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CIENCIA

Millás caníbal

Para un escritor consagrado sólo hay una cosa más peligrosa que la hipérbole: la prisa. Concederemos por lo tanto que Juanjo Millás, la semana pasada, tuvo prisa. Digamos que le pilló desprevenido el toro del cierre y se dedicó a rellenar con las primeras ideas que se le pasaron por la cabeza los huecos que le dejó el maquetador de El País Semanal.

Quiero pensar así, pues de lo contrario estaría obligado a creer que el laureado columnista nos ha mentido a todos deliberadamente, que ha escrito falacias a sabiendas con la insana intención de conmovernos. De llevarnos al huerto, vamos.

Ocurre que uno abre la revista semanal del grupo Prisa y se encuentra con la escalofriante fotografía de un oso polar arrastrando en sus fauces la casquería a la que ha quedado reducido el cuerpo de una de sus crías. Sobre el fondo blanco de los hielos árticos, el reguero de sangre y vísceras del osezno dibuja un brochazo carmesí que imanta las miradas. La foto merece un texto apasionado. Y allí está Millás, al servicio:
El oso de la fotografía es un macho que tenía hambre, sin más, por culpa del cambio climático. Enciende uno la calefacción en su casa de Madrid y un plantígrado se come a su hijo en Canadá.
Pasaremos por alto el uso demasiado laxo del término plantígrado (los humanos también somos plantígrados), pues uno no ha venido aquí a dinamitar licencias poéticas. Lo más grave (ya me ven ustedes venir) es lo otro... lo del cambio climático. El veterano escritor con y de prisa contempla la foto demoledora, se agarra a la primera idea que le aflora, empieza a segregar los jugos gástricos de la demagogia y... hala: se despeña.

Los osos polares de Canadá (y los pardos de Asturias) llevan devorando a sus crías desde mucho antes de que el ser humano ecologista soñara con la existencia del calentamiento global, desde antes de que el hombre inventara las centrales térmicas, desde antes de que Juan José Millás aprendiera a escribir. Resulta que se encuentran entre las no pocas especies animales que practican el canibalismo de la prole. Una costumbre horrenda a los ojos de un humano, pero no tan extraña como parece. Sin ir más lejos, es muy probable que nuestros antepasados en Europa, los primeros Homo antecessor, también dieran cuenta de los restos de sus familiares muertos.

En el caso de los osos, las razones son mucho menos políticamente correctas que las esgrimidas por Millás en su alegato climático. Los zoólogos creen que el macho aniquila a las crías más débiles para provocar el adelantamiento del celo de la hembra y poder volver a aparearse antes. Tremenda constatación de la crudeza de los instintos naturales. Y lo hacen haga frío o calor, lo siento.

Hay otros muchos animales que realizan actos similares: lobos, algunas especies de gorriones, arañas, ciertos peces. En la mayoría de los casos, los padres se cobran como pieza el huevo aún no eclosionado de sus crías. Se ha especulado que con ello se benefician de un aporte de energía extra en casos de estrés alimentario. Pero estudios con peces a los que se mantenía sanamente alimentados con suplementos artificiales demostraron que seguían manteniendo la costumbre.

Algunos etólogos creen que estas prácticas confieren a la prole una presión natural similar a la de los depredadores. De alguna oscura manera, los padres quieren asegurarse de que sólo sobreviven las más fuertes de entre sus criaturas. Una suerte de educación espartana para la naturaleza.

No se conocen muy bien las pulsiones que anidan detrás de este comportamiento. Pero está claro que el cambio climático no tiene nada que ver con ello.

Por desgracia, a nuestros hijos (y a algunos columnistas de El País) se les ha inoculado una visión de la naturaleza demasiado similar a la de David el Gnomo: una imagen del mundo salvaje en la que los lobos no se comen a los corderos ni las águilas despellejan al conejito tuerto. Una idílica Natura donde no existe el horror. Los animales son depositarios de una moral prístina, y sólo cuando el malvado humano planta su zarpa exhiben las peores de sus conductas. Si el oso devora a su osezno, sólo puede ser porque el horrible Homo le presiona para ello.

Guiados por este cuadro infantilizante, no es de extrañar que allí unos reclamen derechos humanos para los chimpancés y allá otros se dejen obnubilar por el mensaje extremista de Avatar, donde los buenos son aquellos que no dudan en atravesar el pecho de un hombre con una granada de mano para defender un árbol.

La naturaleza es cruel, señor Millás. El de supervivencia es el instinto más feroz. La selección natural es lo más alejado que existe de la justicia y la compasión. Los animales no son solidarios. Los osos, sí, se comen a sus crías.

Ah, por cierto, y por si tiene la tentación de volver a escribir sobre el tema: los osos polares no están en peligro de extinción.

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