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Columna publicada el 02-09-2001
Los líderes políticos tienen a menudo delirios de grandeza que les llevan a creer que el resto de la humanidad les presta una enorme atención, como si fueran los únicos garantes de su bienestar. Así el secretario general de la ONU, Kofi Annan, afirma respecto a la Conferencia de Durban contra el racismo que "No debemos dejar que ningún tema descarrile la conferencia; si no el resto de la humanidad nos hará responsables de este fracaso". Por una parte están ellos, los conferenciantes que viajan (casi nunca en clase turista), ven mundo, se alojan en lujosos hoteles, reciben suculentas dietas y sestean durante los discursos ajenos. Por otra parte, el resto de la humanidad pendientes de todos sus actos. Ni que fueran futbolistas o estrellas de cine. Pero la realidad es que las personas honradas vigilan a los políticos sólo para intentar evitar los daños sistemáticos que estos suelen causar.
Estos mismos políticos se creen la farsa de que son representantes legítimos de sus pueblos y hablan en nombre de todos. Esto resulta especialmente reprobable cuando se dedican a asumir culpas por parte de millones de personas que son totalmente inocentes. El ministro de Exteriores de Alemania, el izquierdista Joschka Fischer, ha asumido la responsabilidad de los países ricos en la esclavitud: "El admitir la culpa, el asumir la responsabilidad y enfrentar las obligaciones históricas puede por lo menos devolverle a las víctimas y sus descendientes la dignidad que les fue robada. Yo quisiera, por lo tanto, hacer esto hoy en nombre de la República Federal de Alemania". Tal vez algún ciudadano alemán se sienta justamente indignado con su ministro y le presente una demanda por injurias, ya que le está llamando responsable del esclavismo. Casi nada.
El problema principal de la justicia es determinar quién es el responsable de una agresión y quién es la víctima. Colectivizar la culpa es radicalmente injusto. Quienes reclaman compensaciones por las agresiones esclavistas del pasado lo hacen desgraciadamente desde una mentalidad colectivista, sin molestarse en distinguir a las auténticas víctimas ni a los culpables de los inocentes. Y además olvidan que nadie es éticamente responsable de los actos de sus antecesores.
Resulta especialmente grotesco ver a Fidel Castro apoyar estas compensaciones por los daños del esclavismo: ¿acaso piensa indemnizar él personalmente a todas las víctimas de su estrafalaria dictadura?

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