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COMER BIEN

No sólo de pan...

En las últimas semanas han sido varias las personas que nos han comentado que, después de un menú degustación en algún restaurante del segmento más alto (de precio, entiéndase), ha salido a la calle con la sensación de no haber comido, esto es, de hambre... y de haber pagado un alto precio por "no comer".

Bueno, no exactamente "no comer" nada: todos los reclamantes admitieron que habían consumido una media de siete u ocho panecillos durante el almuerzo o cena, en las –otra queja común– interminables esperas entre plato y plato; platos que, por otra parte, dicen haber engullido íntegros en no más de diez o doce segundos.

Al principio no hacía demasiado caso de estas quejas. Son demasiado tópicas, y además llevo en el cuerpo un elevadísimo número de menús-degustación y sé que es muy difícil, por no decir imposible, que una persona con apetito normal se quede con hambre. Pero no todas las personas que se han quejado eran unos tragaldabas. Ni mucho menos.

¿Qué está pasando? ¿Dónde pretenden llevarnos? ¿Por qué están convirtiendo los menús-degustación de varios platos, normalmente un par de aperitivos, una o dos entradas, un pescado, una carne y uno o dos postres, en degustaciones... de minitapas?

A los españoles nos gusta mucho el tapeo. Lo que no nos gusta es ir a comer y que nos den sólo tapitas. El bar de tapas es el bar de tapas, y el restaurante es el restaurante. Puede que estén de moda, en determinados círculos, los platos que se engullen prácticamente de un bocado, en todo caso en mucho menos tiempo del que se tarda en leer su enunciado; pero me parece que algunos chefs se están pasando.

Es cierto que cuando vamos a un gran restaurante esperamos no sólo comer bien, sino, de alguna manera, divertirnos. Pero lo que muy poca gente está dispuesta a aceptar es que en el restaurante pretendan sólo divertirles... sin apenas darles de comer, pero cobrándoles como si efectivamente hubieran comido. A la gente le gustan y hasta le divierten unas tapitas, incluso raras, como aperitivo, pero luego suele querer, con toda razón, comer un buen producto, masticar, en la parte central del menú.

Insisto: me gusta más un menú degustación que otro convencional, salvo, claro, que lo convencional sea, pongamos, un cocido, en cuyo caso es un menú completo... aunque, si se fijan, ¿qué mejor menú-degustación que un buen cocido? Pero un menú hecho de platos, no de tapitas. Cuando quiero tapitas, sé dónde tengo que ir, y no me meto en un restaurante.

Luego, esas tremendas esperas entre platos. El tiempo óptimo de espera entre plato y plato no debe exceder de doce minutos. Lo normal en estos lugares es que sí, que exceda. Y cuando pasa el cuarto de hora el comensal empieza a impacientarse y, claro, a comer pan.

Lo del pan, la verdad, no es sólo por matar el tiempo, sino también por matar el hambre... o porque el pan es, al final, lo único que el comensal reconoce como claramente comestible de todo lo que le están dando. Afortunadamente, cada vez son más los restaurantes que ofrecen a los clientes diversos tipos de pan, todos muy ricos. Pero no sólo de pan vive el hombre, y a un restaurante caro no se va a comer, sobre todo, pan.

La gente normal, la que no se dedica a aclamar la última ocurrencia de un cocinero mediático, se empieza a preguntar para qué sirven todos los adelantos técnicos de los que les hablamos quienes escribimos de esto, o les hablan los cocineros televisivos: ¿para que esos cocineros se lo pasen bárbaro jugando en la cocina, como nos lo pasábamos nosotros de niños cuando alguien nos regalaba un estuche de Cheminova?

Pongámonos en el caso de un joven que decide hacer un esfuerzo e ir con su pareja a darse un homenaje a uno de estos restaurantes en los que ejerce un cocinero famoso. La pareja va con la ilusión de comer bien; quizá coman, piensan antes, algunas cosas raras, pero comerán bien. Les ocurre lo anterior, les dan minitapas, y se llevan un chasco enorme. Y un palo, de paso. Claro, no vuelven por otra.

Así, poco a poco, los cocineros que practican el arte del minimalismo gastronómico irán espantando a quienes deberían ser sus futuros clientes... hasta que su cocina sólo interese a un grupo de adinerados e inapetentes snobs.

Que es cierto que hay un tipo de gente, incluso mucha gente, que funciona con lo que está de moda; pero las modas son pasajeras. Además, lo que muy poca gente está dispuesta a admitir es que alguien juegue con las cosas de comer; concretamente, con sus cosas de comer. Un poco de cordura, caballeros.
 
 
© EFE
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