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PANORÁMICAS

'Prometheus', el fiasco

Según Ridley Scott y su guionista Damon Lindelof, en el año 2093 podremos viajar a la velocidad de la luz, seremos capaces de hibernar medio criogenizados y habremos inventado robots capaces de operarnos de apendicitis o de una indigestión de huevos alienígenas.  

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Estas son las mejores noticias, las únicas buenas, de Prometheus (que se estrenará en España, si el FMI, los mayas o Mourinho no lo impiden, en agosto), la precuela que se ha sacado Hollywood de la manga para confirmar (por si alguien no se había enterado) que entre cantidad (de dinero, de efectos especiales, de estrellas del celuloide) y calidad no hay la más mínima correlación.

La franquicia Alien ha producido una película sublime, Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979); una gran película de acción, Aliens, el regreso (James Cameron, 1986), y dos títulos olvidables, sólo para frikis: Alien 3 (David Fincher, 1992) y Alien: Resurrección (Jean-Pierre Jeunet, 1997). Y para los fans totales, delirantes e infinitas luchas entre el xenomorfo Alien y el soldado extraterrestre Depredador. Prometheus supone un giro de guión en la franquicia porque rastrea en los antecedentes de ese psicópata con ácido en las venas que es Alien. Damon Lindelof, uno de los lumbreras de la pseudomística Perdidos, no ha dudado en disfrazarse de gurú cientifizoide para, como en la serie televisiva, hacer una mezcolanza tan superficial como indigesta de guiños supuestamente culteranos, de la mitología griega a John Milton pasando por William Blake, 2001: una odisea del espacio, el videojuego Halo, Lawrence de Arabia (la película de Lean que le encanta Scott)... además de copias descaradas de Misión a Marte (2000), de Brian de Palma.

Aunque estos no son sino adornos para que los nerds y dummies de turno agoten los foros de internet, al estilo de (lo juro, son verdaderos):

1. Aparentemente los extraterresteres pensaban eliminarnos hace dos mil años, cuando por entonces no habría hecho la humanidad nada muy desastroso que nos hiciera merecedores de la extinción (salvo que Jesús fuera un emisario de ellos y su crucifixión el motivo)

2. La cosa que le sale a la chica no es un calamar es un extraterrestre (aunque parece calamar). Yo supondría que si una especie avanzada desarrolla un experimento genético sería difícil predecir cuales serían los efectos que provocaran, por eso tal vez a la mayoría de las personas les incomoda no saber de donde sale cada especie vista. Y pues al final porque salió el bicho negro después de que el calamar gigante le inyecta al space jokey es por lo mismo, el experimento se salió de control y los resultados son inesperados.

Y no crean que la referencia a Jesús es baladí, no, porque Scott amenaza con una segunda parte de esta precuela que se llamaría Paraíso. Jehová no lo quiera.

El hilo conductor temático más relevante es el que conduce de Erich von Däniken a Zecharia Sitchin, dos tontos muy tontos que defendieron el origen y manipulación extraterrestre de la vida en la Tierra. Quizás conozcan a la versión patria de los caballeretes, Juan José Benítez, al que RTVE permitió, con dinero de todos los españoles, realizar programas como Planeta Encantado.

Como una versión cutre y a tiro limpio del misticismo de El árbol de la vida, Prometheus es la muestra más evidente de cómo esa plaga que es el creacionismo ha infectado a los Estados Unidos, diatriba contra el darwinismo incluida explícitamente en la película.

Alien, el octavo pasajero era genial por un ambiente claustrofóbico y tenebrista, unos personajes densos y bien definidos además de, por cierto, un monstruo que apenas se lograba intuir: la versión de Cameron era una demostración de musculatura cinematográfica hollywoodiense en estado puro, como lo fue más tarde Depredador (John McTiernan, 1987). En ambos casos, apenas se había visto un cine así, tan dinámico cinematográficamente como complejo existencialmente.

Sin embargo, Prometheus es banal en los efectos especiales, previsible en el desarrollo, patético en el perfil psicológico, churrigueresco en la metafísica y deplorable en lo científico. Y es que la grandeza de Alien, tanto el monstruo como la película, residía en su pequeñez estructural, en su simplicidad argumental, que, sin embargo, escondía una profunda metáfora moral. Más que una película de ciencia ficción, Alien se encontraba dentro del género de cine existencialista como Río Bravo o Solo ante el peligro.

Por el contrario, con Prometheus Ridley Scott ha elaborado una grandilocuente y vana teoría antropológica y teológica adobada de fuegos artificiales de feria para consumo de los paranoicos habituales. O, dicho de otro modo, que la ignorancia no solo a veces produce felicidad, sino que es requisito indispensable para un suspense inteligente. O, aún mejor, que los agujeros en la historia, las ambigüedades, los fuera de campo y, en general, todos los cabos sueltos que se dejan en las grandes historias son un componente esencial de la obra de arte, porque permiten a cada espectador la libertad de imaginación y de fantasía para rellenar dichos huecos, en un ejercicio creativo que hace que la película, o el libro, no esté realmente terminado hasta que el espectador interpreta lo que el autor esbozó.

Y no es que lo diga yo, que Ridley Scott ha metido la mercancía averiada de la filosofía de andar por casa en lugar de un espectáculo cinematográfico puro, sino que la propia 20th Century Fox vende semejante sinopsis:

El visionario cineasta Ridley Scott regresa al género que ayudó a definir, creando un original y épico título de ciencia-ficción situado en los lugares más remotos y peligrosos del universo. El film toma a un equipo de científicos y exploradores en un emocionante viaje que pondrá a prueba sus límites físicos y mentales en un mundo lejano, donde descubrirán las respuestas a nuestras preguntas más profundas y al misterio último de la vida.

No puede haber más diferencia de estilo y de concepción entre Alien y su precuela, Prometheus. Mientras que la primera era radicalmente escéptica sobre el especismo, esa curiosa creencia humana de creerse los reyes de la creación, la última vuelve al mito de la especial relevancia de lo humano en el Universo. Ian Holm, el androide de la primera, tramaba contra la especie humana a pesar de que le caíamos simpáticos en el fondo. Así, Alien evocaba a aquel astronauta soviético que dijo haber mirado al cosmos y no haber visto a Dios por ningún lado. Por el contrario, Prometheus rezuma religiosidad creacionista y diseño inteligente (aunque malvado) por todos sus fotogramas. Bueno para la polémica, malo para el cine.

 

Pinche aquí para acceder al blog de SANTIAGO NAVAJAS.

twitter.com/santiagonavajas

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