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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Otra Restauración que se acaba

La segunda restauración borbónica, obra de Franco (con perdón), llega a su fin como sistema político. Lo siento por los que aún hacen palmas con las orejas cuando se refieren a la GTE (Gloriosa Transición Española), pero el régimen no da más de sí.

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Hay todo un catálogo de síntomas que resaltan la evidencia de que estamos en los estertores finales del Estado Autonómico, pero ningún partido político va a reconocer este fracaso colectivo, por la parte que a cada uno le toca, así que nos vemos abocados a contemplar la lenta muerte de un sistema que nació predestinado a un fin tan cercano como poco presentable.
 
No es sólo que las autonomías hayan consumido recursos, energías y esfuerzos que podrían haberse destinado al fortalecimiento de una nación unida y próspera. Es que, aunque hubiéramos tenido políticos periféricos con sentido de estado, el proceso hubiera acabado derrapando igualmente, si bien a menor velocidad y con mayor decoro.
 
Los partidos nacionalistas, con la aquiescencia expresa del resto del arco político, han creado unos miniestados que resulta imposible mantener, con el agravante de que el proceso exige una dosis cada vez mayor de autoritarismo centrífugo, sin el cual les resultaría difícil legitimar su existencia y seguir acaparando el poder. Ahorro al lector la larga lista de despilfarros absurdos que la clase política nacionalista viene protagonizando en los últimos tiempos, como si la crisis no fuera con ellos (de hecho, no va con ellos). Y por si no bastara con conceder autogobierno a las nacionalidades históricas (por cierto, ¿hay alguna que lo sea con más títulos que Castilla?), la fórmula del "café para todos", puesta en práctica por Adolfo Suárez, acabó de redondear la catástrofe.
 
No hay en el mundo país del tamaño del nuestro que pueda sostener diecisiete parlamentos autonómicos, con sus diecisiete minigobiernos, dilapidando una parte cada vez mayor de los fondos públicos y creando su propia legislación en abierta oposición a la del resto de comunidades y a la del estado. No hay país capaz de progresar cuando una región impide que el estado construya una infraestructura vital para el desarrollo de las provincias limítrofes sin otro criterio que el ideológico, por llamarlo de alguna manera.
 
No hay país que sobreviva al hecho de que los ciudadanos que vivan en determinadas partes de su territorio no puedan utilizar el idioma nacional en la vida pública ni educar a sus hijos en la lengua materna, con el destrozo consiguiente para el futuro profesional de toda una generación. No hay país capaz de soportar por mucho tiempo un orden político en el que un miniestado obliga al gobierno central, ley orgánica mediante, a negociar bilateralmente los temas financieros y de infraestructuras, mientras el resto de mininacionalidades tienen que conformarse con las sobras y sus políticos se maldicen íntimamente por no haber dado ellos ese primer paso.
 
La recesión económica no hace sino poner aún más de relieve lo insostenible de la situación actual. Los políticos han sido siempre proclives al derroche por la sencilla razón de que no utilizan su dinero, sino el ajeno, pero es que en el caso español tenemos una clase política elefantiásica y bastante más desvergonzada que la media, capaz de realizar las mayores tropelías a despecho del sentir de los ciudadanos, incluso en una hecatombe financiera como la que vivimos en la actualidad. El baldón que el ciudadano medio occidental debe soportar para financiar los caprichos de la casta política, en España multiplica su peso por diecisiete.
 
Mas lejos de renunciar a sus gabelas institucionales, la propaganda de los partidos con opciones de gobernar en Galicia y el País Vasco, como ocurrirá en el resto de autonomías cuando se acerque la fecha electoral, consiste básicamente en reclamar "más autogobierno", es decir, más dinero para poder disponer de él en la tarea de construcción de sus correspondientes nacioncitas, coartada habitual con que la clase política periférica justifica su existencia, cada vez más gravosa.
 
Y como ningún partido del consenso borbónico está dispuesto a reconocer la realidad, nuestro destino colectivo no puede ser otro que seguir huyendo hacia delante hasta que la maquinaria gripe irreversiblemente. El último ni siquiera tendrá que apagar el gas, porque la compañía proveedora nos habrá cortado el suministro varios meses antes. Una preocupación menos.
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