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CRÓNICA NEGRA

La familia de Marta agarra el pico y la pala

No hay un caso igual en la historia del crimen europeo. En España hay cientos de desaparecidos, algunos de ellos niños –¿dónde está Yeremi?, ¿dónde está Sara?, ¿dónde está Josué?, ¿dónde está Marta?–; pero en ningún caso los familiares y amigos habían emprendido la búsqueda por su cuenta una vez paralizada la oficial. Una búsqueda modo hágalo usted mismo, de bricolaje, de Leroy Merlin o de Bricor.

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Los Castillo-Casanueva lo ponen todo: las palas, las ganas, los ayudantes, el esfuerzo y la angustia. Buscan a Marta del Castillo, de cuyo paradero todo se ignora. Marta es esa dulce joven de Sevilla que fue buscada en el Guadalquivir y luego en un vertedero, todo con dinero público y gran despliegue mediático; pero ahora la vida sigue, la falta de Marta está solapada con otras noticias y los vecinos, los amigos, los padres siguen sin ella. Así que se han decidido a remover tierras y piedras, a cavar allá donde pueda haber un indicio o prueba que conduzca a Marta.

El Estado deja en manos de los ciudadanos las labores de búsqueda de sus seres queridos. ¿Acaso ha quebrado el Estado? Para la familia de la niña sevillana es como si se le hubiera caído en la cabeza. La protección física queda por cuenta de cada uno, y si después del ruido mediático necesitas seguir buscando, lo mejor es que te hagas con un pilo y una pala.

El padre de Marta del Castillo, en una conferencia de prensa.Los Castillo-Casanueva, con el abuelo septuagenario a la cabeza, se han puesto a rastrear y han llegado hasta Camas, donde hubo una zanja por los días en que desapareció la niña en la que creen pudiera estar su cadáver. El abuelo ha dado ejemplo, con sus golpes de pala, y dirán ustedes que allí podría encontrarse el alcalde de Sevilla, inquieto por la vecina que falta de su ciudad, o el delegado del Gobierno, celoso de la ley y el orden. Pues no. Ni están ni se les espera. Tampoco estaba la fiel oposición, seguramente porque tiene que estar aguantando el santo en otro lado.

El caso es que la familia sola, con sus solos amigos y unos picos y palas, y más moral que el Alcoyano, se ha puesto a la tarea. Han inaugurado la búsqueda-bricolaje como el ingeniero que le puso palo a la bayeta o ese otro español, más chulo que un ocho, que le puso un palo al caramelo e inventó el chupa-chups.

Lo peor de todo esto es que apenas ha sorprendido. Siendo una cosa única en el mundo, no levanta escamas más allá del círculo íntimo de la desaparecida. Es como si la gente se lo esperara, como si dijera: al final, nos va a tocar hacerlo a nosotros.

Don José Antonio, el abuelo Casanueva, en funciones de detective obligado, está en el secreto del padre Brown de Chesterton y cree tener el pálpito bueno. Los demás le siguen la corriente porque algo tienen que hacer para no desesperase. Y si encuentran algo tendrán que llamar a una empresa especializada para que les ayude a sacar lo encontrado. Vale un pañuelo, un jirón de ropa, un cinturón o un zapato.

La zanja de la sospecha está cerca de la casa en la que vive la nueva amiga del principal imputado.
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