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CIENCIA

Madrid nos mata

Los ciudadanos de Madrid andan estas semanas sometidos a un cruel dilema. Aquellos que fuman tienen que elegir entre aguantar sus ganas de una dosis de nicotina dentro de los bares, disfrutando del aire libre de humos pero cargado de aromas de grasa y fritangas varias, o salir a la calle a saciar sus ansias de cigarrillo aun a riesgo de verse obligados a respirar la atmósfera de la ciudad. No se sabe qué es peor.

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Y del problema no se libran los no fumadores, que bien preferirían el tabaquismo pasivo de los antros de copas que las vaharadas de dióxido de nitrógeno que regala el éter de las calles madrileñas cuando por ellas se pasea.

Vamos, para ser más claro, que el aire de Madrid es irrespirable. Y no tiene nada que ver con el consumo masivo de tabaco. Durante 2010, la capital ha superado todos los límites aconsejados de contaminación. Algo se barruntaban desde hace meses los viajeros que se acercaban a la ciudad en avión y contemplaban la boina gris panzaburro que tiene a bien decorar el cielo madrileño, y para la que ni el mismísimo Velázquez hubiera encontrado un tinte similar, así hubiera mezclado los grises más tristes de su paleta.

Los datos no permiten mucha controversia: el límite de dióxido de nitrógeno establecido por la Unión Europea para el aire respirado en las grandes urbes es de 40 microgramos por metro cúbico de fluido. En Madrid se ha registrado un nivel medio anual de 44. Pero en algunas estaciones de medición (por ejemplo, en la de Fernández Ladreda) se han obtenido medias de 69, llegándose en algún momento a superar los 100.

Y no puede decirse que el problema nos haya pillado por sorpresa. Ya en febrero de 2010 los datos deberían de haber hecho saltar las alarmas. Aquel mes ninguna de las estaciones de medición madrileñas (sí, han leído bien, NINGUNA) arrojaba datos dentro de los límites recomendados.

Aun así, el ayuntamiento de Madrid ha dado muestras más que repetidas de sentirse satisfecho con su gestión de la calidad de aire. Lo ha hecho en boca de su delegada de Medio Ambiente, Ana Botella, quien ha basado su discurso en dos argumentos, a cuál más asombroso. El primero: que es "muy difícil" cumplir la normativa europea. El segundo: que los niveles de otros agentes contaminantes, como el ozono y las partículas en suspensión, están bien controlados.

Responder al primer argumento sería tarea de un analista político que supiera poner en valor la responsabilidad de una gestora que se escuda en la dificultad de las tareas que la ciudadanía le tiene encomendadas para no llevarlas a cabo. Pero a la segunda excusa la ciencia sí puede darle respuesta.

Ana Botella.Efectivamente, los niveles de ozono y de partículas microscópicas en el aire de Madrid (al menos los niveles medidos) parecen más cercanos a los que establecen las autoridades europeas que los de dióxido de nitrógeno. Pero nadie es capaz de saber si estos datos responden realmente al estado del aire que respiramos. Desde hace meses, las asociaciones de defensa del medio ambiente y muchos expertos vienen denunciando la política del ayuntamiento capitalino de modificar el emplazamiento de las estaciones de medición de calidad de aire. La reordenación de los aparatos de calibración ha dado como resultado un profundo maquillaje de los datos obtenidos. Según los denunciantes, se han retirado estaciones de seguimiento de zonas especialmente contaminadas del centro y se han instalado otros medidores en áreas más cercanas a los pulmones verdes de la ciudad.

Como consecuencia, los datos sobre ozono y micropartículas han quedado considerablemente más aparentes de lo que hubieran estado con el anterior mapa de centros de medición.

Incluso así, la cantidad de partículas microscópicas que flotan en el aire del Foro está lejos de ser aceptable. Puede que se encuentre dentro de los límites establecidos por la Unión Europea, pero sigue estando por encima de las recomendaciones de los organismos sanitarios internacionales,

Las micropartículas PM 2,5, es decir, las que miden menos de 2,5 micras de diámetro, preocupan especialmente a los científicos. Recientemente, un equipo de investigadores del Instituto de Salud Carlos III publicó un artículo en Science of the Total Environment advirtiendo de que estas partículas (que proceden de la combustión del gasoil en los automóviles) pueden estar relacionadas con un aumento de los casos de accidentes vasculares en la población madrileña. Estas sustancias atraviesan las membranas protectoras de nuestro sistema respiratorio y pueden tener un perjudicial efecto acumulativo en nuestra salud cerebro-cardio-vascular.

A pesar de que la Unión Europea permite niveles de hasta 12 microgramos por metro cúbico de aire, la mayoría de los expertos en salud, y la propia OMS, recomienda que no se exceda de los 10. De hecho, en muchos países, como Estados Unidos, se ha replanteado ese límite máximo. Madrid supera, sin lugar a dudas, la fatídica cifra de 10 microgramos.

Pero lo más grave del asunto es que, mientras tanto, el otro gran agente contaminador del aire, el dióxido de nitrógeno, parece campar a sus anchas, por encima de todos los niveles razonables. Mejor dicho, lo más grave del asunto es la sensación de que el ayuntamiento de Madrid no tiene intención de hacer nada al respecto, escudado en su profunda convicción de que las cosas o no son tan graves como algunos alarmistas queremos ver o son difíciles de resolver.

Madrid tiene uno de los aires más irrespirables de España. Salta a la vista de cualquier viajero que se acerque a la ciudad por alguna de las carreteras radiales de acceso. Y sus gestores, en otras ocasiones tan profundamente compungidos por temas ambientales menos urgentes (baste recordar los megaplanes de construcción de barrios verdes, inteligentes y anti-cambio climático), ahora dan la espalda al único problema que realmente afecta a todo aquel que tenga orificios nasales para respirar. Otro día hablaremos de los olores de Valdemingómez.

 

http://twitter.com/joralcalde

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