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CIENCIA

La ministra, al natural

La ministra de Sanidad, en su afán por justificar los recortes necesarios en la expedición pública de medicamentos, hizo esta declaración que podría optar a titular periodístico de la semana: "Sacaremos del vademécum medicamentos de escaso valor terapéutico que se pueden sustituir con alguna cosa natural".  

Entiendo que lo apresurado del discurso en directo excusa el difuso uso del término cosa, así que tendremos que fijarnos (para ser justos) en la otra parte del binomio: natural. No quedó claro a qué se refería en concreto la ministra, pero es evidente que, tratándose de salud, para el ciudadano medio "una cosa natural" no puede distar mucho del uso de plantas medicinales, productos de herbolario y de las denominadas medicinas alternativas.

Es precisamente en esa indefinición donde reside la peligrosidad del discurso de Ana Mato. Porque, de manera inconsciente (lo cual sería grave) o consciente (lo cual sería peor), la responsable de la cartera más científica que nos queda –una vez eliminada la de Ciencia e Innovación– se ha entregado al más gratuito ejercicio de pseudociencia.

¿Qué es la "cosa" natural? ¿A qué se refiere la ministra cuando habla de alternativas al vademécum? Basta mirar el catálogo de procedimientos y productos que se venden bajo la etiqueta de medicina natural y tradicional para darse cuenta de que, más que una práctica con entidad única y base estable, se trata de una mezcla de propuestas, creencias y conceptos con difusa (cuando no nula) base científica.

Cuando uno va a un hospital sabe a dónde va. Cuando uno pide un medicamento sabe lo que pide. Cuando uno visita a un neurocirujano sabe a quién visita. Pero ¿quién hay detrás de la medicina natural? ¿Quién de la alternativa?

¿Es natural ponerse agujas metálicas en determinados puntos de la piel, como propone la acupuntura? ¿Es tradicional en Occidente aplicar gemas calientes sobre la espalda? Aunque una abeja es un animal muy natural, ¿lo es también el dejarse picar por una para sanar?

El desengaño con la medicina científica ha abierto la puerta a un mezcla demasiado heterogénea de prácticas que ni siquiera sabemos cómo denominar: fitoterapia, medicinas alternativas, naturopatía, naturismo, medicina tradicional, etc. Al introducirlas en su discurso sin más detalle, la ministra ha puesto ese exótico cajón de sastre a la misma altura que la medicina científica, la farmacia y la química.

Según el Centro de Investigación sobre Fitoterapia, en España existen 1.200 presentaciones distintas con plantas medicinales. Sus aplicaciones más importantes son el tratamiento de los trastornos del sueño, los problemas digestivos y los circulatorios. Algunas de estas presentaciones han demostrado su eficacia o se basan en antiquísimos conocimientos sobre el uso de plantas. Por ejemplo, el cólico del lactante se trata con éxito mediante fitoterapia. Otras han supuesto un auténtico fraude o un grave peligro. El año pasado, sin ir más lejos, la OCU solicitó a Sanidad la retirada del mercado de las bayas de goji por "contener sustancias tóxicas". Aunque la solicitud fue rechazada, la denuncia sirvió para desvelar que no existen evidencias científicas que permitan sostener el discurso de los vendedores de este tipo de bayas sobre sus incontables beneficios para la salud.

¿A cuál de estos dos productos se refiere la ministra como "cosa natural"? Utilizar la palabra natural es como no utilizar palabra alguna. La mayoría de los medicamentos que tenemos en la farmacia tienen su origen en sustancias naturales. Lo que la ciencia ha hecho con ellas es analizarlas, sintetizarlas y dosificarlas correctamente. Ha investigado con ellas, invertido millones de euros en saber qué excipientes convienen, conocido cada uno de sus efectos positivos y negativos, estudiado a qué tipo de males pueden aplicarse y a cuáles no, probado toda combinación de dosis posibles. Incluso en los casos (que no son pocos) de hierbas con demostrada eficacia para un trastorno, el consumo natural de las mismas no es suficiente. Es imposible saber qué cantidad de principio activo hay en una determinada infusión. Algunas de estas hierbas presentan, junto a sustancias beneficiosas, componentes tóxicos que pueden acumularse en nuestro organismo. Es necesario prescribir cantidades rigurosamente testadas y comprobar la ausencia de contraindicaciones e interacciones peligrosas. Es decir, aplicar el método científico a la prescripción. Y el método científico, salvo que la ministra demuestre lo contrario, lo aplica la medicina. La de siempre. Sin apellidos. La que ella tiene el encargo de gestionar.

La defensa de la medicina científica no es asunto para tomar a broma. Al amparo de las llamadas terapias alternativas se refugia todo tipo de cosas. La homeopatía carece de todo fundamento desde el punto de vista químico. Las terapias florales de Bach, por ejemplo, no solo ignoran cualquier base científica, sino que deliberadamente renuncian a la ciencia. Su propio creador, Edward Bach, afirmó:

Esta terapia es la más perfecta que se ha ofrecido a la humanidad. Es un regalo enviado por Dios que no requiere conocimiento ni ciencia alguna para su aplicación.

Ninguna de estas dos terapias hace gran daño al sistema sanitario, siempre que no sustituyan a la medicina científica en el tratamiento de las enfermedades graves o comunes. Pero el culto a lo natural deriva en ocasiones en prácticas más peligrosas. La creencia de que la química es mala por artificial está en la base del creciente rechazo de la población occidental a las vacunas, y el deterioro de la imagen de la industria farmacéutica lleva consigo una excesiva laxitud en asuntos muy serios de salud preventiva. Con tal de ser naturales, tendemos a pensar que vale seguir una buena dieta, hacer ejercicio, meditar y ser feliz para estar sanos. Y aunque en esencia todo ello es correcto, no debemos confundir prevenir con curar. Nadie va a curarse un cáncer de esófago con una dieta, varias infusiones y unos baños de fango.

Además, sólo la medicina científica está en disposición de ofrecer a la sociedad el grado de innovación y desarrollo que ésta reclama. Algunas de las prácticas naturópatas más extendidas fueron conocidas por los egipcios y han permanecido milenios inalteradas. La industria farmacéutica tiene la misión de adaptarse y generar nuevos tratamientos cada vez más eficaces y de abordar enfermedades nuevas y desconocidas. Y eso sólo es posible con una gran inversión en ciencia. Es conocido el estudio realizado en 2003 por Frank Lichtenberg que estableció el beneficio social y económico derivado de la innovación en farmacia. Cada nuevo medicamento ahorra 111 euros netos por cada aplicación en comparación con una versión antigua del mismo medicamento. Esto es así porque la innovación permite mejorar los tiempos de curación, reducir las complicaciones, eliminar algunos efectos secundarios o abaratar los costes de producción. El mismo estudio descubría que una innovación farmacéutica incrementa como promedio 5,8 días nuestra esperanza de vida. No sería exagerado pensar que la industria farmacéutica ha sido la que más ha influido en el desarrollo humano y en la mejora de la calidad de vida. Y para ello ha utilizado herramientas tan artificiales como la síntesis química, la modificación genética, la producción robotizada, el ensayo con animales...

No, señora ministra: para justificar un nuevo tijeretazo no es necesario volverse natural. La propia industria ha aceptado los recortes y entiende que es imperativo racionalizar el coste sanitario. Pero el objetivo se logrará aplicando la razón y la ciencia. Para paliar la crisis no sería bueno sustituir la aspirina por una tisana, los hospitales por centros de meditación, los médicos por fabricantes de elixires y las ministras de Sanidad por el mago Merlín.


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