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PANORÁMICAS

Tarantino, el rey del revival

La única forma de ser creativo es conocer las reglas. Luego hay quien tiene la capacidad de obedecerlas, mientras que otros las hacen saltar por los aires. Entre los primeros nos encontramos a los pasticheros y a los artesanos; entre los segundos, a los imbéciles y a los genios.

Es difícil distinguir entre las categorías mencionadas. Hace falta apelar al Tribunal de la Historia, una instancia judicial que, como todas, dictamina tarde, aunque suele hacerlo bien. En Grindhouse nos encontramos a un pastichero y a un genio, juntos pero no revueltos.
 
Es Grindhouse la última colaboración entre los depredadores hermanos Weinstein y un iconoclasta pagado de sí mismo y estrella siempre a punto de estrellarse: ¡con ustedes, directamente desde California, Quentin Tarantino! Tras el díptico Kill Bill I y Kill Bill II, vuelven a reelaborar una versión de los programas dobles, dos películas al precio de una, esta vez con la ayuda de Robert Rodríguez, un simulacro tarantiniano, las más de las veces vulgar y caótico, a veces brillante.
 
El proyecto inicial consistía en dos películas gamberras, violentas y eróticas, en el límite del sinsentido, encadenadas por el nexo de unos anuncios de películas gore, un homenaje a las primeras películas de John Carpenter y David Cronenberg y, en general, a la series X, Y, Z de películas basura, palomitas ensangrentadas para públicos cargados de acné y testosterona. Además, debían cumplir ciertas condiciones formales: celuloide rayado, quemado, maltratado; que faltase un rollo de proyección; una combinación de actores-estrella, nuevos meteoritos actorales, viejas glorias sumidas en las cloacas del olvido y el mismo Tarantino (que disfruta saliendo en pantalla más que Hitchcock)...
 
Robert Rodríguez ha perpetrado en su turno Planet Terror, un pastiche (imitación, plagio) postmoderno de las películas de zombis, es decir, irónico a fuer de ingenuo, travieso pero débil, divertido a pesar de su blandura. En cualquier caso, más recomendable que cualquiera de los engendros similares que transitan por las multisalas de los centros comerciales, más muertos que vivos.
 
Tarantino también pasa por postmoderno, pero es demasiado bueno para caer en las soserías formalistas y en las ironías pequeñoburgesas de la tribu liderada por Richard Rorty (RIP) y Susan Sontag (RIP). Su contribución es Death Proof, un revival de un cuento inmortal, al modo en que Charles Laughton creó La noche del cazador, la película con la que de forma más escondida se emparenta.
 
La diferencia entre un revival y un pastiche es la que media entre la Estatua de la Libertad y la mujer de Lot. Mientras que la primera mira siempre hacia delante, al tiempo que saca fuerzas de flaqueza de las raíces de donde procede, la segunda se convierte en estatua de sal por su querencia a mirar hacia el pasado, convirtiéndose en fósil de su propia memoria (histórica). Así, un ultramoderno como Tarantino (como Eastwood, como Scorsese) es un enano que se sube a hombros de gigantes para poder ver aún más lejos. Por el contrario, enanos postmodernos como Rodríguez son aplastados por los gigantes que pretenden deconstruir, haciendo papilla las grandes formas y materias cinematográficas del pasado sencillamente porque no tienen estómago para digerirlas.
 
Según Nabokov, las grandes novelas son cuentos de hadas. Además, suelen repetirse de generación en generación, de época en época, saltando culturas, adaptándose a las circunstancias. Por ejemplo, la historia del lobo feroz y las niñitas que, confiadas, terminan cayendo en sus fauces.
 
En Death Proof, el caso es que las niñas siguen siendo inocentes, pero cada vez son más guerreras. Y los lobos siguen siendo terribles, aunque se tienen que enfrentar a un ejército de mujeres que no han ido a la guerra pero se han fajado en los gimnasios, las barras de striptease, los consejos de empresa. Las niñas, que, como pronosticó Joaquín Sabina, ya no quieren ser princesas, ahora quieren ser supernenas.
 
Dividida en dos partes casi simétricas –primero, el lobo devora; luego, el lobo es devorado–, Tarantino nos vuelve a regalar escenas de diálogos rápidos, torrenciales, naturalistas (¡cómo escribe este hombre!), espectacularmente coreografiadas en el interior de coches y chiringuitos de carretera (¡cómo dirige este hombre!). Un par de grupos de chicas alegres y deslenguadas –hablan, beben y fuman como carreteros, sin perder por ello un ápice de atractivo–  se tropezarán con un macho que bebe piña colada y conduce un coche tuneado con una gran calavera y trucado para ser usado por especialistas en escenas de acción. Precisamente por ello es death proof, es decir, "a prueba de muerte".
 
Stuntman Mike (Kurt Russell), que así se hace llamar nuestro hombre, ronda a las mujeres y las fascina con sus colmillos retorcidos y su apariencia rebelde. Les recita con voz profunda:
Los bosques son adorablemente profundos y oscuros, y tengo promesas que cumplir, millas que andar antes de dormir.
Y ellas, claro, se derriten. Cuando Butterfly (Vanessa Ferlito) le pregunta si las ha estado siguiendo, responde:
Tú viste mi coche, yo vi tus piernas. No te estoy acosando, pero nunca dije que no fuera un lobo.
Y finalmente consigue convencerla de que baile para él (nos lo perderemos, ¡ése es el rollo perdido!):
Hay muy pocas cosas que puedan dejar marcas en un bello ángel.
Cada una de las dos partes a ritmo de andante termina con un allegro endiablado, en el que se producen los enfrentamientos de máquinas rodantes más apasionantes y estetizantes que se han visto en la gran pantalla, en una mezcla a priori imposible entre Mad Max y Two-Lane Blacktop, de Monte Hellman. La paliza final, a ritmo de cardio-fitbox, fue celebrada entre las risas y los aplausos cómplices del respetable.
 
No es de extrañar, por tanto, que alguien con tan buen olfato y criterio como Álvaro Arroba, en los Cahiers du Cinema españoles, situase Death Proof en lo más alto de su ránking del Festival de Cannes, seguida por la última cinta de Gus van Sant (el alfa y el omega del cine norteamericano en la actualidad).
 
Tías buenas, coches espectaculares, música rock a toda pastilla, sangre en primerísimos planos: podría ser una receta para la película machista perfecta. Por el contrario, Tarantino elabora, en la estela de Camille Paglia, un feminismo del siglo XXI, libertario, lenguaraz y desinhibido, que alterará por igual a las estalinistas de las cuotas y a los adictos a la testosterona porque se encuentra en los antípodas del feminismo y el machismo, instalados ambos en la antipatía, el puritanismo, el resentimiento y la intolerancia.
 
 
PLANET TERROR. Dirección, guión y fotografía: Robert Rodríguez. Intérpretes: Bruce Willis, Quentin Tarantino, Rose McGowan, Stacy Ferguson, Marley Shelton, Freddy Rodríguez. Calificación: Pastiche (6/10).
 
DEATH PROOF. Dirección, guión y fotografía: Quentin Tarantino. Intérpretes: Kurt Russell, Quentin Tarantino, Zoe Bell, Vanessa Ferlito y Rose McGowan. Calificación: Soberbia (9/10).
 
En España se estrenarán por separado: una a principios y otra a finales de agosto. Hay quien dice que por el fracaso relativo en las taquillas americanas; la versión oficial habla de la falta de tradición de la doble sesión en estos pagos.
 
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