendencias autodestructivas que lo acercan a los antihéroes de Nick Ray.

Su indiferencia hacia las reglas de seguridad y los protocolos habituales no le hacen ser excesivamente popular entre sus compañeros, que dudan entre proponerlo para una medalla o pegarle un tiro. A través de diversos episodios –en los que desactiva varias bombas, se enfrenta a unos francotiradores, recolecta materiales peligrosos, se parte la cara con sus colegas y se hace amigo de un niño que vende dvd piratas–, la Bigelow tiene la habilidad de hacerte partícipe, como espectador, de la cuarta plaza del equipo de artificieros. Una tridimensionalidad empática que te hace tragar saliva cuando se alza el capó de un coche y aparecen unos cuantos misiles a punto de estallar.

Es prodigiosa la manera en que, en el tramo final, nuestro Ulises se reencuentra con su Penélope, y, tal como imaginó Kavafis,entre el abrazo tranquilo del lecho conyugal y el chute adrenalítico de la muerte en carne viva, nuestro anti héroe elige... como hubiera elegido el héroe trágico de Albert Camus, Sísifo. Y es que cuando encuentras un destino en el que la mortalidad se cruza inextricablemente con la inmortalidad, seas torero o artificiero, morir con las botas puestas significa morir matando.

Si Bigelow se inclina por el individualismo metodológico, la pintura del fresco de la invasión iraquí por parte de un batallón de marines resulta más holista, más comunitaria y coral de mano de Simon y Burns (con la puesta en escena por parte de otra mujer, Susanna White). Si la película es hawksiana, la serie televisiva es marcadamente fordiana, tanto en la letra de tipos duros sin remisión como en el espíritu reflexivo de They were expendables, El gran combate o Río Grande. Lo que sorprende tanto en Bigelow como en Simon y Burns es la fascinación y el respeto que muestran hacia los soldados y la institución militar, lo que no es óbice para trazar un retrato conflictivo de hombres desgarrados por contradicciones íntimas.

En tierra hostil se abre con una cita del corresponsal de guerra Chris Hedges: "El ímpetu de la batalla es una potente y muy a menudo letal adicción. La guerra es una droga". No es de extrañar por tanto que Simon y Burns, tras desmenuzar la adicción a las drogas y al poder en The Wire, también quisieran relatar esta poderosa fuerza de atracción hacia el placer y la destrucción, la gloria y la infamia. Gracias a Bigelow, Simon y Burns el cine y la tele siguen siendo benditas y vivificadoras adicciones.


EN TIERRA HOSTIL (EEUU, 2008, 120 minutos). Dirección: Kathryn Bigelow. Intérpretes: Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty, Christian Camargo, Ralph Fiennes. // GENERACIÓN KILL (EEUU, 3 discos, 7 episodios). Creadores: David Simon y Ed Burns. Directores: Susanna White, Simon Cellan Jones. Actores: Rudy Reyes, David Barrera, Langley Kirkwood, Kyle Siebert, Alexander Skarsgard, James Ransone, Lee Tergersen. Calificación para ambas: Viriles (9/10).

Pinche aquí para acceder al blog de SANTIAGO NAVAJAS.

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