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Tecnología y seguridad

Desde la Antigüedad, la historia de la guerra ha ido en paralelo a la historia de la ingeniería. Los avances técnicos, fuera cual fuese su origen, a menudo acababan siendo incorporados por los ejércitos, provocando a su vez cambios en sus doctrinas o estrategias. Cada paso adelante podía suponer una mejora, pero con el tiempo implicaba también una vulnerabilidad. Las nuevas capacidades eran descubiertas por el enemigo, que las incorporaba a sus arsenales o se adaptaba para anular su eficacia. Como si de las leyes de la oferta y de la demanda se tratara, los avances técnicos implican cambios, mejoras y nuevos retos de seguridad para la Defensa.

De todos es conocido el relevante papel que el Pentágono, junto con la denominada Comunidad de Inteligencia, ha tenido en el desarrollo de la informática. Las Fuerzas Armadas están profundamente informatizadas y en proceso de estarlo mucho más. Mucho se ha escrito sobre cómo la informática ha permitido mejorar tareas, procedimientos y doctrinas... pero también sobre cómo la informática está haciendo más vulnerable a Occidente. Ahorramos costes al descansar en ordenadores la gestión de los servicios básicos de nuestras sociedades, pero con ello facilitamos el que otros los paralicen o destruyan. En el plano militar concentramos información relevante en memorias, discos duros o servidores a los que el mismo enemigo puede acceder con resultados desastrosos para nuestra integridad. La cantidad de dinero que Estados Unidos se está gastando en seguridad informática, tanto a nivel privado como público, es extraordinaria y aún así a la vista está que los hackers continúan accediendo a lugares supuestamente inaccesibles.

Sobre lo que quizás no se había escrito tanto pero que resulta más real y más representativo de la salud moral de Occidente es sobre la posibilidad de que gentes de uniforme sean quienes, desde su ordenador en un centro oficial, desvelen secretos de estado. No estamos meramente ante un problema de seguridad informática sino ante un ejemplo más de descomposición social. Desde la Guerra de Vietnam venimos observando cómo no perdemos guerras frente al enemigo sino ante nuestra oposición interna, que se pone a su servicio sin coste alguno. En la ciberguerra, como antes en la guerra convencional, nuestro mayor reto no está fuera de nuestras fronteras sino dentro de ellas, envuelto en discursos morales que no son otra cosa que la versión postmoderna de la traición.

Desde China y Rusia se han lanzado estos últimos años importantísimas operaciones de espionaje o sabotaje informático, adelanto de lo que puede ocurrir en las próximas décadas en el inevitable choque de intereses entre los "grandes". Tenemos que estar preparados para mantener un pulso en este terreno, auténticas batallas gestionadas desde servidores dispersos por todo el planeta, pero el campo de batalla más inmediato, el que más nos debería preocupar, es el de las ideas. La decadencia de los valores de la democracia liberal, alimentada por el relativismo, está minando la lealtad de los ciudadanos, incapaces de soportar las tensiones propias de un conflicto bélico. La concentración de ingentes cantidades de información sensible en servidores a los que tiene acceso un número importante de personas facilita casos como el protagonizado por el soldado Manning, aparente responsable de la filtración de 90.000 documentos secretos sobre la Guerra de Afganistán para mostrar al mundo lo mal que su país se está comportando. Un acto estúpido e inadmisible, pero representativo de nuestra salud moral.

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