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CIENCIA

Leonardo, científico entre cuadros

La semana pasada dábamos cuenta en esta misma cibercolumna de la utilización de la huella dactilar para atribuir un cuadro a Leonardo da Vinci. En la mayoría de los medios de comunicación que se hicieron eco de la noticia, ésta apareció en la sección de Cultura. No es de extrañar: Leonardo ha pasado a la memoria del tiempo como un artista. Pero ¿y si les dijera que lo que realmente quería Leonardo era ser científico?

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Es muy probable que no sea más sabio el que posee las mejores respuestas, sino el que se hace las mejores preguntas. En ese caso, no cabe duda de que Leonardo da Vinci fue uno de los mayores genios con que ha contado la humanidad, a pesar de que sus ideas no tuvieron gran influencia en el desarrollo de las ciencias. Quizás porque se adelantó demasiado a su tiempo, quizás porque buena parte de sus manuscritos estuvo oculta al mundo durante 250 años o quizás porque era la suya una mente tan hiperactiva que apenas tenía tiempo de adaptarse a la perplejidad que le provocaba la naturaleza que le rodeaba. Lo cierto es que se preguntó prácticamente de todo, esbozó tantas teorías como acontecimientos inexplicables encontraba en su vida cotidiana, se embarcó en una increíble variedad de disciplinas científicas, antes incluso de que éstas existieran, y diseccionó con el bisturí de su insaciable curiosidad todo lo animado e inanimado que hallaba a su paso, en aquella Florencia renacentista.

Pero lo cierto es que no le debemos ninguna teoría, ningún invento trascendental, ningún hallazgo que modificase sustancialmente el conocimiento de las leyes que regulan la naturaleza. Su genialidad reside en que se convirtió en el renacentista total, el ser que mejor simbolizó la célebre sentencia aristotélica: "El hombre tiende por naturaleza a conocer". Fue un científico en el más puro sentido de la palabra; utilizó el método de observar y experimentar porque, cómo él mismo dejó escrito, era consciente de que el ojo abarca "toda la belleza del mundo".

Leonardo da Vinci.A Leonardo se le puede encontrar en libros de casi cualquier disciplina. Fue pintor, arquitecto y escultor. Pero también se dedicó a la música, a la poesía, a la filosofía, a la matemática, a la física, a la óptica, a la biología, a la cocina...

¿Puede merecer un espacio en una columna dedicada a la ciencia? Sin lugar a dudas, sí. De entre todos los fenómenos de la naturaleza que capturaron su atención, uno le llevó a un punto de obsesión del que no pudo escapar en toda su vida: el movimiento. Leonardo deseaba saber cómo se mueven los animales y los seres humanos, de dónde procede la energía que los impulsa, y a ello dedicó buena parte de sus estudios de anatomía. Pero también se propuso desarrollar artefactos móviles que sirvieran para transportar mercancías y personas, para elevar, bombear, lanzar, extraer.

Conoció los trabajos de Arquímedes y de Herón de Alejandría, se dejó fascinar por el vapor y coleccionó toda suerte de prototipos de cadenas, poleas y engranajes. En su empeño, fue capaz de anticipar el funcionamiento de piezas de prácticamente todos los vehículos de tracción mecánica que hoy conocemos, desde la cadena de la bicicleta hasta el cigüeñal de un coche. Y, como además contaba con un don especial para la expresión plástica, pudo plasmar en planos y bocetos todas sus ideas con exactitud asombrosa. De hecho, es el primer ingeniero que utiliza en sus planos el sistema de desmembrar un ingenio y presentar por separado cada pieza. Por desgracia, de los más de 15.000 documentos que escribió en vida, sólo se conservan 7.000 y los conservados permanecieron ocultos durante dos siglos y medio.

Para sorpresa de muchos científicos e ingenieros, cuando el legado de Leonardo salió a la luz, un buen puñado de inventos que parecían pioneros en los siglos XVIII y XIX resultaron haber sido ya imaginados por la mente curiosa y visionaria del genial pintor.

Isaac Newton.Sí, es cierto que le tocó vivir uno de los momentos más apasionantes de la historia (el Renacimiento), en el lugar más adecuado (Florencia). Pero sus neuronas habían sido diseñadas para algo más. Se comportaba como un niño superdotado que necesita satisfacer su hiperactividad a cada segundo.

Con su aguda visión, fue capaz de percibir la importancia del rozamiento y la inercia en los movimientos, anticipándose así a las leyes de la mecánica de Newton. Trabajó valientemente con los conceptos de centro de gravedad y centro de empuje para diseñar aparatos voladores y paracaídas... que no terminaron de funcionar como él quería. Ideó un aparato para medir distancias con una rueda que hacía caer un número determinado de bolas en una caja, en función de la cantidad de espacio que recorría; se preocupó por la mejora de las condiciones de trabajo diseñando una máquina para afilar agujas capaz de sacar punta a 480.000 unidades cada 12 horas y un artificio para fabricar limas automáticamente. Intuyó la posibilidad de injertar en el cuerpo humano mecanismos de movimiento mucho antes de que se pensara en el concepto de robot, y fue gran conocedor de las leyes de la hidrodinámica. Incluso planteó una teoría muy similar al principio hidrostático de Pascal, pero casi 200 años antes que éste. "Toda presión ejercida sobre un líquido se transmite íntegramente en todas las direcciones".

Es imposible relatar en un solo artículo todos los productos del ingenio de Leonardo. Como también es imposible definir cuáles fueron auténticas ideas de visionario que se anticipó a su tiempo y cuáles meros juegos que servían de válvula de escape para una mente activa como pocas y dotada, para colmo, de un inmenso sentido del humor.

La mayoría de los artefactos leonardinos no podrían haberse construido en su tiempo con solvencia, por las limitaciones tecnológicas de la época y porque el genio carecía de los rudimentos científicos necesarios para hacerlos posibles: le tocó vivir en un mundo en el que Newton, Pascal, Coulomb, Gay-Lusscac, Volta, Tesla... aún no habían nacido. Quizás, repito, nació demasiado pronto, o quizás al mundo le costó demasiado alcanzar la madurez suficiente para poder aprovechar el frenético flujo neuronal de un hombre que, literalmente, sabía de todo. Era el científico total.
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