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CRÓNICA NEGRA

La buena madre que mata a sus hijos

Se está juzgando a María Rosa, que el 4 de julio de 2005, según propia confesión, ahogó a sus dos hijos, de ocho meses y dos años de edad, en la bañera de su domicilio. Era el día de su cumpleaños, y al parecer no le había gustado el regalo que le hizo su pareja: un aparato para escuchar música, un mp3, que, por su complejidad, le dio miedo y la empujó a una cadena de sombríos pensamientos.

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Cumplía 35 años, una edad excelente, pero delicada, en la que muchos se plantean si su vida es acertada. Aquella mañana, mientras su compañero se marchaba a Gerona, ella pensó supuestamente en la muerte y en morir, pero se tropezó con el obstáculo de cómo hacerlo, porque tenía dos hijos pequeños y no quería dejarlos. Parece una explicación demasiado elaborada, poco espontánea, que sale a la luz casi un año después de los hechos.
 
Tras ahogar a los niños, la presunta llamó a la policía. "Quiero denunciar un asesinato", dijo, y confesó con ánimo frío y resuelto.
 
María Rosa dice que creyó que con la muerte evitaba a los niños sufrimientos futuros, por lo que sintió que "les liberaba". Algunos de los peritos que han declarado en la sala afirman que es una persona "responsable", que cometió un "homicidio altruista" y que era "muy buena madre"; "no los mató a sangre fría o por capricho", sino para compartir "el ansia de morir con sus seres queridos". Esto sería lo que los expertos llaman "un suicidio ampliado", y es una opinión respetable pero discutible.
 
En su declaración, María Rosa aseguró que la relación con su pareja "era estupenda", pero admitió que no había comunicación entre ellos. ¿En qué quedamos? ¿Cómo es posible que te lleves bien con quien no te comunicas? Por otro lado, su compañero dijo que la perdona por el daño que le ha hecho, pero no por lo que hizo a los niños. Precisa que cuando, aquella mañana de su desgracia, tomó de sus manos el regalo de cumpleaños, lo hizo "con frialdad". No es difícil con esto adivinar un turbulento mar de fondo bajo las aguas tranquilas.
 
Algo después comenzó los asesinatos, por el niño más pequeño. No parece que influyera mucho en su ánimo el dolor que habría de causar al hombre con el que compartía la vida. ¿O sí pensó en el dolor, aunque de otra manera?
 
Hay que tener en cuenta la llamada a la policía, que quedó grabada, en la que ella misma califica el acto de asesinato y en la que no parece en absoluto trastornada. Bien es cierto que poco después subiría a la terraza y se arrojaría por el patio, salvándose de morir por las cuerdas de los tendederos y una techumbre de uralita. Lo que no impidió que resultara gravemente herida.
 
Es una mujer inteligente, y debemos suponer que hay quien está dispuesto a quitarse la vida antes que asumir la responsabilidad. Además, muertes parecidas se llevaron a cabo por motivos perfectamente identificados: recordemos el caso de Licia Guarnieri, que asesinó a sus dos hijos, de cuatro años, en la Barcelona de principios de los 50; o, mucho más reciente, el de Paquita de Santomera (Murcia), alias la Muerte, que estranguló a sus pequeños con el cable del alimentador del teléfono móvil.
 
Independientemente de lo que decida el tribunal en el presente caso, Licia y Paquita sufrieron el "síndrome de Medea", en alusión a la tragedia griega en que la protagonista mata al fruto de su vientre para castigar a su marido. Partiendo de la base de que no hay por qué creer al presunto culpable de un homicidio, y de que para juzgarlo hay que basarse sólo en los datos objetivos, lo que diga la parricida, salvo que sea demostrable, es mera ilustración.
 
En ocasiones, los homicidas sienten más vergüenza por las verdaderas razones de lo que hacen que por el hecho en sí. Cuando se trata de una madre todo se complica, porque ¿cómo no sentir compasión por quien atenta contra lo que más debe de querer? Pero a nadie se le escapa que estamos en un mundo en el que abundan los niños muertos y las madres desnaturalizadas.
 
En las últimas semanas se ha encontrado el cadáver de un bebé sobre una tumba, dentro de una caja de zapatos, en el cementerio de Majadahonda; otro, moribundo, en una papelera de Zaragoza; otro más, asfixiado, en un armario, en Madrid; y hace unos meses depositaron un recién nacido, ya difunto, en el altar del sepulcro de la catedral de Albacete. Todos estos no parecen "homicidios altruistas", sino más bien muertes por agobio, frustración o abandono criminal; egoístas y muy interesadas. Cuando la sociedad se hace despiadada, como ahora, los primeros que sufren las consecuencias son los más indefensos, que apenas nacen son asfixiados, ahogados o estrangulados con medias de cristal.
 
Las madres que matan a sus hijos no pueden ser buenas madres en ningún caso, ni antes ni después, porque el hecho de haber quitado el bien más preciado las descalifica. Así que estamos ante una afirmación disparatada, que se complementa con otras oídas en el juicio: que la mujer no supone un peligro siempre que no vuelva a tener a nadie a su cargo, y que –según los peritos– no precisa ser internada en un psiquiátrico, sino que es suficiente con que reciba tratamiento ambulatorio.
 
Hay que decir que es un hecho objetivo que es un peligro para los niños, puesto que ya ha matado a dos. Además, puede pensarse que el trastorno es de carácter leve, puesto que no se ve necesario el ingreso de María Rosa en una clínica; pero el delito es grave, y María Rosa sí precisa de internamiento, por lo que su destino debería ser la cárcel.
 
La protección se garantiza, entre otras cosas, con el influjo disuasorio del castigo, al que muchas parecen no temer, a juzgar por la cantidad de niños eliminados. Sobre esto hay que añadir que, para el Código Penal, no hay "homicidio altruista" que valga. Por lo demás, puede darse el que algunos criminales, hombres y mujeres, piensen en quitarse la vida, pero que, en vez de hacerlo, la emprendan con los hijos. Tal vez porque teman estar "liberando en exceso" a su pareja si abandonan este mundo solos. Sería, por tanto, otra forma de ampliar la desgracia. Posibilidad que, utilizando la historia, podrían documentar muy bien ante los tribunales aquellos criminólogos que conozcan la evolución del delito.

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