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UNA VERDAD INCÓMODA

La ciencia gore

No, no me refiero a ese tipo de cine sangriento donde los litros de ketchup ponen perdidita la pantalla, sino a ese otro que asuela estas semanas nuestras salas de proyección: el perpetrado por el ex vicepresidente norteamericano Al Gore. Su pseudodocumental científico, o quizá sería más adecuado llamarlo documental pseudocientífico, nos pretende advertir sobre los terribles efectos del cambio climático para el futuro de la Tierra bajo el provocador título de Una verdad incómoda.

A menudo vienen a estas páginas voces autorizadas que nos explican hasta qué punto muchos de los argumentos que esgrimen los movimientos ecologistas para defender su causa distan de la fría objetividad que reclama la ciencia. No vamos, pues, a repetirnos. Pero es inevitable centrar la atención en la casi invisible falacia que encierra tan ampuloso título.
 
"¿A qué verdad incómoda sobre el medio ambiente se referirá el señor Gore?", se pregunta uno al entrar en la sala. Y es que, como ha quedado demostrado una y otra vez, en este mundo occidental que nos ha tocado vivir no hay nada menos incómodo, nada más fácil, sencillo y recompensado que tirarse en brazos de lo ecológicamente correcto. Por mucho que a los defensores del ecoalarmismo les disguste, su pensamiento no es proscrito, censurado, arrumbado… el pensamiento contrario sí.
 
Lo que resulta verdaderamente incómodo hoy en día no es gritar que el mundo se quema por culpa de las grandes multinacionales del petróleo, aventurar catástrofes climáticas a manos del demonio globalizador o despacharse con el conteo de víctimas del cambio climático en comparación con la tragedia del terrorismo. No, lo incómodo es pedir mesura científica y objetividad en los debates sobre el clima, denunciar las manipulaciones de datos científicos que se realizan cotidianamente en los medios de la causa verde, solicitar voz para aquellos que no coinciden con la línea oficial ecologista, exigir altura intelectual en los argumentos y rigor en el uso de las citas y las estadísticas.
 
Lomborg, limpiándose un argumento de un detractor.Los que eso hacen sufren la conspiración de silencio de sus colegas y se ven obligados a buscar foros alternativos para transmitir su opinión, aun enfrentándose al estamento académico que los ha educado y que no pueden evitar venerar (¿se acuerdan de Lomborg?)
 
La verdadera verdad incómoda es afirmar que no existen verdades incómodas en la dirección en que Gore quiere disparar. Y sí muchas, muy de peso y muy profundas, en la dirección contraria.
 
La primera de esas verdades incómodas es que el mensaje ecologista se consume con una asombrosa falta de crítica intelectual. Parece que impera el criterio de: "Si es verde, vale". Alguien ha llegado a equiparar esta molicie crítica al ambientalismo feroz con el modo en que muchos intelectuales cegaron sus ojos a las masacres cometidas en nombre del estalinismo por miedo a ser tachados de reaccionarios. El propio Bjorn Lomborg me confesaba un día en su casa de Copenhague:
 
Sé que hay legiones de científicos que piensan como yo, pero nadie quiere arriesgarse a que le inscriban en las filas de la derecha intelectual por criticar a los ecologistas. Necesitan un Lomborg, pero no quieren ser ellos.
 
La inmensa mayoría de los visiones 'liberados' recientemente en Galicia acabaron así: muertos; en su mayoría, de hambre.En el otro lado, sin embargo, el todo vale se hace fuerte. Ponga usted una etiqueta verde en su discurso y se habrá garantizado el aplauso de los medios, del público, de la Academia.
 
La segunda verdad incómoda, en este caso más grave, es que el discurso ambientalista de Gore obvia cualquier mención al lado oscuro del ecolaramismo; el pérfido e invisible Darth Vader de los efectos colaterales de la política ecologista extrema. ¿Quién se ha preguntado alguna vez por las víctimas del ambientalismo? Generalmente, estas víctimas no sucumben a manos de grupos extremistas como los que liberan irresponsablemente visones en un paraje natural o apedrean los coches de los investigadores que utilizan primates de laboratorio. No, estas víctimas sufren la incuria de políticos, profesores, responsables de medios, académicos y científicos, que se niegan a contradecir los postulados de la corrección ecologista y, como consecuencia, toman decisiones que afectan a millones de personas.
 
Deciden, por ejemplo, denegar el acceso a toneladas de maíz transgénico a países sufrientes de hambruna, o evitar la construcción de centrales térmicas en territorios del planeta aquejados de un doloso déficit energético. Prefieren renunciar a la energía nuclear y cercenar así las posibilidades de desarrollo de muchos pueblos. Conducen a la ruina a miles de negocios familiares por considerar acríticamente que la acuicultura intensiva es un atentado contra el medio ambiente costero. Prohíben el uso del DDT en el combate contra la malaria... para desdecirse 40 años y varios millones de muertos después.
 
La gran verdad incómoda es que hoy se están tomando docenas de decisiones de tremendo calado estratégico en despachos donde se leen los boletines de Greenpeace y las soflamas de Earth First o se ven los documentales de Al Gore pero no se estudia a Bjorn Lomborg, a Patrick Michaels, a Patrick Moore y a otras voces críticas del ecologismo.
 
La nueva ciencia gore parece que ha venido dispuesta a llenar nuestras pantallas con la sangre de las ballenas, las focas y los seres humanos escaldados por el calentamiento global. Las víctimas del ecoalarmismo deberán esperar a encontrar a alguien que pinte un peón negro por ellas.

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