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CHUECADILLY CIRCUS

Machos alfa y maricas beta

Con los calores del verano, y a falta de qué hablar que no sea el culebrón pepero y el precio de las sardinas, a algunos palilleros mentales se les warmean las neuronas y les da por regalarnos doctas disertaciones sobre el ser o no ser del macho, su resistencia al holocausto feminazi y otras lindezas tan fáciles de entender como difíciles de digerir. Todo es cuestión de tamaño, aunque presumo que en estos casos la relación es indirectamente proporcional. En otras palabras, dime de qué presumes...

Archipiélago Duda, uno de los simpáticos libero-bloggers que soporta el paciente gestor de Red Liberal y más cursi que un lazo rosa (eso de adornar una bitácora con un cita de Josemari como si de los rollos de la ley se tratase no lo hace ni el ¡Hola!), se descuelga con un nuevo ladrillo (¿por qué decirlo en 100 palabras cuando puedes hacerlo en 10.000?) protestando contra la ingeniería sexo-social que nos proponen algunas feministas.
 
Tiene más razón que un santo, aunque aburra a las piedras. De todas formas, sospecho que tras las demandas testosterónicas se oculta algún secreto o carencia inconfesable. Si no, ¿por qué todos los defensores del macho son feos, gordos, llevan gafas horrorosas y visten fatal? Es como si algunos pretendiesen compensar su evidente desequilibrio hormonal (la comida engordante posee un altísimo contenido en estrógenos) con una rabieta al estilo gritaré-y-gritaré-hasta-enfermar versión libero-conservadora. Lo siento por ellos, sus sufridas esposas y cualquier tío bueno que se cruce con ellos: seguro que Archipiélago le echa una maldición o intenta ponerle la zancadilla por pura inquina. Y luego dicen de las tías.
 
Si de verdad quieren saber lo que es un macho alfa y de paso aprender a escribir, compren Playlove (Donde las calles no tienen nombre), el penúltimo cómic de Miguel Ángel Martín, publicado en formato libro por Rey Lear y prologado por el irresistible y megacool Hernán Migoya, quien sin pelos en la lengua dice lo que muchos callan y los conservatives no saben o no se atreven a contar: "La infidelidad es una maldición, igual que para muchas mujeres lo es el sexo". ¡Olé tus eggs, darling! Mariconadas lib-whatever, las justas. Influido por el escritor Jesús Palacios y sus musas gringas, la Rand y la Paglia (cada día somos más, aunque nos llamen progres), Hernán lanza cuatro manifiestos bajo el título La maldición del macho alfa que suenan a auténtica música celestial, tonificantes como el Diserratevi o porte d’averno de Haendel y más turbadores que los enigmas de la princesa Turandot.
 
Hernán Migoya.La primera en la frente: "Incluso la mayoría de los gays no pueden evitar comportarse como hombres: son promiscuos como lo serían los heterosexuales si la paternidad no les llamara a filas (...) Si los gays fueran heteros, hoy día casi todos estarían en la cárcel acusados de acoso sexual. Si las discotecas heteros tuvieran cuartos oscuros, habría millones de detenidos por supuesta violación". ¿Me lo repita? De eso a decir que los únicos que seguimos comportándonos como auténticos hombres a pesar de la cruzada hembrista somos los homos hay un paso. No sé qué pensarán los teóricos del cerebro homo, pero en todo caso ahí tienen un nuevo argumento a favor del matrimonio gay. A estos chicos hay que pararlos como sea antes de que organicen un desmán en la redacción de algún diario cibernético. Yo les prometo que jamás he acosado a nadie en el trabajo, aunque a decir verdad ganas nunca me han faltado (¡Tiembla, J. S., you’ll be next!).
 
Tampoco los heteros se van de rositas. Migoya divide a los machos alfa en los que nacen (muy pocos) y los que se hacen, es decir, el grueso de los chicos de Red Liberal; y luego vienen los castrados, a veces de forma voluntaria y otras a su pesar. En ellos, "la inteligencia ha sustituido (...) la dotación innata". No puedo estar más de acuerdo contigo, como también suscribo eso de que "no hay nada más malsano y letal para una mujer esperanzada que un macho alfa con buenas intenciones". Los peores son sin duda los romanticotes, esos que, tras "el primer o segundo o trigésimo desengaño amoroso", se olvidan del ideal femenino y lanzan "proyectiles que a la primera rompen el bonito aparador de las cosas y muestran la apestosa realidad".
 
Así que ya lo saben, querid@s amig@s lector@s, si quieren conocer todas las claves del macho alfa –o del marica beta, que es mucho peor– en su modalidad más cañera y psicopatológica, y además adentrarse en las técnicas de su castración, o simplemente desean disfrutar de alguno de ellos sin perder la cabeza además de la decencia, corran a la librería más cercana y deléitense con este fenomenal tándem libertario formado por Martín y Migoya y déjense de cuentos. Who wants a short-dicked man? Pues eso, que el tamaño, y no precisamente el del ego o necesariamente el de la entrepierna, también importa.
 
Tras el atracón de realidad, un chupito de ciencia-ficción made in Spain, que aquí también sabemos hacer las cosas. O al menos las sabe hacer, y muy bien, el poeta, dramaturgo y profesor en el Centro de Nuevos Creadores de Cristina Rota –dama eterna– Darío Facal. Hace dos semanas asistí en la sala Mirador a la presentación de la versión impresa de su impresionante La pesadilla de Kepler, un fascinante montaje teatral que rinde tributo al cine Serie B de los cincuenta y en general a todo el género espacial y de desastres. Espero que algún consejero cultureta tome nota y se haga con una copia del texto, primorosamente editado por Ñaque. El buen gusto existe, aunque hay que saber dónde buscarlo y prescindir de una vez de la rancia patulea vallisoletana (tres pelos tiene mi calva). Queridos gestores culturales del PP y siglas afines: Give intelligence a chance y pasen del chantaje mariprogre.
 
A lo que iba: Darío y su compañía han fijado un texto excepcional que intriga, emociona y juega con el lector-espectador sin insultar su inteligencia ni someterlo a ningún ritual sádico de los que tanto gustan al mastuerzo de Calixto Bieito. La historia posee todas las convenciones del género, desde la explosión nuclear al agujero negro, pasando por el time-warp (editor, coloca tú la traducción porque no sé como se dice en español) y el unrequited love (lo mismo aquí, gracias). Una ingeniosísima y simple sorpresa les aguarda al final del texto. No por obvia a posteriori deja sin embargo de resultar magistral. Esta vez, en lugar de adelantarles un fragmento de la obra me quedo con la cita que Darío ha colocado a modo de introducción, y que como no puede ser de otra manera proviene del Harmonice mundi de Johannes Kepler (1618):
Quien creó las especies que habitan las aguas, bajo las que no hay lugar alguno para el aire; quien en la inmensidad del cielo puso especies voladoras sustentadas por sus plumas... ¿consumiría todo su arte en el globo de la tierra, que no pudiera ya, que no quisiera ya engalanar también los demás planetas con las criaturas convenientes? ¿No habría el Creador dado vida a las criaturas apropiadas para cada uno de los planetas según la brevedad o amplitud de sus revoluciones, o según su proximidad o distancia del sol...?
La razón –y la naturaleza– producen monstruos. A su lado, machos alfas, maricas beta y hembras gamma no somos más que un atajo de ninfas pillas y descerebradas. Estas y otras preguntas, en La pesadilla de Kepler. Reclámela a su concejal de festejos, consejero de cultura y ministrín de las artes más cercano.
 
P. S.: ¡Aviso a todos los lectores de Chuecadilly, políticos peperos –y sus asesores– incluidos! Como saben, existe una dirección de correo electrónico
(chuecadilly@yahoo.es) a disposición de aludidos, agasajados, vilipendiados o simplemente curiosos. Les ruego se sirvan de la misma y dejen de incordiar a la secretaria de Libertad Digital, que bastante tiene con lo suyo. Gracias. Thanx. Gràcies.

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