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La Guerra de los Mundos: E.T. se cabrea

Si hay un tipo al que le corre el cine por las venas, ése es Steven Spielberg. Cada una de sus películas, hasta las más detestables (Hook, Always, Amistad), es un festín visual. Y cuando acierta es capaz de realizar la mejor película de la década (Tiburón), ponerle el sello al testamento de Kubrick (Inteligencia Artificial) o crear un icono cinematográfico (Jurassic Park).

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Sus enemigos no le perdonan la blanda sentimentalidad con que envuelve sus historias; y el calificativo de Rey Midas que le acompaña como un sambenito es más un reproche a su insultante comercialidad que un calificativo admirativo. Siendo cierto que a veces es difícil aguantar sus bombas lacrimógenas (El color púrpura), y que incluso el Holocausto lo ha convertido en una industria (La lista de Schindler), lo relevante es que Spielberg no se avergüenza de que el cine sea el arte de masas por excelencia y realiza sus películas pensando en un público palomitero y pasional más que en los culturetas y analíticos visitantes del MoMA (aunque precisamente por ello, y como le sucedió a Hitchcock, terminará viendo cómo ET y los velocirráptores se exponen junto a Andy Warhol y Joseph Beuys antes que muchos presuntuosos de las cavernas de arte y ensayo).
 
Pero Spielberg es más que un artesano con oficio. A través de una trayectoria de más de treinta años, son reconocibles unas líneas maestras que sostienen simbólicamente películas que parecen no tener nada que ver entre sí. Para lo que nos ocupa ahora señalaré dos. El primer factor típicamente spielbergiano es la persecución: desde El diablo sobre ruedas, en la que un camión psicópata aterrorizaba a un conductor a través de polvorientas carreteras, hasta Minority Report, de lo que se trata es de salir pitando porque alguien o algo está a punto de hacerte mucho daño. El segundo factor es la importancia de la familia, y cómo los conflictos entre padres e hijos introducen un desequilibrio peligroso que sólo se superará si consiguen permanecer unidos, enfrentando y venciendo al enemigo.
 
En La guerra de los mundos es Tom Cruise el que encarna a un trabajador neoyorquino de clase media y divorciado al que le toca cuidar de sus hijos durante el fin de semana. No le van a dar el premio al padre ideal, ya que aparenta ser todavía más inmaduro que su hijo adolescente y su pequeña niña. Pero no va a tener más remedio que hacer un cursillo acelerado de paternidad responsable, porque de repente Nueva York, como el resto del planeta, es invadida por unos marcianos. Por donde pasan deja de crecer la hierba; pero siembran una planta que se alimenta con sangre humana.
 
Steven Spielberg y Tom Cruise.A partir del planteamiento marcado por H. G. Wells en su decimonónica novela homónima, Spielberg desarrolla, tras un fulgurante inicio, uno de sus temas favoritos: un predador persiguiendo a su presa. Los escualos y dinosaurios de anteriores filmes se convierten ahora en unos alienígenas que conquistan la Tierra montados en una especie de pulpos mecánicos con rayos desintegradores (recuerdan a los robots que combatía Mazinger Z).
 
Levemente esbozada la invasión alienígena como una metáfora de la amenaza terrorista, Spielberg y los guionistas Josh Friedman y David Koepp no acentúan oportunistamente el síndrome post-11S que aún ronda por la cabeza de los norteamericanos.
 
Guerra, lo que se dice guerra, apenas hay, porque el paseo militar de los extraterrestres sólo es comparable al que se daría la OTAN si decidiese, por un casual, invadir Andorra (es la voz en off de Morgan Freeman, en la versión original, la que lee un par de párrafos de la obra original para informarnos del vencedor en el conflicto, los "auténticos amos de la Tierra").
 
La buena noticia respecto a La Guerra de los Mundos es que pertenece de lleno al género de la adrenalina. Explosiones, destrucciones, histeria colectiva y movimientos de masas... Spielberg muestra una vez más que es el mejor articulando efectos especiales y un drama personal. En el apocalíptico desastre que ocasionan los alienígenas lo que importa no es la amenaza en sí; ni trata Spielberg de ser irónico, como Tim Burton en Mars Attack, ni panfletario, como Roland Emmerich en Independence Day. Más bien, como Night Shyamalan en Señales, construye un thriller agobiante y eléctrico en el que Tom Cruise intenta que a sus hijos no les pasa nada, para lo que tendrá que llevarse por delante a todo aquel, alien o humano, que se ponga enfrente.
 
Tom Cruise y Dakota Fanning.Y para eso no hay actor con más presencia física ni dotes guerreras que Cruise, al que parece que Spielberg le está gritando constantemente: "¡Corre, Tom, corre!".
 
Como indicaba, la preocupación moral de Spielberg es sincera, aunque a veces ingenua. Una constante en su cine son las difíciles relaciones familiares, sobre todo por lo que respecta a la relación de autoridad entre padre e hijo. A pesar de su acentuada virilidad, las figuras paternales en las películas de Spielberg son en el fondo frágiles. Los problemas, como en la hermosa pero evanescente relación entre Leonardo Di Caprio y Christopher Walken en esa lúcida y amarga comedia que es Atrápame si puedes, o la rivalidad entre Harrison Ford y Sean Connery en En busca del arca perdida, vienen dados por la desobediencia del hijo al padre. Así, hay un momento en que Cruise le exige a su hijita que se quede donde pueda verla, a lo que la chica hace caso omiso, con la consiguiente perturbación que producirá.
 
Impotente, Cruise no tendrá más remedio que amenazarla con que se lo dirá a... mamá. Y es también la hija –Dakota Fanning vuelve a certificar el ojo clínico de Spielberg para elegir niños– la que le echa en cara que si los lleva a Boston con la madre es para poder preocuparse únicamente de sí mismo.
 
Tan seguro se encuentra Spielberg, tan dominador y consciente de su importancia, que se permite autocitas, si bien discretas. Así, las máquinas y los mismos extraterrestres guardan un aire de familia con algunos dinosaurios del Parque Jurásico; y en el sótano en que encuentran a un superviviente (un Tim Robbins desquiciado que pondrá en peligro sus vidas con un comportamiento delirantemente heroico), uno de los extraterrestres se asusta cuando cae una bicicleta: una broma que hace referencia al célebre paseo bicivolador de E.T. con la luna al fondo (bien podría ser el mismo E.T., que ya crecidito vuelve a devolver la hospitalidad que recibió, en lo que sería –así visto– una satírica pantomima de la "alianza de civilizaciones").
 
En su contra, cabe destacar que si hay algo que Spielberg no puede evitar es la tendencia a colocar un happy end, aunque sea completamente inverosímil. En cualquier caso, estamos ante un gran despliegue pirotécnico de uno de los más grandes realizadores vivos, que si bien no ha realizado la película de la década al menos sí nos hace una propuesta que es un placer visual y un entretenimiento sin complejos.
 
 
La Guerra de los Mundos. Director: Steven Spielberg. Intérpretes: Tom Cruise, Dakota Fanning, Tim Robbins. Calificación: Impactante.

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