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ADELANTO EDITORIAL

Qué significa ser conservador

Russell Amos Kirk parecía predestinado a convertirse en un paradigma del pensamiento conservador –en el sentido norteamericano del término– desde su nacimiento. Vio la primera luz el 19 de octubre de 1918 en Plymouth, en el seno de una familia escocesa de origen puritano.

No parece haber sido Kirk una persona de inquietudes espirituales en su juventud, aunque resulta innegable que fue criado en la mentalidad típica del puritanismo, que concede una especial relevancia a la defensa del individuo, la libertad religiosa, la ética del trabajo bien hecho, la educación o el ahorro.

Interesado por la Historia desde muy joven, se graduó en esta materia en el Michigan State College (1936-1940), obteniendo en 1941, en la Duke University de Durham, Carolina del Norte, la maestría en Artes –un equivalente un tanto lejano de nuestra la licenciatura de Letras– en la especialidad de Historia. A esas alturas, y tras pasar por el Sur de Estados Unidos, Kirk había abrazado el pensamiento libertario, que no equivale, como en Europa, al anarquismo sino a una forma de pensamiento liberal extremo que pretende reducir a su mínima expresión el Estado.

La entrada de Estados Unidos en la guerra tras el bombardeo japonés de Pearl Harbor catapultó a Kirk a un tranquilo destino en Utah, donde se sumergió en la lectura de autores como Cicerón y Marco Aurelio. Fue ese contacto con los clásicos el que llevó a Kirk a templar su libertarianismo juvenil con considerables dosis de moral. Enlazaba así de nuevo con el pensamiento puritano, que consideraba indispensable para la supervivencia de la libertad el que ésta asuma valores morales.

En 1946, tras acabar la guerra, Kirk se dedicó a trabajar en la universidad en el área de Historia y más concretamente en el Michigan State College. Lo abandonaría en 1953, al chocar con los puntos de vista de otros colegas suyos sobre los mínimos que debían conocer los alumnos de esa disciplina. El año anterior se había doctorado en Letras en la universidad escocesa de Saint Andrews.

Lo que se inició a partir de 1953 constituye una de las aventuras intelectuales más interesantes de la Historia contemporánea de los Estados Unidos. Kirk se estableció en Mecosta, una pequeña población de leñadores fundada por uno de sus antepasados puritanos. Allí convirtió el caserón de sus bisabuelos en un centro de estudios dotado de la riquísima biblioteca de Kirk y dispuesto a atender a los estudiantes que quisieran aprender, muchos de ellos procedentes de las dictaduras comunistas del Este de Europa. Ese mismo año, Kirk publicó su The Conservative Mind, que se convertiría en uno de los textos paradigmáticos de la revolución conservadora americana.

Durante los años siguientes, Kirk iría redactando una serie de obras que lo sitúan en una línea que en Europa se denomina liberal y en Estados Unidos, conservadora, y, más concretamente, en un sector en el que se defiende la libertad, se considera indispensable la aceptación de una serie de valores para conservarla y se apela a la enseñanza moral que deriva del mundo clásico y del cristianismo. Kirk –como Francis Schaeffer y otros autores– subrayó la enorme diferencia que existe entre la Revolución anglosajona, basada en los valores bíblicos de los puritanos, y la Revolución francesa, enemiga por definición del cristianismo; y además insistió en la importancia de la educación para garantizar un futuro de libertad a la sociedad. Fue precisamente esa circunstancia la que explica su sección From The Academy,que mantuvo en la National Review desde noviembre de 1955 a diciembre de 1980, y la que, más en el terreno personal, le llevó a intimar, primero, y casarse, después, con Annette Ivonne Cecile Courtemanche, una católica conservadora que, en 1981, sería designada miembro de la Comisión Nacional sobre Excelencia en la Educación por el presidente Ronald Reagan.

Kirk acabó convirtiéndose al catolicismo, aunque este paso no le impedía, en un mismo artículo –contenido en esta antología–, alabar al protestante Reagan, al ortodoxo Solzhenitsyn y al católico Juan Pablo II, señalando además que había contenido el desplome de la Iglesia católica hacia el "neoterismo o hacia cosas peores". Quizá porque creía en la libertad y porque no encontraba que su nueva religión contradijera su pensamiento político previo, podía criticar sin ningún problema de conciencia a los obispos católicos a la vez que mostraba su admiración hacia el pensamiento del Sur de Estados Unidos, precisamente el del Bible Belt protestante. Se trataba de la misma independencia intelectual que le llevaba a sentir un apenas oculto desprecio hacia los profesores de ciencias políticas que habían escrito poco digno de ser recordado.

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Kirk no era original –ni pretendía serlo–, pero sí constituyó un muy interesante paradigma que brilla con toda su luz en estas conferencias dictadas en la Heritage Foundation–que aún tiene un busto suyo a la entrada–, y que se publicaron como The Politics of Prudence (1993), o Redeeming the Time (1996), y no dejó en ningún momento de insistir en el valor de la educación para ser libre. Al respecto, hay que tener en cuenta que, aparte de los extremos ya señalados, en 1957 fundó el Modern Age –que se convertiría en una de las publicaciones periódicas más relevantes del conservadurismo cultural en Estados Unidos–, que en 1960 comenzó a dirigir The Educational Reviewer, que a él se debió también la fundación del The University Bookman y que desempeñó una notable labor como director de la colección The Library of Conservative Thought.

La implicación de Kirk con la política fue verdaderamente peculiar. Interesado en educar e instruir, se negó una y otra vez a asumir cargos políticos. Sin embargo, apoyó a políticos como Robert A. Taft, Barry M. Goldwater o Ronald Reagan, y asesoró de manera extraoficial a distintos presidentes.

Hasta aquí el hombre y su obra. Pasemos a sus principios.

Ya hemos señalado antes que Kirk queda encuadrado dentro del conservadurismo norteamericano, lo que, en Europa, encajaría dentro de un liberalismo con principios morales. En ningún lugar queda esto mejor expuesto que en la enumeración de los diez principios conservadores que realizó el propio Kirk, porque en ellos puede verse una condensación del pensamiento que parte de los autores clásicos griegos y romanos y que, a través de los puritanos, llega a los anglosajones. Un breve repaso a los mismos demostrará la veracidad de lo que afirmamos.
1. El conservador cree en la existencia de un orden moral perdurable

De acuerdo con Kirk, los hombres y las naciones están gobernados por leyes morales, y esas leyes tienen su origen en una sabiduría que es más que humana. En realidad, parten de la justicia divina. Por supuesto, enunciados semejantes los hallamos en la Biblia y, posteriormente, en las concepciones iusnaturalistas cristianas. Sin embargo, Kirk los encontró también en el pensamiento griego de Esquilo, Sófocles o Eurípides o en los escritos de Cicerón o Marco Aurelio. Existe una ley moral, es superior a todas las culturas, anterior a todas las religiones y posee un origen divino. Cuando ese principio es obviado, incluso las mejores instituciones políticas se ven neutralizadas.

2. El conservador abraza las costumbres, las convenciones y la continuidad

Para Kirk, resulta estúpido tratar a una sociedad humana como una máquina que puede ser tratada mecánicamente. El orden, la justicia y la libertad se pueden ver alterados por la brusquedad de los cambios, y éstos –cuando sean necesarios– deben ser realizados de manera gradual y razonada. El pasado es, a fin de cuentas, una gran reserva de sabiduría. De ahí que, lejos de caer en una posición adanista que vea como meta el hacer todo nuevo, Kirk señala que el conservador aprende del pasado. Ese deseo de aprovechar la sabiduría nos permite absorber el legado del mundo clásico, de la Biblia y de cualquier fluir de la Historia que nos ayude a encauzar de sabia manera los desafíos presentes. Ésa es una de las razones de la importancia de la educación.

3. Los conservadores creen en lo que podríamos llamar el principio normativo

Señala Kirk que la norma es absolutamente indispensable para la convivencia. De hecho, nuestra misma moral es un código de normas. Esas normas vienen establecidas desde tiempo inmemorial, y deberíamos atender a ellas porque forman parte de una sabiduría de la especie que supera las individuales.

4. Los conservadores se guían por el principio de la prudencia

Como dejó señalado John Randolph de Roanoke, mientras que la Providencia avanza lentamente, el Diablo siempre vuela. Por eso, como indicaron personajes tan dispares como Platón o Burke, la mayor de las virtudes del estadista es la prudencia. En lugar de buscar los logros inmediatos y el aumento de popularidad, hay que reflexionar en profundidad antes de acometer cambios, porque una reforma súbita y agresiva es tan peligrosa como una intervención quirúrgica súbita y agresiva.

5. Los conservadores atienden al principio de la diversidad

Según Kirk, cualquier intento de uniformización es un ataque contra la libertad. De hecho, las únicas formas legítimas de igualdad son la igualdad ante el Juicio Final y ante los tribunales de justicia que obran de acuerdo con la ley. Cuando se producen otros intentos de nivelación obligatoria, el resultado es el estancamiento de la sociedad.

6. Los conservadores evitan los excesos, dado su apego al principio de la imperfectibilidad

Partiendo de la lectura puritana de la Biblia y de su reflexión de la Historia, Kirk señala que el ser humano no es perfecto y, por tanto, no se puede esperar la creación de un orden político perfecto. Por ello, "aspirar a la utopía es dirigirse hacia el desastre", y la razón es que "no hemos sido creados para la perfección". A lo sumo, podemos aspirar a vivir en sociedades tolerablemente organizadas, justas y libres, que siempre serán mejores que las de los impulsores de utopías. A decir verdad, éstos han convertido gran parte del siglo XX en un infierno en la tierra.

7. Los conservadores están convencidos de que la propiedad y la libertad están inseparablemente conectadas

Las grandes civilizaciones se han levantado sobre la base de la propiedad privada. Precisamente por eso, el nivelamiento económico no es lo mismo que el progreso económico, incluso puede que resulte incompatible con el mismo. De nuevo, se trata de un principio propio de los puritanos recogido por el liberalismo y por pensadores conservadores posteriores como Solzhenitsyn. La propiedad privada es condición indispensable para la libertad, y todo recorte de la propiedad privada implica un recorte de la libertad. De ahí que los intentos igualitarios propios del socialismo no equivalgan a progreso.

8. Los conservadores apoyan las comunidades voluntariamente consentidas, en la misma medida en que se oponen al colectivismo involuntario

Enraizado en una sociedad civil muy activa y vital como la norteamericana, Kirk era consciente de su necesidad. Las distintas iglesias, las asociaciones de voluntarios, las entidades locales resultan indispensables para que una sociedad sea saludable. En ese sentido, los conservadores no son egoístas que se encierran en sí mismos, sino altruistas dedicados a los demás... lo que es muy distinto de un colectivismo impuesto desde arriba en el que la voluntad de cada ciudadano es sustituida por los intereses de los políticos.

9. Los conservadores entienden que es necesario poner prudente freno al poder y las pasiones humanas

El poder está lleno de peligro, por lo tanto, el buen estado es aquel en el que el poder está controlado y equilibrado, frenado por constituciones y costumbres sensatas. Kirk se hace eco en este principio concreto de uno de los grandes aportes de la Reforma del siglo XVI al pensamiento político, aporte mantenido por los puritanos y consagrado en la Constitución de los Estados Unidos y –no lo olvidemos– negado por los revolucionarios franceses y rusos. El poder tiende por su naturaleza hacia la tiranía y por ello debe ser controlado, debe ser objeto de mecanismos de equilibrio y debe ser frenado. De lo contrario, se verá gravemente amenazada la libertad de la sociedad.

10. Los conservadores inteligentes comprenden que una sociedad vigorosa requiere el reconocimiento y conciliación de lo permanente y lo mutable

En contra de lo que se suele aducir, los conservadores no se oponen a las mejoras sociales. Pero saben que el Progreso puede erosionar peligrosamente la Permanencia de una sociedad. Por ello, cualquier reforma debe llevarse a cabo con prudencia y sensatez, sopesando juiciosamente las consecuencias. El cambio es esencial e irrenunciable para el cuerpo social, pero para que sea beneficioso resulta indispensable actuar de manera prudente y gradual.
(...)

Personalmente, como editor de esta edición de Russell Kirk en español, me sentiría más que satisfecho si los lectores se formularan de corazón la pregunta con la que concluye esta antología, pregunta que hace referencia al principio paulino de la redención del tiempo y que constituye una de las tres o cuatro –no más– que dan sentido a la existencia humana. Y ahora prepárense para leer, para disfrutar y, sobre todo, para reflexionar.


NOTA: Este texto es un fragmento del prólogo de CÉSAR VIDAL al libro de RUSSELL KIRK QUÉ SIGNIFICA SER CONSERVADOR, que acaba de publicar la editorial Ciudadela.

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