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CHUECADILLY CIRCUS

Suso el violento

Violencia catastral. Cuando lo oí por primera vez pensé que se trataba de herriko tabernas. Pero no. Por desgracia, la mayor preocupación de algunos progres, esos pijos con complejo de culpa, no son los bares proetarras, sino las casas donde viven los humildes o los horteras. Cuestión de sensibilidad.

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Al frente de la manifestación contra el feísmo urbanístico se encuentra Suso de Toro, ese escritor que va por la vida presumiendo de tolerante y de solidario, aunque a mí me recuerda a una chica muy simpática que conocí una vez y que se jactaba de no discriminar contra nadie, "excepto los gordos, los negros, los andaluces y los votantes del PP". O sea, que, si no me salen mal las cuentas, a la pobre mujer le sobraban las tres cuartas partes de los habitantes de España y casi todos los de África, por no mencionar al presidente Obama y a la mismísima Beyoncé, aunque sospecho que esto último sólo puede obedecer a la envidia más cochina. 

Hace unos meses oí a Suso referirse a la violencia catastral en el transcurso de una entrevista de radio. Como no entendí nada, busque la expresión en Google y me topé con un artículo de Manuel Rivas, otro gallego universal, en el que éste se quejaba de la ubicación de los molinos de viento en Cabo Vilano, un "marco incomparable" –¡qué original!– arruinado por la presencia de aquéllos y otros chismes modernos. Además de molinos, en Vilano hay una piscifactoría que ha convertido el lugar en un "espacio psicótico":
Porque tamén a paisaxe padece. Tamén a terra berra. A súa psique e a nosa están moi conectadas. Xa Freud deixou claro que hai unha íntima conexión entre o malestar humano (o da cultura) e o malestar da terra.
Es decir, que según el espiritismo telúrico de Rivas, la violencia catastral consiste en interponer cualquier artefacto de fabricación humana entre Madre Naturaleza y sus elegantes y finísimas pupilas, más frágiles que un lindo capullito de seda azotado por un cruel vendaval en una brumosa mañana de invierno.

Como alternativa a la aberración, el escritor propone visitar los cráteres de Galicia, "esparzos pre-arquitectónicos dun maximalismo minimalista". Vamos, que para algunos todo lo que no sea construirse una cabaña en la copa de un árbol, igual que Tarzán, es un acto de violencia insufrible. En cambio, el incidente de Lazcano, donde un vecino indignado y probablemente psicotizado por las bombas de ETA la emprendió a mazazos contra una herriko taberna, es una barbaridad, un abuso propio de trogloditas que debe ser castigado como merece.

Una vez definido el concepto, toca buscar referentes empíricos, que dicen los científicos. Por ejemplo, la vivienda de Suso de Toro, un turbio y aterrador bloque de material indefinido situado frente a la costa. Recalificaciones y licencias aparte, el búnker de Suso, un grotesco y espantoso pedazo de engrudo solidificado, es sin duda la agresión más grave jamás cometida contra la costa gallega. Lo suyo sí que es violento, un auténtico estupro y profanación de la esencia virginal de aquélla que todo nos dio y nada pide a cambio.

En agosto de 2006 Suso publicó un polémico artículo en El País, "Jugar con fuego", en el que advertía de la deshumanización de su tierra y auguraba que Galicia iba camino de convertirse en "el solar de los especuladores que ya sobrevuelan la costa". Por lo visto, alguno de ellos ya se posó, quizá sobre el tejado de su vivienda. Pero qué cara más dura tienen algunos.

El caradura eres tú, que defiendes la propiedad privada pero cuestionas la de Suso, me reprochará alguno. En absoluto. Por mí, como si le da por hacerse un iglú y ponerle aire acondicionado. Lo que no me gusta es que algunos se ganen la vida predicando sin dar ejemplo, o dándolo pero al contrario. Se dice que el periodista Arthur Koestler fue un machista y un violador en serie. Quizá fuese cierto, pero también lo es que el señor nunca fue un moralista ni se presentó como ejemplo de nada. Al menos sus palabras no contradijeron sus hechos, algo que Suso de Toro jamás podrá decir de sí mismo.

Entre las villas con vistas al mar de los progres gallegos y la especulación inmobiliaria en el barrio de Lavapiés de Guillermo Toledo, ese gran actor y defensor del proletariado internacional de quien se dice es propietario de varios inmuebles en la zona, estamos apañados. El tío tuvo la desfachatez de rodar un vídeo sobre el desalojo de El Laboratorio, un edificio okupado en 2002 y desalojado por la policía un año después, y colgarlo como muestra de compromiso social. ¿Fue solidaridad o simplemente ganas de comprar la propiedad para luego revenderla, como han hecho tantos miembros de la progresía madrileña beneficiados por la rehabilitación de viviendas llevada a cabo por el ayuntamiento en el centro de la ciudad?

Al menos nos queda Penélope, a la que de vez en cuando le da por actuar bien y encima recibe un Oscar por ello. Como saben, la ex vecina de la ciudad de Alcobendas recogió el galardón luciendo un precioso vestido de los años cuarenta de Pierre Balmain y un collar de diamantes de los que quitan todos los males. Hasta para reciclar hace falta tener buen gusto. Quitando el Tíbet, una causa loable que conoció cuando salía con Nacho Cano, ese gran Pigmalion, y alguna que otra proclama seudo-ecologista, a la actriz no se le conoce militancia política alguna, ni falta que le hace. Todavía la recuerdo en la pista de baile de Archy a principios de la década de 1990. Si lo llego a saber, habría intentado hacerme amigo suyo. La chica parecía simpática y era mucho más agradable a la vista que las aspirantes a no sé qué de tres al cuarto que pululaban por allí y que han terminado de pastilleras en algún tugurio. 

Sin embargo, en aquellos tiempos yo andaba ocupado en la realización de proezas anti-estéticas tales como combinar unas botas Doc Martens con punta de acero con unas mallas, o una chaqueta torera de pana gorda con unos pantalones de pata de elefante. Una noche, un chico inglés que salía con una chica del grupo intentó violarme. Como no tenía ningún objeto contundente a mano, opté por darle un par de guantazos para que se tranquilizase. Años después, y en Vigo, un tío aparece en una discoteca frecuentada por gays, se liga al camarero, pasa el día siguiente encerrado con él en su habitación, después mata al susodicho y a su novio asestándoles 57 puñaladas e incendia la casa para borrar las huellas. El jurado popular dice que fue un acto de legítima defensa. ¿Dos votos menos para ZP, como comenta un patriota en la crónica negra de un diario internético, o un asesino suelto, como afirma la madre de uno de los fallecidos?

¿Quién dijo que la Justicia en España era un cachondeo? Más de uno pensará que se quedó corto. No me extraña.


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