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CIENCIA

Sí a las vacunas

De repente nos hemos dado cuenta: la secta antivacunas está aquí. Como si no hubiera dado razones para la alarma hace años, los periódicos españoles empiezan a hacerse eco del auge de los defensores de la no vacunación en nuestro país. Nunca es tarde si la dicha es buena.

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Es hora, siempre lo es, de que alertemos de que, lejos de tratarse de un exótico rapto de romanticismo ludita, de una divertida anécdota de extremismo naturalista hippy, la oposición frontal a la vacunación obligatoria puede convertirse en un grave problema de seguridad sanitaria.

Por fortuna, nuestros antivacunas no son tan poderosos como los de Estados Unidos. Allí, en algunos estados el 30 por 100 de los pediatras no informa a las familias de las pautas del calendario de vacunación. En California, sin ir más lejos, en el último decenio el número de padres que decide no inmunizar a sus hijos ha aumentado en un 600 por 100.

En España hemos visto algunos casos de oposición radical a la vacuna (por ejemplo, contra el sarampión en familias andaluzas que recibieron una orden judicial de vacunación) y, lo que es más preocupante, una considerable relajación entre la opinión pública ante un aspecto clave como es la inmunización masiva.

Nuestra relación con las vacunas es cambiante a lo largo de la vida. Si, por lo general, cuando se trata de vacunar a nuestros hijos existe cierto consenso a favor de la práctica, a medida que crecemos nos alejamos de la inmunización. La inmensa mayoría de los menores de 14 años españoles atiende su calendario de vacunación con regularidad (salvo excepciones que, por desgracia, van en aumento). La protección contra infecciones globales como el sarampión, la rubeola, el tétanos... es aceptada con naturalidad. Otra cosa ocurre con la vacunación de adultos o con la protección contra enfermedades menos populares.

Menos de la mitad de las personas incluidas en la población de riesgo acepta vacunarse contra la gripe. Asunto parecido es el de la nueva vacuna contra el cáncer de cuello de útero, una eficaz herramienta para detener una enfermedad femenina grave que todavía no ha alcanzado la aceptación que merece entre los padres de las jóvenes objetivo.

Episodios lamentables, como la nefasta gestión de la epidemia de gripe A en 2010 por parte de la OMS y de nuestro gobierno, pueden tener la culpa del escepticismo ante la vacunación adulta. No le anda a la zaga en responsabilidad la incoherente política sanitaria, que deja en manos de las comunidades autónomas la decisión sobre la aceptación de nuevas vacunas (como la del cáncer de cuello de útero) en lugar de establecer pautas únicas para toda la población española.

Pero preocupa el eco que están obteniendo algunas posturas radicales contra la industria de la vacunación. Un creciente grupo de ciudadanos, generalmente cultos, de buena posición social, jóvenes y de ideología progresista, propone la necesidad de revisar, cuando no eliminar, la práctica de la vacunación ante algunas infecciones.

La secta antivacunas crece amparada en algunos mitos pseudocientíficos de calado. Uno de los más recurrentes es la falsa creencia de que existen estudios científicos que relacionan la vacunación con la propensión a males como el autismo. Hoy sabemos que el único estudio que se ha publicado en ese sentido fue un fraude confesado abiertamente por sus propios autores. Pero el daño hay está hecho y no son pocos los consumidores de información basura que siguen repitiendo el mantra de la relación entre vacunas y autismo.

Tanto calado tuvo el manipulado informe que incluso personalidades de la talla de Tony Blair llegaron en su momento a anunciar su negativa a la vacunación de sus hijos con el compuesto de la triple vírica. El caso llegó al parlamento británico, que exigió al primer ministro que informara sobre su postura ante la inmunización y que terminó por obligarle a rectificar.

Estamos a tiempo de detener el avance de la secta antes de que sus dogmas repercutan seriamente en la salud de nuestros menores. En otros países ya ha ocurrido. En Dublín, en 1999, se registró un brote grave de sarampión que acabó con la vida de 3 de los 300 niños infectados inesperadamente. Allí, la tasa de vacunación contra este mal no supera el 60 por 100. Recuerda el caso de los 30 niños infectados en un colegio de Granada en 2010, en las proximidades de un grupo de familias que practicaban la no vacunación.

Hay que recordar que desde mediados de los años 50 del siglo XX las vacunas han permitido mantener a raya algunas de las enfermedades más mortíferas en siglos anteriores. Los datos son sorprendentes. En EEUU, la media de casos anuales de viruela ha pasado de 48.000 a 0; de polio, de 16.000 a 0; de difteria, de 175.000 a 0; de rubeola, de 900 a 12; de sarampión, de 503.000 a 40. Todo gracias a las vacunas. La tasa de mortalidad de las enfermedades infantiles más graves se ha reducido en un 90 por 100.

Sin embargo, algunos organismos internacionales han detectado en los últimos años un ligero aumento de males como la difteria, que estaba prácticamente erradicada del mundo occidental. Sin duda, la relajación a la hora de vacunarse está entre las causas directas.

En España tenemos un sistema sanitario envidado por muchos motivos. Por ejemplo, por la tasa de penetración de las vacunas. La labor de información de los pediatras españoles es de las más activas del mundo. Por eso no debemos bajar la guardia. Al amparo de creencias pseudocientíficas, equívocas ideologías naturalistas y fobias irracionales a la industria farmacéutica, el movimiento antivacunas crece lenta pero inexorablemente. Es necesario despojarle de cualquier glamour. Más aún ahora que la ciencia está a punto de dotarnos de nuevas estrategias de vacunación contra enfermedades como el cáncer de mama, la malaria o el tabaquismo. Nuevas vacunas que no tardarán en llegar a nuestras farmacias para seguir haciéndonos la vida un poco más fácil. 

 

http://twitter.com/joralcalde

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