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Saciados de la moda industrial, ¿qué compramos?

Entras en una tienda, sales de otra; vuelves a entrar, te pruebas la ropa. Quizá pagas, o quizá decides regresar más tarde. Da igual si es la Avenida de los Campos Elíseos, la calle Serrano o la Quinta Avenida neoyorquina. ¡Todo huele de la misma forma!

La sensación siempre es muy parecida: un nauseabundo sabor de hastío comercial revestido –y nunca mejor dicho– de colores, tejidos y diferentes formas. Y, tras el recorrido, ¿qué permanece en nuestra memoria?

El imaginario social del individuo está agotado, y, ante esa frialdad de fabricación en serie, queda un hueco para retomar la artesanía que conduce a los valores éticos que se han perdido. El fast food maquillado de lujo low cost empieza a tener una nueva salida ante tanta deshumanización en la industria textil.

Desde la Revolución Industrial y la fabricación en serie de fábricas para la creación –o, más bien, reproducción– de la indumentaria, llega un momento de caducidad de un sistema de valores representados por la moda. Para aquellos que aun consideren la moda como algo vanidoso, superficial y materialista, se olvidan de que la moda es una filosofía de vida que externaliza el yo interno.

Como me contó en su día Enrique Loewe, "la verdadera moda nace de un proyecto interior, y se materializa en decisiones". Sin embargo, llega un momento en el que la toma de una decisión es muy incierta. Con frecuencia, se desconoce si hay que tomar una decisión y se comete el error de caer en el emborrachamiento con tejidos que no conducen más que al materialismo exhibicionista e irracional.

Pérdida de sensibilidad, ausencia de esperanzas, ignorancia del tiempo y del espacio con el transcurso efímero de la moda, falta de humanidad y espiritualidad... Sí, sin duda, estamos en crisis –la frase posiblemente más repetida en estos últimos años–, pero no sólo una crisis económica por una mala gestión del socialismo –que a todos los individuos trató de igualar por abajo–, sino una crisis de valores. El imaginario está agotado, como dicen, y ahora se busca personalizar nuestra moda, humanizando, así, nuestras vidas. Y ese hueco lo ocupa la artesanía. Y si hablamos del trabajo artesano, ¡qué mejor ejemplo que el de España! Se trata, por tanto, de creaciones manuales bordadas, tejidas o esculpidas sobre los mejores materiales que fusionan el lujo tangible con ese lujo que no se ve, pero sí se siente.

Un objeto, una personalidad, una historia: el auténtico lujo

Por esta cuestión, el pasado sábado 26 de mayo se celebró el Segundo Encuentro de Artesanía y Lujo en el Museo del Traje de Madrid, contando con la presencia de las personalidades más destacables del sector de la Artesanía y del Lujo.

Lladró y Loewe –aquellos, expertos en porcelana, y estos especialistas en piel– como ejemplos de grandes firmas españolas, reconocidas a nivel internacional, fueron los paradigmas de cómo la artesanía y el lujo se fusionan en una sola pieza: en apariencia funcional, en el trasfondo es una salida a las cuestiones existenciales que cada uno elige voluntariamente –el error es cuando se compra estando alienado–, siendo la moda, a veces desde la utopía, un grito de la libertad y hacia la misma.

"Emerge un nuevo lujo con búsqueda de nuevos valores", frase con la que abrió su discurso Enrique Loewe, presidente de la Fundación Loewe. El actual director creativo de la firma española que pertenece al conglomerado francés LVMH, Stuart Vevers, contó el proceso de la creación manual intrínsecamente relacionado con el diseño artístico: "El momento de éxito se da cuando un diseñador con talento y un artesano experto pueden trabajar juntos".

Se tarda cuatro o cinco días en hacer un bolso de Loewe. Ahí está, por lo tanto, la cercanía entre un objeto y la persona que le da uso, pues la moda, producida con técnicas artesanales, implica el cuidado personal de cada detalle del producto. Gracias a este sistema, nunca hay dos piezas idénticas. "No sólo vale el objeto, sino la pasión que está detrás del trabajo", afirmó Jaime Hayón, diseñador de Lladró.

El lujo no consiste exclusivamente en que haya un material caro –aunque ninguna duda cabe acerca de que la piel de napa de Loewe es insuperable–, sino que reside en el saber de que se posee una pieza única de primerísima calidad que no se deteriora con el paso del tiempo –un mensaje lanzado en la polémica campaña de Loewe cuyo discurso verbal dejó mucho que desear en cuanto a la idea de la herencia de los bolsos–.

Más en esta línea, el que sería el segundo arquitecto de la moda –después de Cristóbal Balenciaga, que siempre se ha llevado legítimamente el primer puesto–, Modesto Lomba, quien estuvo en representación de ACME, atestiguó que la moda es una industrial cultural. "La artesanía tiene el lujo del tiempo", dijo el vitoriano.

De esta manera, la artesanía es un sector fundamental en España. Como apuntó Fernando Aguirre, presidente de la firma Ágatha Ruiz de la Prada, "en España ha habido grandes profesionales, pero lo que nos ha faltado son esas estructuras que las potencian", a pesar de que en los años 80 el felipismo intentara subvencionar la moda española.

Ya nos lo dijo Covadonga O’Shea en una entrevista para Es Moda en esRadio Madrid el pasado mes de abril, "en España hay mucho talento, pero hay que saber gestionarlo".

Auges y ciclos en la moda, a la par con la sociología

Juan Carlos Santos, sociólogo de moda, quien organiza por segunda vez este Encuentro de Lujo y Artesanía, nos habló de una apertura hacia un nuevo lujo vinculado a las sensaciones, y, en este campo, el tacto, por ejemplo, es unos de los sentidos que más actúan en la artesanía.

"Cuando se acaricia un bolso, se está acariciando ese momento de creación", explicaba este analista de tendencias. Ya en los años 70, los jóvenes exigían nuevas plataformas que les representaran –y les protegieran emocionalmente– ante las crisis a nivel mundial que se estaban viviendo. La revolución de la minifalda, la música pop, el hippismo, como muchos de los movimientos de la década, eran una posible escapada ante los problemas.

Y los artistas, entre los cuales se encuentran los diseñadores de moda, tenían que cubrir esa gran necesidad de esas generaciones, creando, a través de la cultura, una historia, que fuera coherente con el momento socioeconómico que se vivía. La mujer, que ya estaba empezando a adquirir mayor libertad, en palabras de Juan Carlos Santos, era una mujer guerrera. Y para esa fortaleza femenina –sin llegar a los extremos del ultrafeminismo al que muchas mujeres, desafortunadamente, tienden– las firmas de ropa tenían que buscar un componente emocional.

"Hacía falta una marca que fuera un sistema de valores que representara un nuevo modelo de mujer que sería seguido por la sociedad", dijo el organizador de este segundo encuentro.

En el momento en el que el sistema social explota, nace este nuevo lujo, aun no detallado, que intenta rellenar huecos vacíos de generaciones apáticas –aunque protestas como las del 15-M, lejos quedan de una búsqueda de solución, englobándose en meras revueltas cuyas motivaciones y cuyos propósitos no quedan del todo claros-.

Así, de esta manera, ante un imposición por parte de multinacionales y gigantescos mercados industriales de moda, que solamente alimentan al más puro estilo fast-food proponiendo ropa cómoda, repetitiva pero barata –¡sobran los ejemplos! En España tenemos un grupo textil paradigmático–, pero que no actúa sobre el componente emocional, la artesanía puede, quizá, conquistar ese lujo que no tiene por qué comprarse con el dinero, sino con las experiencias.

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