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ENIGMAS HISTÓRICOS

¿Qué hay de histórico en el Quijote? (IV)

No sólo en la historia de don Fernando y Dorotea se permitió Cervantes cambiar el verdadero desenlace por otro más feliz. De hecho, encontramos algo similar en la historia del cautivo en relación con el personaje de su protagonista femenina, la mora Zoraida. En el relato, ésta es la hija del moro Agi Morato o Haji Murad; convertida al cristianismo, ayuda a Ruy Pérez de Viedma, el cautivo, a lograr la libertad y llegar a España. Una vez aquí, la historia concluye con el anuncio del bautismo de Zoraida y su posterior matrimonio con aquél.

Como ya señaló J. Oliver Asín (1947-48), el personaje de Zoraida no es otro sino Zahara, una hija, como indica Cervantes, del citado Agi Morato. Sin embargo, ni huyó de Argel con un enamorado cristiano ni se estableció nunca en España. De hecho, en 1574 se casó con Abd-al-Malik. Este personaje llegó a convertirse en sultán de Marruecos dos años después; pero disfrutaría poco de tal poder, ya que murió en 1578, en la batalla de Alcazarquivir. En 1580 Zahara volvió a contraer matrimonio y dejó Argel, pero para residir no en España sino en Constantinopla.
 
Cervantes debió de tener noticias de esta bella mora en los años de cautiverio en Argel, y por razones que desconocemos quedó seducido por el personaje. Años después lo incluyó en el Quijote, pero cambiando el destino de su vida en un sentido más acorde con sus gustos.
 
Dentro de la segunda parte del Quijote, sin duda dos de los personajes de mayor relevancia son los duques. Mencionados por primera vez en el capítulo 30, en torno a ellos discurren buena parte de los episodios quijotescos: del Clavileño al enamoramiento de Altisidora, de la revelación sobre cómo lograr el desencantamiento de Dulcinea al desafío de Tosilos, de las cuitas de doña Rodriguez al gobierno de Sancho en la ínsula Barataria. Dichos personajes, lejos de ser imaginarios, son un trasunto –bien fidedigno, por otra parte– de seres reales.
 
En el año en que transcurre la acción (1614) y en el contorno geográfico mencionados sólo existían en Aragón los duques de Híjar y Villahermosa. Los primeros acababan de rehabilitar por esa época su título, y ni vivían con el derroche de los de Villahermosa ni tampoco tenían posesiones a orillas del Ebro. Los segundos, por el contrario, sí encajan en la descripción dada por Cervantes: se llamaban Carlos de Borja y Aragón, conde de Ficalho, y María Luisa de Aragón, hija del difunto duque de Villahermosa, don Fernando de Gurrea y Aragón, y de doña Juana de Pernstein o Pernestán. Ambos eran primos, y el duque llegaría a ser con posterioridad presidente del Consejo de Portugal.
 
El palacio de los duques era el de Pedrola y no el de Buenavía, como se ha sostenido en ocasiones. Se trataba de un edificio que aparece descrito puntualmente en el Quijote y que contaba con un patio, una plaza de armas y un jardín arbolado, donde transcurre, por ejemplo, la aventura de Clavileño.
 
También es real la ínsula Barataria. Se encontraba una legua aproximadamente al norte de Pedrola, en la villa de Alcalá de Ebro, y pertenecía, efectivamente, al señorío de los duques. El pueblo estaba erigido en aquella época sobre un saliente del terreno que se internaba en el Ebro, lo que podía darle aspecto de isla o ínsula. De hecho, cuando se producían crecidas en el río, el itsmo que unía el lugar con la orilla quedaba bajo el agua, convirtiéndose en una isla verdadera aunque temporal.
 
Alcalá de Ebro. Detalle del monumento a Sancho Panza.El relato de Cervantes es exacto hasta en detalles menores, como el de sus murallas –la población, efcetivamente, las tenía– o el de la caída de Sancho en una sima cuando abandona la ínsula con su asno, lo que también se corresponde con la realidad. De hecho, el lugar era, según Fermín Caballero, "cascajoso y movedizo, lleno de hoyas y simas".
 
Desconocemos, no obstante, cómo obtuvo estos datos Cervantes. Astrana Marín sugirió que el escritor, siendo de Alcalá de Henares, pudo sentir interés por otras poblaciones también llamadas "Alcalá". No parece motivo suficiente ni demostrado. Posiblemente, el novelista –que lanza ácidas críticas sobre el estamento nobiliario valiéndose de estos personajes– eligió a los duques porque eran los nobles más importantes de la zona y, además, porque en sus tierras existía una población que se asemejaba considerablemente a una ínsula. Fuera como fuese, lo cierto es que la descripción de los mismos y de su entorno geográfico es muy exacta.
 
Como hemos podido ver en las semanas anteriores, la primera parte del Quijote incluye no pocos personajes cuya autenticidad histórica resulta obvia. No obstante, salvo las referencias contenidas en la historia del cautivo a hechos como la victoria de Lepanto o la pérdida de la Goleta, en términos generales se trata de seres que no están conectados con fenómenos sociales o históricos de importancia más general. En la segunda parte, por el contrario, cuando Cervantes vuelve a entrelazar, como en la primera, la realidad con la ficción lo hace en algunas ocasiones refiriéndose a acontecimientos que tuvieron trascendencia para toda España o, al menos, para una parte no despreciable de ella. Los ejemplos más obvios de este cambio cualitativo lo constituyen sus menciones de la expulsión de los moriscos, que vamos a tratar en este apartado, y de las luchas civiles en Cataluña, que examinaremos en el siguiente.
 
Desde 1586 se había producido en España una corriente de creciente rechazo hacia los moriscos, que encontró reflejo en las acciones de los procuradores en Cortes. En la petición número 85 de las Cortes celebradas en Madrid de 1592 a 1598 se hacía referencia expresa al temor que provocaba el incremento del número de moriscos en la provincia de Granada y se solicitaba que se procediera a su dispersión por diversas provincias y se les privara del ejercicio de cargos en la administración de justicia y municipal. La petición –que iba más allá de las restricciones adoptadas por los Reyes Católicos– no fue aceptada por Felipe II, pero no por eso quedó zanjada la cuestión.
 
Dado que los moriscos eran gente laboriosa, entregada a oficios que casi podrían denominarse especializados y extraordinariamente ahorradora, no eran pocos los paisanos que vertían sobre ellos la más negra de las envidias. Para colmo, la situación se vio encrespada por la acción de un sector del clero que se negó a dejar que los moriscos participaran en la comunión. La discriminación, el odio, el resentimiento y la envidia recibieron así una legitimación religiosa. Tal grado de tensión llegó a producirse en algunos lugares que el 14 de junio de 1608 la Sala de Gobierno de los Alcaldes de Casa y Corte se vio obligada a dictar un auto en virtud del cual se ordenaba que no se causara molestias a los cristianos nuevos que venían procedentes de Valencia, y de otros lugares de España, a vender esteras a la Corte.
 
Cuando comenzaron a propalarse rumores sobre un acuerdo entre los moriscos peninsulares y los moros del Norte de África, el destino de los primeros comenzó a dibujarse en negros contornos. El 11 de septiembre Felipe III firmó la orden de expulsión de los moriscos del reino de Valencia. De acuerdo con la misma, se disponía que podían "llevar lo que pudieren sobre sus personas, y lo demás que dejaren de heredades, ganados y otros bienes" quedaba "aplicado a los señores de los lugares en recompensa del daño que se les sigue"; "y tres de cada cincuenta moriscos a elección de los señores de los lugares, para que puedan instruir en la labor y otras granjerías del campo a los cristianos viejos que poblarán los lugares, y niños de seis años abajo, si los quisieren dejar sus padres; y no ha de quedar ninguno de los demás hombres ni mujeres en el Reino de más de veinte y cinco mil casas que hay en ellos".
 
El drama humano desencadenado por este decreto es difícil de imaginar. Los moriscos –españoles como sus expulsadores– no sólo perdieron todas sus posesiones, sino que al llegar a Berbería en muchos casos fueron robados y maltratados por los moros.
 
En noviembre, varios miles de los que aún esperaban ser embarcados para salir de Valencia eligieron un rey y se sublevaron, en un intento desesperado –e inútil– de escapar de un horrible destino. La revuelta fue sofocada por las tropas del rey, pero no antes de que en ella perdieran la vida un millar de moriscos. En cuanto a su monarca, fue condenado a que le cortaran las manos y las orejas, a ser arrastrado, atenazado, ahorcado y descuartizado. Pese a todo, el infeliz hizo por dos veces confesión general y por otras tantas se reconcilió con la iglesia católica, padeciendo los distintos suplicios con mucha entereza. La tragedia, sin embargo, acababa de empezar.
 
Un nuevo decreto ordenó la expulsión de Granada, Murcia, Andalucía y villa de Hornachos el 9 de diciembre. El 2 de enero de 1610 Felipe III, por medio de una nueva cédula, ordenaba que en el plazo de treinta días abandonaran España los moriscos de las dos Castillas, Extremadura y La Mancha. Hasta 1613 se seguirían dictando otros decretos complementarios.
 
La cifra de moriscos expulsados es desconocida con exactitud, pero debió de encontrarse entre la imposible de 900.000 mencionada por Rodrigo Méndez de Silva y la demasiado baja de 270.000 indicada por Cascales. Dado que la merma se produjo sobre una población nacional de algo menos de cinco millones de habitantes, poco puede dudarse de que se trató de una auténtica sangría demográfica, debido a la cual hubo poblaciones enteras que quedaron punto menos que desoladas, como fue el caso de la patria de Dulcinea, el Toboso. Puesto que, además, un porcentaje muy elevado de ellos se dedicaba a la agricultura, al desastre de población se sumó el económico.
 
Las noticias que Cervantes proporciona sobre la expulsión de los moriscos son absolutamente correctas. De hecho, hasta los nombres dados a sus personajes se corresponden con la realidad. Hubo un valle de Ricote poblado de moriscos; pero es que además existieron Ricotes en la Esquivias de don Quijote.
 
EMBARCO DE MORISCOS EN EL GRAO DE VALENCIA (Pere Oromig).Hacia 1570 ó 1571 llegaron a esta localidad manchega los moriscos procedentes del reino de Granada. Se trataba de doce familias, de las que la más rica era la de los Ricote, formada por Diego Ricote el Viejo, su mujer y su hijo, Diego Ricote el Mozo; y Bernardino Ricote, con su esposa, Isabel Mejía. De los libros de bautismo de la parroquia se desprende que algunos –como en la novela– eran gente de dinero. Vivieron tranquilos hasta la expulsión, en 1610, aunque –como también se indica en el Quijote– en su mayor parte se casaron sólo entre sí. A partir de 1610 no aparece en las listas parroquiales ningún confirmado morisco ni ningún hijo bautizado. La expulsión se había ejecutado a rajatabla.
 
La descripción que del drama humano de la expulsión encontramos en la novela es también muy exacta. Muchos moriscos, como Ricote, decidieron esconder su dinero, con la esperanza de regresar a recuperarlo. Muchos padecieron –como la Ricota y Ana Félix– el maltrato de sus correligionarios del Norte de África. Muchos, finalmente, lacerados por el dolor del exilio se arriesgaron a volver, jugándose la vida.
 
También es exacta la descripción cervantina del encargado de ejecutar el decreto en La Mancha. La expulsión de Andalucía y Granada se encomendó al marqués de San Germán, la de Murcia al general don Luis Fajardo y la de ambas Castillas a don Bernardino de Velasco, conde de Salazar. Era éste un hombre de repulsiva fealdad sólo superada, al parecer, por la de su cónyuge. En una poesía del conde de Villamediana se afirma:
 
Al de Salazar ayer
mirarse a un espejo vi,
perdiéndose el miedo a sí
para ver a su mujer.
 
También lo menciona el morisco Ricote –paisano de Sancho Panza– en la novela. Tras calificar de "inaudita prudencia" el haber encargado la expulsión a Velasco (II, 65), a continuación realiza una descripción de su dureza en llevar a cabo semejante cometido:
 
"Con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dió Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no promesas, no dádivas, no lástimas, porque aunque es verdad que él mezcla la misericordia con la justicia, como él ve que todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa, que del ungüento que molifica, y así con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que continuo tiene alerta, porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida, con el tiempo venga después a brotar y a echar frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía".
 
Es más que posible que Cervantes considerara positiva la expulsión de los moriscos –de hecho, eso se desprende de la novela–, pero no es menos cierto que no dejó de captar la infinidad de dramas humanos totalmente injustos que se produjeron. Como se indica en la obra, Ricote era un mal cristiano –aunque es dudoso que fuera un mal español, dado el amor que sentía por su patria–, pero ése no era el caso ni de su esposa ni de su hija. Cervantes sabe que ninguno de ellos, pese a su calidad humana, puede escapar del castigo regio ejecutado por Velasco. De hecho, sólo hay que leer su descripción del mismo para llegar a la misma conclusión. Sin embargo, a la vez el novelista es consciente de lo lacerante que puede ser no la descripción sino la simple referencia a las sanciones aplicadas sobre gente tan inocente como María Félix. Para salvar esa clara contradicción entre la razón de estado y la humanidad, Cervantes echa mano de un recurso que de por sí es toda una declaración de principios: la historia de los moriscos quedará inconclusa en el Quijote.
 
 

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