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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Semos peligrosos

Dice Juan Carlos Girauta en su último libro, y lo confirmó durante la presentación del mismo en Madrid, que los progres están nerviosos. Lo están. Sólo hay que ponerse la mascarilla y sumergirse en las webs progresistas para constatar que muchos de ellos están, en efecto, al borde del síncope. Les molesta sobre todo la superioridad de los medios liberales en internet, como han dejado de manifiesto numerosos estudios de la gente del grupo Prisa, preocupados por que la caspa progre no tenga en la Red la hegemonía de que disfruta en los medios convencionales.

Si de Juan Luis Cebrián dependiera, el asunto quedaría fácilmente solucionado cerrando todas las páginas que no pasaran con notable un cuestionario de calidad progresista elaborado por su gabinete de expertos. Pero es lo que tiene la Red, que ni Dios –me refiero, lógicamente, a Don Jesús– puede controlar los contenidos de una herramienta que tiene como base la libertad, ese concepto al que la izquierda suele ser tan refractaria.
 
Últimamente se detecta en los ambientes de progreso una cierta escalada en el tono de la crítica, que diría Anson, y ya se nos tacha a quienes escribimos en los medios contrarios de sujetos peligrosos. Cuando la izquierda te adjudica ese adjetivo la cosa no es para tomársela a broma, sobre todo si tenemos en cuenta sus métodos tradicionales para erradicar el peligro. Pero no nos daremos por amenazados, seguros como estamos del talante de nuestros queridos adversarios. Lo dejaremos en un exceso voluntarista del botarate en cuestión en su afán por convertirse en tertuliano de la SER, nirvana al que aspira todo retroprogresista con ínfulas de notoriedad.
 
La cuestión es descubrir qué es lo que hace suponer a esta banda de la cachiporra cibernética que somos sujetos peligrosos. Nosotros ni apedreamos sedes de ningún partido político ni jaleamos a quienes lo hacen. Las tropas españolas siguen desplazadas en escenarios de conflicto bélico y no azuzamos a las masas para que llamen asesino al Gobierno legítimo de España. Es cierto que algunos no soportamos el cine español, por considerarlo técnicamente mediocre, estéticamente cochambroso e ideológicamente detestable, pero eso no es motivo suficiente para que se pretenda nuestra eliminación, sobre todo porque también nosotros subvencionamos a nuestros artistas, de forma que puedan seguir agrediendo al séptimo arte y llegar a fin de mes con cierto confort.
 
En fin, que somos unos pedazos de pan, gente formal que paga sus impuestos religiosamente, perdón, puntualmente, y la única discrepancia con la elite progresista es que nos reímos de sus capulladas doctrinales y no nos tomamos en serio su grandilocuencia antioccidental. Supongo que entre los nuevos derechos de ciudadanía esmaltados en el frontispicio de la era ZP habrá un huequecito para los discrepantes.
 
La izquierda no ha estado nunca dispuesta al debate de ideas. Lo suyo es acallar al discrepante para hacer valer su propio discurso y que sea asumido por la masa de forma acrítica. Pero no es sólo una cuestión de vocación totalitaria, que por supuesto también; es que sus ideas –llamémoslas así– no soportan la confrontación seria con la realidad, y al menor pescozón dialéctico se vienen estrepitosamente abajo. Entre apuntalar su discurso con rigor intelectual o demonizar al hereje, lo más cómodo es optar por lo segundo. Evita uno ciertos sofocos para los que nunca se está lo suficientemente preparado.
 
La caída del Muro de Berlín fue el primer varapalo serio al progresismo, y tan dolorosos fueron sus efectos que gran parte de él aún no se ha recuperado. Su particular mitología, que convertía en benefactores de la humanidad a los sujetos más sanguinarios, cada vez es asumida por menos gente, incluso entre sus filas, y ya sólo se aferran a ella las minorías más extremistas. Por lo que respecta al capitalismo, poca gente pone en duda que es un orden social infinitamente más eficiente que el socialismo, y en cuanto a la lucha de clases, jaculatoria que la izquierda ha enarbolado durante más de un siglo, hay ya una gran masa de votantes de izquierda que ni siquiera sabe lo que es, en parte gracias a la Logse perpetrada por sus políticos, que de esta forma llevan en el pecado una muy justa penitencia.
 
Como la realidad contemporánea no les da la razón, ahora intentan cambiar el pasado reciente para compensarlo. Por eso les fastidia tanto que historiadores libres pongan de manifiesto sus manejos y, encima, vendan diez veces más libros que los intelectuales orgánicos encumbrados por los muecines de la secta.
 
Pero qué se le va a hacer, son las servidumbres de un Estado de Derecho; una de ellas, que todo el mundo tiene derecho a expresar sus ideas libremente, y a transmitirlas a los demás con las únicas limitaciones que impone la ley. Y mientras esto sea así –tampoco hay que fiar la suerte a largo plazo, dado cómo está el patio–, vamos a seguir defendiendo nuestros principios, que casualmente son los que han convertido a las sociedades occidentales en las más libres y más prósperas del planeta, y a seguir criticando el discurso que pretende devolvernos a la caverna socialista, con su secuela inevitable de tiranía, pobreza y dolor.
 
Así que un poco de paciencia tal vez no les vendría mal, a estos censores del pensamiento ajeno, sobre todo porque con Libertad Digital Televisión vamos a empezar a jugar en la misma liga que los acorazados sedicentemente progresistas y a dar muchas satisfacciones. Tengo entendido que las infusiones de valeriana van muy bien para estos casos. De nada.

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