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PANORÁMICAS

Mandela contra Lucifer

Usted se considera una buena persona. Seguramente comete pequeñas travesuras: miente a su jefe, tira las servilletas al suelo del bar, acelera cuando el semáforo se pone en ámbar... pecados veniales que quedan compensados en su balance de conciencia porque recicla la basura, cumple en el trabajo y da los buenos días en el ascensor. Y sin embargo...

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Permítanme que les presente a Philip Zimbardo, un psicólogo social que estudia cómo los grupos sociales en que estamos insertos influyen, condicionan, determinan nuestra manera de actuar. En 1971 realizó un experimento con sus estudiantes de Stanford, chicos normales y sanos, si acaso un poco más inteligentes que la media. Fueron encerrados en una prisión virtual, situada en los sótanos de la Universidad, y a unos les tocó ser presos y a otros, carceleros. Pues bien, el experimento tuvo que ser cancelado rápidamente porque los estudiantes-guardias se volvieron sádicos y torturadores en apenas una semana.

A esta terrorífica e inconsciente influencia del ambiente social en nuestra conducta y forma de pensar la denominó Zimbardo "el efecto Lucifer". Si, estimado lector, acaba de pensar que a usted no le pasaría, entonces está perdido: el primer paso para caer en la tentación es creer que se tiene fuerza para resistirla. El Diablo, Lucifer, es malvado: malo y astuto, retorcido como una serpiente le susurrará al oído que lo de la maldad banal, como los accidentes de tráfico, es algo que siempre les sucede a los demás.

La tesis de Zimbardo viene a ser una combinación de las propuestas antropológicas de Aristóteles, Ortega y Gasset, Freud y Sartre. Los dos primeros establecieron la esencia social de nuestra especie, que se hace humana (¿demasiado humana?) en el entramado social. De ahí que dijeran aquello de "El hombre es un animal social" y "Yo soy yo y mi circunstancia". Freud y Sartre complementaron la hipótesis social de la naturaleza humana postulando que la dimensión social nos ocasionaba roces y choques con los demás que nos provocaban lo que el médico vienés denominaba "el malestar de la cultura", metafóricamente transformado por el literato francés en "El infierno son los otros". Vuelve a hacer su aparición la dimensión luciferina.

El subtítulo del libro de Zimbardo es "Cómo la gente buena se vuelve mala". A toda esa gente buena que haya llegado hasta aquí le convendría leerlo. Constituye una vacuna contra la inocencia, pérfida a fuer de estúpida. Thomas de Quincey lo enunció en forma de paradoja:
Si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del Día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente.
Sin embargo, ¿qué pasa con los que nos sabemos malos a priori, con los que somos pesimistas antropológicos porque nos conocemos demasiado bien y no nos hacemos ilusiones, aunque no nos resignamos a nuestra condición de hijos de Caín? Pues que… ¡hay esperanza para nosotros! Lo que podríamos denominar "El efecto Mandela".

Clint Eastwood nos muestra en su última película, Invictus, cómo Nelson Mandela consiguió lo que parecía imposible: que las comunidades blanca y negra de Sudáfrica olvidaran sus rencores, sus prejuicios, sus odios ancestrales, sus ganas de venganza y se unieran en un proyecto común de libertad y prosperidad, dejando atrás recriminaciones e insultos. No era fácil. Los negros habían sufrido la opresión criminal del apartheid de los blancos que se creían los dueños del país. Los blancos, por su parte, se negaban a olvidar el pasado terrorista de Mandela y su organización, el Congreso Nacional Africano. Si cada una de las dos comunidades se hubiera empeñado en su propia Memoria Histórica, asumiendo maniqueamente el lugar de los buenos de la historia y satanizando a la otra, el desenlace hubiera sido seguramente una guerra civil.

Bajo el benéfico, inmenso y carismático influjo de Nelson Mandela, que predicó con el ejemplo, la comunidad negra aceptó como propia a la selección nacional de rugby, coto casi exclusivo de los blancos. Y los blancos del equipo comprendieron la misión histórica que el presidente puso sobre sus espaldas en el Mundial de rugby de 1995, celebrado precisamente en Sudáfrica. Todo esto lo cuenta Eastwood con su proverbial pulso cinematográfico, con majestuosidad exenta de sentimentalismo y demagogia populista, en un relato cinematográfico que lo pone a la altura de Griffith y John Ford cuando cantaron con voz queda a otro gran presidente que fue capaz de unir a un país: Abraham Lincoln.

La última película de Eastwood –la pareja protagonista, Morgan Freeman y Matt Damon, optan al Óscar– muestra, como ha señalado Miguel Marías, que no sólo cabe el cine épico, también un arte consagrado a la ejemplaridad pública, al liderazgo moral,  esa dimensión de la actividad cinematográfica-política en la línea de lo que reclama el filósofo Javier Gomá. Se podría subtitular perfectamente "Cómo la gente mala se vuelve buena". Con una contundencia formal en la que la épica se sirve tal cual, sin los falsos aditamentos líricos de violines y cámaras lentas con que suele venir adulterada, Invictus es, de todas las películas estrenadas últimamente, aquella en la que más puede reposar la mirada sobre la pantalla convertida en un gran lienzo, en la senda de los pintores americanos, de Gilbert Stuart a John Singer Sargent, que retrataron la fíera calma del Oeste americano.

La lucha entre Lucifer y Mandela seguirá aquí, ahora y por los siglos que dure el experimento humano. Y no se fíen de las apariencias. Suscribo la tesis del cardenal Buffi: el Anticristo se presentará como un tipo vegetariano, pacifista y partidario del diálogo. No señalo a nadie.


INVICTUS (EEUU, 2009). Director: Clint Eastwood. Guionista: Anthony Peckham, basado en el libro de John Carlin El factor humano. Fotografía: Tom Stern. Intérpretes: Morgan Freeman, Matt Damon, Marguerite Wheatley, Bonnie Henna.

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