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CIENCIA

¿Qué tiene Bill Gates en la cabeza?

Sic transit gloria mundi. De los dos grandes nombres de la tecnoindustria del siglo XXI, a uno, Steve Jobs, se lo llevó prematuramente la Parca y el otro, Bill Gates, anda medio desaparecido tras su dimisión como máximo responsable de Microsoft. Eso sí, sigue estando en el podio de los hombres más ricos del mundo y se dedica, dicen que de pleno, a sus labores filantrópicas.

Ahora, parece que Bill quiere volver a dar guerra. Con el cambio climático.

¿Qué tendrá este asunto ecoalarmista para que sirva de imán a tantos desubicados, vicepresidentes de EEUU expulsados de la política, filósofos huérfanos de banderas, millonarios sin empresa y mucho tiempo libre...?

Resulta que, según desvela esta semana la revista Fortune, Gates viene donando desde 2007 la friolera de 4,6 millones de dólares a dos desconocidos científicos para que desarrollen su labor. Y es que David Keith de la Universidad de Calgary, y Ken Caldeira, de la Carnegie Institution, se han propuesto acabar con el calentamiento global, a lo bestia: mediante faraónicos proyectos de geoingeniería.

Quienes lo conocen aseguran que Gates está más preocupado que nunca por el termómetro de la Tierra, que cree que la amenaza del cambio climático es incluso más grave de lo que nos alertan los científicos del clima y que, ya que los Gobiernos parecen incapaces de llegar a un acuerdo para reducir las emisiones de CO2, ha decidido mismo pasar a la acción. Ha creado junto a otros inversores la compañía Intellectual Ventures, y a través de ella se va a dedicar a explorar soluciones tecnológicas tan ¿disparatadas? como una gigantesca manguera de 20 kilómetros que rocía la estratosfera con partículas bloqueantes de la radiación solar, una máquina que redefine la forma de los huracanes o un proyecto para desviar la órbita de la Luna de manera que el satélite sirva de paraguas de los rayos del Sol.

¿Se ha vuelto loco Gates?

Sus ideas no son precisamente nuevas, la geoingeniería es una vieja aspiración de algunos científicos que se creen capaces de remodelar las fuerzas de la naturaleza a su antojo. La versión más modesta de esta pasión es el intento de modificar el régimen de lluvias inyectando en las nubes sustancias que favorecen la condensación como el yoduro de plata. La práctica se ha utilizado con éxito diverso y sigue mostrando más inconvenientes que ventajas.

La creciente publicidad de la amenaza del cambio climático produjo en los últimos años del siglo XX una suerte de boom de la geoingeniería. La mayor parte de los proyectos recogidos bajo esta etiqueta tienen que ver con intentos de bloquear la acción del Sol. Si no podemos dejar de calentar el planeta, dicen, quizá podamos enfriarlo de cuando en cuando. Así, se han planteado increíbles construcciones a modo de paraguas gigantescos, espejos continentales que reflejen los rayos y devuelvan al espacio su energía calorífica o todo tipo de sustancias para impregnar la atmósfera, que harían con la piel del planeta algo similar a lo que las cremas protectoras de radiación solar hacen con la nuestra en verano.

El problema es que los posibles efectos adversos de estos proyectos son escalofriantes. ¿Cómo reaccionarán las fuerzas de la naturaleza cuando tratemos de domeñarlas? El desconocimiento de la ciencia acerca de los patrones ocultos del clima es todavía enciclopédico. Ignoramos cómo funcionan muchas interacciones que tienen que ver con las temperaturas, los patrones de vientos, la química del mar, el ciclo del agua, la presencia humana... Eliminar energía, agua, radiación, albedo... de una zona del planeta supone necesariamente trasladarlos a otra, desequilibrar la débil balanza que mantiene el sistema en equilibrio. Provocar lluvias a demanda en una región grande del globo o ensombrecer vastas áreas de terreno para enfriarlas es tan peligroso como tratar de quitar el naipe central de un gigantesco castillo sostenido por palillos. El riesgo de que el sistema climático se venga abajo es demasiado grande.

Sorprende, por eso, el entusiasmo de Gates ante esta nueva locura científica. Más, teniendo en cuenta las implicaciones sociopolíticas de su puesta en práctica. ¿Quién será el dueño del clima? ¿Quién decidirá dónde llueve y dónde no? ¿Qué partes del globo se elegirán para ser enfriadas? ¿Quién pondrá el dinero para hacerlo? Conociendo la trayectoria del exdueño de Microsoft y su tendencia a monopolizar los mercados, ¿tendrá en la cabeza la posibilidad de ser él quien regule el termostato planetario desde el garaje de su casa? ¿Nos quiere imponer un régimen de temperaturas global, como ya nos impuso sutilmente su sistema operativo para PC? ¡Uf! Prefiero que siga donando millones a la lucha contra la malaria, la verdad.
 

twitter.com/joralcalde

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