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NUEVA EDICIÓN DE UN CLÁSICO DEL LIBERALISMO

Lord Acton, el poder y la libertad

Si existe algo de divino en lo humano, eso es para Lord Acton el anhe­lo de libertad; un deseo de libertad contagioso que explica el devenir de la historia de la humanidad. A ese mismo anhelo responde su propio afán por reconciliar sus hondas creencias religiosas con el liberalismo,­ a pesar de que la consecuencia de tal empeño fuera la soledad y el aislamiento.

Paloma de la Nuez
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De ahí, quizás, esa profunda melancolía que se desprende de sus escritos más íntimos y personales, pues estaba convencido de que sus contemporáneos no le comprendían, de que su apego incondicional a unos principios morales objetivos y universales –derivados casi siempre de la religión– le convertían a los ojos de los demás en un severo juez moral de las conductas de los hombres, sobre todo de los más poderosos. Y sabía que en la Inglaterra de su tiempo muy pocos aceptarían que un católico fuese simultáneamente un convencido liberal, como tampoco la Iglesia Católica comprendería cómo uno de sus fieles podía ser amigo de los liberales. Su liberalismo histórico, moral y religioso era para la mayoría una extraña y, a veces, peligrosa novedad.

Sin embargo, para Lord Acton no existía contradicción alguna entre su catolicismo y su liberalismo; todo lo contrario. Pensaba que el papel­ de la Iglesia Católica es precisamente la defensa y la protección de la libertad personal, y toda su obra está dedicada a demostrar cómo la libertad surge precisamente de la confrontación entre el poder de la Iglesia y el poder del Estado, porque la actitud de la Iglesia Católica negándose a someterse al poder temporal puso las semillas de la liber­tad en Occidente.

Una de las tesis más conocidas de nuestro autor es aquella que afirma que la historia constituye el desarrollo progresivo de la libertad.­ No se trata de una afirmación puramente historicista, pero puede rela­cionarse con una tradición de pensadores –entre los que se cuenta Leibniz, filósofo al que admiraba– que considera que existe en la historia algún plan o designio (en este caso de la Providencia) que conduce o guía a los hombres hacia una meta preestablecida; que la historia es el escenario dramático de la lucha entre el bien y el mal, entre el poder absoluto y la libertad. Si Dios acompaña al hombre en este proceso, al final, a pesar de los errores y de los pecados, la idea de libertad no se perderá para siempre.

Podría pensarse, por lo tanto, que Lord Acton tenía razones para ser un optimista convencido, y sin embargo en sus escritos prevalece muy a menudo el escepticismo o el pesimismo. Quizás, como escribió Gertrude Himmelfarb, porque poseía grandes ideales pero modestas expectativas. Probablemente esto se debiera, en parte, a que había llegado a la conclusión de que el estudio de la historia (también el de la historia de la Iglesia Católica) revela una constante: el ejercicio ilimi­tado del poder conduce inevitablemente a la corrupción; el poder, cuando no está limitado, confunde el intelecto de los hombres, corrompe la conciencia, degrada el sentido moral y endurece el corazón. Por eso estaba convencido de que los grandes hombres son casi siempre hombres malos.

Y Lord Acton no creía, lo que en cierto momento de su vida le sepa­ró de su más querido maestro, que un determinismo histórico, o que la ignorancia y debilidad de los hombres, pudiera justificar un comportamiento contrario a los principios morales. En oposición a la tradi­ción socrática, no creía que el mal fuese fruto de la ignorancia: "Nunca­ pude constatar que al pueblo le pervirtiera la ignorancia", escribe. Los hombres poseen una voluntad y una conciencia libres, son responsables de sus decisiones, y nunca puede justificarse una conducta inmo­ral ni por el éxito ni por la razón de Estado. "La ley moral está escrita en las tablas de la eternidad"; por eso el historiador se convierte en un severo juez.

(...)

Había estudiado en Munich con el sacerdote e historiador alemán Johann Joseph Ignaz von Döllinger (...). Cuando Acton comenzó sus estudios en Alemania, en 1850, Döllinger era, además, el líder del movimiento liberal católico de Munich. Éste le enseñó a estudiar la historia de la Iglesia –que era la especialidad del sacerdote alemán– con libertad, sin miedo a que la verdad científica se mostrara incompatible con la religión, y también le preparó para acercarse al estudio de la historia con un espíritu cientí­fico, manejando fuentes, archivos, documentos originales y una gran bibliografía (como ya hacía otro gran historiador alemán, Ranke).

Así, cuando Lord Acton vuelve a Inglaterra tras sus años de estudio­ y una serie de viajes por el continente (también había viajado a los Estados Unidos, viaje que fue uno de los que encontró más atractivos),­ pretende introducir en su país esa forma moderna de hacer historia que deja de considerarla mera literatura para tratarla como una autén­tica ciencia. Quería elevar el nivel de la investigación histórica en Inglaterra y por eso fundó varias revistas de estudios históricos en las que colaboró generosamente.

Su proyecto más ambicioso, que según algunos provocó la ruina de su salud, fue la Cambridge Modern History, empresa que siguió a su nombramiento, tras la muerte de John Seele y a instancias del ­pri­mer ministro Lord Rosebery, de Regius Proffesor of Modern History de la Universidad de Cambridge, que, curiosamente, muchos años antes se había negado a admitirlo como alumno por ser católico.

En esta empresa, aunque tenía colaboradores, Lord Acton lo hacía prácticamente todo, y su insistencia en leer todo aquello que caía en sus manos provocaba que no siempre pudiera llevar a cabo el trabajo que se había propuesto. Esta fue otra de las razones por las que nunca­ apareció esa historia de la libertad que pretendía se convirtiera en la gran obra de su vida, pues siempre pensaba que había leído poco, que tenía que manejar más fuentes, más bibliografía, además de que el temor a la censura eclesiástica y la sensación de estar aislado intelec­tualmente le desanimaban. Por eso su obra no es sistemática y se hall­a más bien dispersa.

La historia tenía para él una función pedagógica en cuanto maestra­ de vida. Y precisamente como educador o filósofo de las ideas se veía a sí mismo nuestro historiador. A pesar de que llegó a ser miembro de la Cámara de los Comunes por el partido whig, nunca destacó como político. No sentía esa pasión política de algunos de sus correligio­na­rios, no era hombre de partido y no comprendía las cuestiones comer­ciales e industriales que tan a menudo centraban los debates de la Cámara. Por eso apenas se recuerdan sus escasas intervenciones. En el fondo no se sentía cómodo y añoraba la vida tranquila del estudio. "¡Ojalá pudiera abandonar el Parlamento de una manera decente­ y sumergirme en mis libros!", confesaba.

(...)

El fin del orden político era para Lord Acton la libertad. La libertad­ es el más elevado fin e ideal político, the highest political end, pues para el verdadero liberal la libertad es siempre un fin, nunca un medio.­ Una libertad que tiene un claro contenido moral, puesto que da al hombre la posibilidad de hacer las elecciones morales correctas y perseguir los más altos fines privados y públicos. La libertad significa,­ pues, la seguridad de que estoy protegido cuando hago lo que creo que debo hacer en contra de la presión de la autoridad, la mayoría, la costumbre o la opinión. Y es en la conciencia donde esta libertad resi­de; la conciencia individual es el santuario de la libertad. Así, pues, aunque la libertad se manifieste exteriormente, es una condición inte­rior; por eso el respeto hacia la conciencia es el germen de toda libertad­ civil.

Es aquí donde juega el cristianismo un papel esencial, pues fue la religión cristiana la que estableció la responsabilidad de la conciencia­ frente a Dios y la que protegió su ámbito frente a la injerencia del poder político, otorgando al ser humano una hasta entonces descono­cida dignidad. Por eso el liberalismo es el fruto de la civilización cristia­na, y por ello el liberalismo de Acton es un liberalismo religioso:­ "Para Acton, el verdadero liberalismo tiene una intrínseca religiosidad". Es decir, el liberalismo debe estar siempre de acuerdo con los ideales de la religión cristiana, y el único carácter de un Estado cristia­no ha de ser la libertad.

Como fruto de una civilización concreta (Acton repudia la tesis de Rousseau de que el hombre era libre en un supuesto estado natural anterior a la civilización), el liberalismo es "una planta que crece lenta­mente y madura tarde". Un lento desarrollo, un proceso que tiene su origen en la Antigüedad, en concreto, en Atenas. Pero durante la Antigüedad la libertad se identificaba con la participación política y sólo se entendía dentro del Estado y no frente a él, y a pesar de la importante aportación de los estoicos al introducir la noción de una ley superior por encima del derecho positivo, no puede hablarse toda­vía de libertad en la Edad Antigua, porque la política no se diferencia­ba de la moral ni la religión del Estado. Sólo con el cristianismo se separa la Iglesia del Estado, y esa fue su crucial aportación a la idea de libertad y la razón por la que la historia de la libertad es en gran medida la historia de la religión.

Aunque la Iglesia no siempre supo reconocerlo, su papel consiste en limitar el poder del Estado. A ello contribuyó en gran medida el conflicto de poderes durante la Edad Media, que para Lord Acton, lejos de ser una edad de ignorancia y oscuridad, constituye más bien –contra la interpretación liberal oficial, pero sin caer en el mito román­tico– un periodo fundamental en la historia de la libertad, porque­ es durante la Edad Media cuando se forjan ideas trascendentales para su futuro: la idea de que el poder deriva del pueblo, la idea de representación, la idea de que los impuestos han de ser por todos aceptados y votados, el autogobierno, el respeto a la ley y la resistencia al poder. Por eso considerará fundamentales las aportaciones de Marsilio de Padua y de Santo Tomás de Aquino, que inauguran, en definitiva, la tradición del pensamiento constitucional.

En esta época, sobre todo con el desarrollo de las ciudades, fermenta el germen del liberalismo ("las ciudades fueron el plantel de la liber­tad"), un tesoro que se perdería con el Renacimiento y la Reforma. Por un lado, Maquiavelo representa el triunfo del Estado moderno, de la monarquía absoluta y de la perversión del sentido moral, y, por otro, la Reforma, si bien en un primer momento trajo aires de libertad y responsabilidad individual, acabó fortaleciendo aún más el poder del Estado al abandonar la separación de la religión y el poder político.­ El poder derriba, así, todas las barreras, y, por lo tanto, no es al protes­tantismo de Lutero al que se debe precisamente el liberalismo.

Pero en la Edad Moderna, como consecuencia de las guerras de religión, surge también la reivindicación de la libertad de culto y de conciencia, que será el germen de todas las demás. La guerra civil en Inglaterra, con la lucha de los independientes y las sectas protestantes por la libertad de conciencia, aportarán las ideas que después flore­cerán en la Gloriosa de 1688, en la Guerra de Independencia america­na de 1776 (que, desafiando una vez más la interpretación liberal ortodoxa, Acton prefiere a la inglesa de 1688 por haber recibido ésta una influencia excesiva de Locke), y en la Revolución Francesa de 1789, en cuyo transcurso se irá pervirtiendo la idea originaria de libertad.

Vemos, pues, que la historia de la libertad está intrínsecamente unida a la de la religión, y que es de la lucha por la libertad de concien­cia de donde surge el liberalismo. En esta historia el papel de la Iglesia­ Católica, salvo cuando durante el absolutismo sigue la corriente y se supedita al poder del Estado, ha sido el de enfrentarse al poder tempo­ral para evitar el dominio de las conciencias.

Acton creía sinceramente que el papel de la Iglesia Católica consis­te en educar al hombre para la verdadera libertad, que le interesa promo­ver la libertad política como condición de su propia acción social. La Iglesia Católica y el liberalismo no deberían, pues, estar en conflicto sino en armonía, porque el catolicismo es una garantía de libertad en la medida en que la religión ayuda a emancipar a los individuos. Por eso deseaba con todas sus fuerzas que la Iglesia Católica se adaptara a los tiempos modernos, que se dirigiera "a todas las épocas y naciones­ en su propio lenguaje". Influido por su maestro Döllinger, deseaba que los católicos comprendieran que no había nada que temer de la libertad política ni del avance de la ciencia. La verdad no debe temer la confrontación, y ni la ciencia ni la razón tienen por qué ser contrarias a la fe; todo lo contrario, sirven a los verdaderos fines de la Iglesia,­ una Iglesia que debe ser autónoma e internacional.

 

NOTA: Este texto está tomado de la presentación de la profesora De la Nuez a los ENSAYOS SOBRE LA LIBERTAD Y EL PODER de LORD ACTON que acaba de publicar Unión Editorial.

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