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Columna publicada el 26-09-2003
Los economistas tenemos, por lo general, mala fama. La figura del economista suele asociarse al egoísmo y a la búsqueda del beneficio personal, aunque sea a costa de la miseria de los demás. No hace mucho tiempo tuve en la Universidad Complutense una alumna que me dijo claramente que las ideas que yo le enseñaba no le gustaban nada y que le resultaban, incluso, inaceptables desde el punto de vista moral. Le insistí en que intentara entender la lógica del razonamiento económico y que después de todo, lo único que yo le estaba explicando era la vida tal como es, y no como nos gustaría que fuera. La chica era inteligente y entendió bien la materia... pero mis argumentos siguieron sin gustarle. Y al final del curso me dijo: “Tenía usted razón; así son las cosas. Pero sigo pensando que los economistas no tienen corazón”.
Parece que una conclusión lógica de este planteamiento sería que quienes han creado las ideas económicas que hoy dominan en el mundo han de ser personas poco dignas de nuestro aprecio, desde el punto de vista humano. La realidad es, sin embargo, bastante diferente. Y los grandes maestros, a los que está dedicada esta serie de artículos, fueron tipos de toda clase y condición. Como los zapateros o los aparejadores, los grandes economistas de la historia han tenido características muy diferentes. Los hubo muy trabajadores; y algunos fueron, en cambio, bastante vagos. Muchos fueron castos, mientras sus colegas eran promiscuos... de una y otra acera. No pocos destacaron por su sencillez y modestia, sin que faltaran, desde luego, los fanfarrones y fantasmas. Unos fueron ricos; pero otros vivieron con poco dinero. Y abundaron los tipos excéntricos; pero tiendo a pensar que esta última característica se debe más que a la profesión de economista al hecho que muchos fueron profesores en la universidad, institución que siempre ha ejercido bastante atracción sobre las personas de carácter peculiar.
Las historias convencionales del pensamiento económico se han centrado siempre en sus grandes aportaciones al desarrollo de nuestra ciencia. Pero tal vez haya llegado el momento de que alguien curioso se ocupe también de sus aspectos más personales. Y esto es lo que ofrezco a los lectores de Libertad Digital, quienes, a lo largo de los próximos meses, se encontrarán cada semana con un episodio de la historia pintoresca de los economistas ilustres. No se asusten, sin embargo, los lectores serios. Quien siga con asiduidad la serie pronto se dará cuenta de que también las principales aportaciones de estos señores –desgraciadamente, y hasta fechas muy recientes, ha habido muy pocas mujeres economistas– aparecen en cada uno de los artículos. Pero lo relevante no serán tanto las ideas en sí, como el marco en el que se desarrollaron y, sobre todo, los personajes que las crearon.
En estos artículos aparecerán aspectos muy variados de la naturaleza humana. Se hablará de crímenes (¿fue asesinado Cantillon?), de especuladores que bordean el delito (los negocios de John Law), de amantes poco convencionales (a Ramsey sólo le gustaban las mujeres casadas) o de negocios curiosos (Montchretien fue fabricante de guadañas). ¿Será verdad que el gran Pigou sólo tenía un traje y no podía salir de casa cuando lo mandaba al tinte? ¿Por qué se celebraron los funerales de David Ricardo cuando nuestro personaje aún estaba vivo? ¿Qué llevó a uno de los primeros catedráticos de la Facultad de Ciencias Económicas de Madrid, Valentín Andrés Alvarez, a dedicarse en una época de su vida al hermoso oficio de bailarín de tangos?
Confío conseguir, con esta serie de artículos, más de una sonrisa de sus lectores. Pero busco algo más. Tal vez pueda también contribuir a cambiar un poco esa idea tan extendida de que los economistas somos esos tipos fríos maximizadores de la utilidad que tan pocas simpatías despiertan entre los bien pensantes y los políticamente correctos.

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