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PANORÁMICAS

Una película bella y siniestra

¿Por qué sentimos una atracción irresistible por los vampiros y las sirenas? Bichos terribles ambos, pero hacia los que nos empuja una atracción atávica por lo morboso y lo (in)mortal. Freud aludía a una pulsión que aúna el peligro y la belleza. O, dicho de otro modo, los vampiros y las sirenas combinan perfectamente Eros y Thanatos, el deseo erótico y el deseo de muerte, la culminación sexual y el cansancio vital.

Los vampiros, a pesar de no estar vivos ni muertos, gozan de una extraordinaria salud... cinematográfica. A la tercera parte de "Underworld": La rebelión de los licántropos –en la que destaca una vez más el estirado y aristocrático Príncipe de los No Muertos, interpretado, como una mezcla de Boris Karloff y Vincent Price, por Bill Nighy– se suma el fenómeno literario, ahora traspasado a la pantalla, de la serie Crepúsculo, no apta para mayores de diecisiete años, así como varias series de televisión, de la americana True Blood a la británica Being Human.

Sin embargo, la propuesta más turbadora, excitante y atractiva proviene de Suecia. Déjame entrar (Let The Right One In) es la adaptación que ha realizado Tomas Alfredson de la novela de John Ajvide Lindqvist del mismo título. Oskar (Kåre Hedebrant) es un delicado chaval de 12 años al que los matones de su colegio llaman el Cerdo: sangra cuando le pegan, sufre incontinencia urinaria y habla demasiado (inteligentemente). Eli (Lina Leandersson) es su nueva vecina, una chica de su edad (aunque lleva mucho tiempo teniendo la misma edad), si acaso mucho más pálida, más introvertida, inmune al intenso frío nórdico y que desprende un extraño aroma. Eli le avisa en el primer encuentro de que nunca podrá ser su amiga. Pero como si le hubieran encargado a Antonioni una versión existencialista de Romeo y Julieta, Oskar y Eli se dirigirán a un destino común de ruido y furia, envueltos en el aire de un crimen, como unos Bonnie y Clyde preadolescentes. 

Mientras Oskar, inadaptada y mortificada víctima del acoso escolar, juega a ser un asesino en serie, una serie de espantosos crímenes se suceden en la barriada: varias personas son degolladas y desangradas. Oskar y Eli, a pesar de la predicción de esta última, comienzan a encontrarse con más frecuencia, estableciéndose entre ellos una ambigua pero no por eso menos poderosa atracción que llega al final a ser amistad, complicidad, dominación, quizás, ¿quién sabe?, amor. Y es que los vampiros necesitan del permiso explícito de sus huéspedes para poder franquear sin daño el umbral de sus hogares, de sus corazones.

La gran labor de Alfredson para sublimar cinematográficamente el relato de Lindqvist reside en su tratamiento estilizado, elegante, sutil a la vez que salvaje, del paisaje nevado, de los suburbios, de la enfermiza podedumbre moral de los adultos en comparación con la peligrosa inocencia de los niños. La escritura de Lindqvist es prosaica, el tratamiento fílmico de Alfredson es poético. Como en los mejores cuentos de hadas, lo bello y lo siniestro se conjugan para envolvernos en una atmósfera de pesadilla. La fotografía glacial y espectral de Hoyte van Hoytema, junto a la música romántica y decadente de Johan Soderqvist (atención al waterphone, un instrumento que tiene un sonido frío e invernal que refleja a la perfección la idea del hielo), insinúa que incluso podríamos estar ante una situación aún más terrorífica y más intensa de lo que ya aparece en un primer plano. Eli repite un par de veces que ella no es una chica. Y su condición de vieja encerrada en un cuerpo infantil hace que su relación con Oskar roce de alguna forma la pedofilia. Alfredson acierta en la película a entreabrir la puerta de lo terrible, sin permitirnos llegar a percibirlo del todo, dejándonos con la miel en los labios, tanto más sabrosa cuando el deseo no es del todo satisfecho.

En la frontera del asco –bocas chorreantes de sangre, rostros devorados por el ácido, miembros arrancados de cuajo, cuerpos carbonizados por combustión espontánea–, el impacto de la belleza telúrica de este relato tenebroso de sirenas chupasangres, enamoradas de gnomos cobardes, reside en lo que el filósofo Eugenio Trías nos enseñó en su análisis de la necrofílica Vértigo de Hitchcock: lo bello no adquiere fuerza hasta que la elaboración estética reelabora el dolor y la angustia.

Maravillosa revisitación de nuestros sueños ocultos más ancestrales, Déjame entrar es un oasis de incorrección política y de placer estético, de caricia cinematográfica y de revelación vital. Hubiese hecho las delicias de los surrealistas que adoraron la fantasmal Jennie de William Dieterle, que comenzaba con una cita de Eurípides que también podría servir de frontispicio ahora: "Quién sabe si morir no será vivir y lo que los mortales llaman vida será la muerte". Y recoge el testigo del fatalismo romántico de la canción de Morrisey de la que toma el título: "Let the Right One In". Desde la casa desolada del obispo Vergerus en Fanny & Alexander de Bergman, o los densos paisajes morales de Kieslowski, no se había visto en el cine europeo una tan bella caligrafía acerca de como Dios, o el Diablo, escribe en un idioma que no entendemos con un alfabeto desconocido. En la secuencia final, Oskar y Eli se comunican utilizando el morse: .- -- --- .-.


DÉJAME ENTRAR (LET THE RIGHT ONE IN) (Suecia, 2008, 114 minutos). Director: Tomas Alfredson. Guión: John Ajvide Lindkvist. Intérpretes: Kare Hedebrant, Lina Leandersson. Música: Johan Soderqvist. Fotografía: Hoyte van Hoytema. Calificación: Sublime (9/10).

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