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CRÓNICA NEGRA

Se busca 'spanish serial killer'

Por lo visto, en Long Island, Nueva York, han encontrado un nuevo Jack el Destripador. Podría ser responsable de doce asesinatos, entre ellos el de un niño de dieciocho meses y el de varias prostitutas.

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Jack, ya lo saben, es el asesino en serie por antonomasia. Desde sus tiempos, finales del siglo XIX, no hemos aprendido mucho sobre los asesinos en serie. En España, prácticamente no sabemos nada; ahora mismo, por cierto, debe de haber por ahí tres o más a pleno rendimiento. Son spanish serial killers. Desconocidos, impunes. Algunos entran y salen de prisión. Y no paran de matar. No es una mera especulación, y, desde luego, con esto no busco alarmar a nadie. Se trata de una mera deducción sobre la base de una población creciente, como creciente es el número de personas desaparecidas.

Los chicos, las mujeres y los ancianos deben estar alerta. Y todos los que velamos por ellos.

Un asesino en serie es alguien que mata por el placer de matar. Es decir, que no comete crímenes guiado por la necesidad o la locura. Como explico a mis alumnos, son verdaderos especialistas, que llevan ahí desde bastante antes de que el coronel Ressler inventase la etiqueta que los identifica. Hay asesinos en serie que se dedican a matar niños, otros que eligen niñas púberes, si bien los que más cazan mujeres de mediana edad, pero tampoco faltan los especializados en ancianitas, como el Mataviejas de Santander. Los especialistas que trabajan dos tipos de víctimas distintos se parecen al Estrangulador de Boston.

Estos tipos de asesinos en serie son reflexivos, curiosos, capaces de aprender de prisa. Podríamos encontrar entre ellos personas de estudios superiores o políticos de alta gama. Son criminales pervertidos, de sexualidad explosiva, ganados por un afán perfeccionista y aventurero que podría llevarles a rebasar la propia ficción, que nos los coloca como comedores de carne humana, capaces de jugar al escondite en internet.

El asesino de Long Island conoce todos los trucos del CSI (Crime Scene Investigation), y mata para después enterrar los cadáveres sin dejar rastro. Tiene conciencia forense y se piensa que puede ser un policía o un bombero: recuérdese que a veces el peor pirómano es precisamente el encargado de apagar el fuego.

La sociedad americana está acostumbrada a luchar con monstruos. Ha estado más de treinta años detrás del asesino de Green Reever, que era un ejemplar de la especie misionero, que pretendía limpiar el mundo de lascivia mientras se dejaba caer suavemente en ella bajo su disfraz de predicador. Ha soportado el regreso a Itaca de Ted Bundy, culto y criminólogo, avasallador de universitarias. Por lo que hace a la sociedad española, no sabe oponerse a los asesinos en serie, que entran a saco en los colectivos más vulnerables: las mujeres, los ancianos y los niños. Pensemos en el Ángel de la Muerte de Olot.

Una generación de criminólogos, estudiosos del crimen, científicos contra la delincuencia, se prepara en las universidades para echar un pulso a esa legión de malvados que se ocultan en las tinieblas, de las que salen para hacer daño a un ser desprevenido, confiado, a veces sin protección de la autoridad.

En Long Island, el asesino ha quitado la vida a doce personas antes de ser detectado. Aunque le llaman Jack, no es de los que escriben a la prensa, como el del Zodiaco. Solo deja muertos, sin señales ni pistas. Nada de compartir experiencias ni escribir notas sarcásticas. El de Long Island produce cadáveres a boca cerrada, todos tan iguales en su muerte, y sin embargo tan diferentes.

Unos lo comparan con un personaje real, Jack el Destripador, al que le gustaban los riñones humanos al jerez, mientras que otros creen que tiran más a un personaje de ficción, tan falso como el Pato Donald, Dexter, un psicópata que trabaja en la policía pero que se dedica a ensanchar su ego matando al margen de la ley. Es decir, que es uno de esos asesinos con placa, como pudiera ser el que entierra con tanto sigilo los cuerpos en la playa.

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