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SALUD

Traficantes de órganos

Varias funerarias de Nueva York están implicadas en el comercio ilegal de órganos y tejidos extraídos sin consentimiento de cadáveres humanos. La noticia, además de macabra, tiene un efecto negativo en la donación de órganos para trasplantes.

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El pasado mes de febrero los neoyorquinos se despertaron con una noticia espeluznante: el desmantelamiento de una banda organizada que se dedicaba a robar tejidos y órganos de los difuntos para venderlos a las compañías de biotecnología dedicadas a la preparación de órganos y tejidos para trasplantes.
 
El cerebro de la banda era Michael Mastromarino, un dentista que tras perder su licencia fundó en 2001 la compañía Biomedical Tissue Services Limited, donde las piezas sustraídas eran preparadas bajo unos más que dudosos controles sanitarios para su comercialización internacional. Los cadáveres se los proporcionaba Joseph Nicelli, dueño de una funeraria y embalsamador de profesión que desviaba los cuerpos a la trastienda para descuartizarlos y extraerles todo aquello que pudiera venderse: huesos, corneas, tendones, ligamentos, músculos, válvulas cardíacas... Luego se les volvía a coser y se les maquillaba como si nada hubiera pasado. Para colmo del horror, los delincuentes sustituían los huesos de las extremidades por tubos y tuberías, con el propósito de que no perdieran su firmeza, y rellenaban las oquedades con los guantes y materiales utilizados en el expolio orgánico. También falsificaban los certificados de defunción, la edad de los finado y las causas de las muertes, para no levantar sospechas.
 
Entre los más de mil difuntos "vaciados" figuraba un conocido personaje televisivo, Alistair Cooke, que falleció en 2004 a la edad de 95 años debido a un cáncer con metástasis ósea. Sin embargo, los delincuentes manipularon los datos y en los papeles oficiales aparece que murió por un infarto a los 85. Procesadas las piezas, éstas iban a parar a los canales legales de comercialización de tejidos humanos, cuyos brazos se ramifican por todo el mundo. Ningún hospital receptor de este material tenía conocimiento de su procedencia.
 
Este miércoles, el fiscal que investiga el caso ha desvelado que los directores de otras siete funerarias están implicados en este repugnante y lucrativo comercio, que ha reportado al sacamuelas más de cuatro millones de dólares.
 
Las autoridades sanitarias de los países desarrollados reconocen que el comercio internacional de tejidos humanos adolece de los controles suficientes para evitar fraudes y casos como el neoyorquino. Además, cada vez es mayor la demanda de este material terapéutico. Por ejemplo, sólo en nuestro país más de 300.000 pacientes se benefician cada año de injertos de hueso, tendones, ligamentos y fascias lata, membrana fibrosa y resistente que recubre los huesos del músculo. En 2005 se obtuvieron en los hospitales españoles 5.759 córneas y se implantaron 2.758.
 
El daño que puede hacer la noticia a la donación de órganos es impredecible, pero nadie duda de su impacto negativo. Rafael Matesanz, coordinador nacional de trasplantes, reconoce que las noticias negativas, sobre todo relacionadas con el tráfico de órganos y tejidos, tiene un impacto negativo en las donaciones. No hay que olvidar que la donación es un gesto altruista que inmediatamente se ve empañado ante cualquier atisbo de ilegalidad, falta de transparencia o negocio lucrativo. Una bajada en el número de donantes se traduce de manera instantánea en un engrosamiento de las ya abultadas listas de pacientes en espera de un órgano salvador.
 
Un ejemplo de este daño colateral lo vivimos en 1996, cuando la periodista brasileña Ana Beatriz Magno recibió el Premio Rey de España por una serie de reportajes en los que demostraba la existencia de un tráfico de niños para trasplantes que luego resultó ser falsa. Pero el daño estaba hecho. En enero de ese año la cifra de trasplantes hepáticos ascendió a 698 y en marzo, mes en el que surgió la polémica, fue de 699. En los dos meses siguientes las donaciones de hígado bajaron hasta 678. Afortunadamente, en junio volvieron a ascender a los niveles anteriores a la entrega del premio.
 
En este sentido, ha que decirse que, gracias a la encomiable labor de la Organización Nacional de Trasplantes, España es líder mundial en lo que se refiere a donación y trasplantes de órganos: por cada millón de habitantes tenemos 35 donantes, y el año pasado se implantaron 3.820 vísceras, entre corazones, riñones, pulmones, hígados, páncreas… Aun así, el número de personas que fallece antes de que llegue el órgano salvador resulta acongojante.
 
Las interminables listas de enfermos que hacen cola para recibir un órgano en algunos países donde la cesión altruista ha descendido a cotas alarmantes debido, en gran parte, a escándalos con los trasplantes, constituye el acicate de lo que se conoce como el "turismo de trasplantes". Está demostrado que los enfermos renales italianos acuden a la India a trasplantarse un riñón, y que los centroeuropeos, especialmente los alemanes, se desplazan a Rusia, Filipinas y Latinoamérica con el mismo propósito. Por su parte, los japoneses burlan las normas religiosas budistas y sintoístas, que les impiden practicar el trasplante de vísceras, para visitar quirófanos en China, país donde los condenados a muerte son fuentes de órganos. Y los estadounidenses se desplazan a la frontera de Texas con México para recibir un riñón, que compran a los chicanos por un puñado de dólares. Un riñón a cambio de dinero para sobrevivir.
 
La denominada "donación recompensada" es legal en ciertos países, normalmente sumidos en la pobreza, y donde no lo es las mafias se encargan de organizar los contactos donante-receptor, encontrar un cirujano dispuesto a ganarse un sobresueldo y gratificar a los dispuestos a quedarse con un órgano filtrador. Dependiendo de la zona del mundo donde nos movamos, podemos adquirirlo por 6.000 euros o por menos de la mitad. ¿Es éticamente admisible? Todo depende del cristal con que se mire. O desde el lado en que estemos situados: los ricos tachamos de intolerable, indigna y perseguible legalmente la venta de órganos, ¿pero se puede juzgar a una persona que vende su riñón para dar de comer a la familia?
 
Otra situación bien diferente es el secuestro y asesinato de personas, incluidos niños, para quitarles las vísceras y vendérselas al mejor postor. Hasta la fecha, ningún gobierno, organismo internacional, ONG o medio de comunicación ha conseguido presentar una sola prueba creíble que confirme algunas de las denuncias y testimonios referentes a la existencia de un tráfico criminal de órganos. Es un bulo contemporáneo que tiene que ver más con el folklore y los intereses políticos que con la realidad. Sin ir más lejos, el rapto infantil como fuente de órganos no es más que una adaptación moderna y tecnificada de mitos y fábulas ancestrales. Ya en el siglo XVIII las desapariciones de niños se atribuían a necesidades médicas de la nobleza: el rey leproso necesitaba baños de sangre "tierna", y el príncipe mutilado necesitaba que los cirujanos le implantaran a diario una extremidad arrancada a un menor.
 
La tecnología y los equipos necesarios para implantar un órgano descartan la posibilidad de traficar con órganos. La cirugía de trasplante sólo se puede realizar en un gran centro hospitalario, con un quirófano dotado de un instrumental costoso y sofisticado y con la participación de medio centenar de especialistas. Además, el periodo de isquemia, es decir, el tiempo durante el que un órgano puede permanecer fuera del cuerpo, desconectado de las venas y arterias que aseguran el tránsito de sangre, es extremadamente corto: el corazón y el pulmón han de ser trasplantados antes de 4 ó 5 horas; el hígado, antes de 12. A estos obstáculos hay que sumar un tercero: la persona que recibe un implante necesita de por vida una terapia inmunosupresora y unos controles médicos que difícilmente pueden eludir el origen del órgano recibido.
 
Otro cantar son los tejidos, que se pueden recolectar de manera sencilla y congelar y almacenar durante años. Huesos, corneas, piel, válvulas cardíacas y segmentos de venas y arterias son mercancía a veces de procedencia dudosa. Las autoridades sanitarias reconocen que su control no es fácil. Muchos laboratorios se dedican a procesar los tejidos que reciben, y no siempre se interesan por su procedencia.
 
El incontrolado negocio de tejidos procedentes de cadáveres mueve millones y millones de euros. En países sumidos en crisis económicas, como Argentina, Bulgaria y Rumanía, los ladrones de tejidos profanan tumbas para hacerse con los globos oculares, las tibias o el corazón de los recién enterrados. Les son suficientes unas sencillas nociones en el manejo del bisturí. Y algunos tanatorios y funerarias se convierten en carnicerías humanas. Es el caso del dentista neoyorquino. Pero éste es sólo uno de los que han encontrado negocio en este comercio visceral. En España la legislación impide la importación y exportación de tejidos sin la autorización de la ONT. Buen intento.
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