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Columna publicada el 20-06-2002
Piquetes formando barricadas para impedir el tráfico, quemando contenedores, esparciendo basuras. Piquetes que bloquean el paso a los trabajadores a su centro de trabajo. Son presuntamente pacíficos porque no golpean a nadie, sólo se unen en rebaños para cortar e paso. Si impidieran salir a alguien de un lugar se les llamaría secuestradores, pero como sólo bloquean el paso son obstáculos al progreso. Obstáculos que conviene derribar. Descerebrados sin educación insultando sin ninguna gracia a los heroicos esquiroles que escapan de sus garras.
Piquetes diciéndoles a los cámaras de televisión lo que deben filmar y lo que no, no sea que el ciudadano pacífico pueda contemplar abiertamente la brutalidad sindical. Piquetes que pasan lista para sólo permitir el paso a los trabajadores adscritos a los servicios mínimos, de modo que estos se convierten en servicios máximos, la huelga pasa de ser un derecho a un deber y se agrede el derecho del trabajador a decidir por sí mismo si trabaja o no.
Cánticos sindicales que afirman que ellos van a conseguir que todo el mundo pare, que todas las tiendas cierren, con amenazas poco sutiles de violencia. En las elecciones se vota en un ambiente políticamente aséptico: durante el día anterior y el mismo día de las elecciones no se fomenta ninguna opción política. ¿No han tenido hasta el día clave suficiente tiempo los que apoyan la huelga general para persuadir a los ciudadanos? ¿Para qué hacen falta piquetes informativos si han tenido todo el tiempo del mundo para a priori deformar la realidad a su gusto? Parece que todo su poder de convicción se consigue con la demostración ostensiva de sus puños.
Guarros incívicos que se llaman a sí mismo sindicalistas deteriorando espacios públicos con sus pintadas, sus pegatinas y sus folletos tirados por los suelos (¿quizás porque a casi nadie le interesa leer sus estupideces?). Tanto pretender que defienden lo público y son incapaces de mantener limpias calles y paredes.
Líderes sindicales, socialistas y comunistas incapaces de reconocer su fracaso y felicitándose mutuamente encantados de haberse conocido. Sindicalistas organizados, burócratas del colectivismo, profesionales del activismo callejero, llamando la atención, haciendo como que son muchos y que tienen razón mayoritaria. Lo que les sobran son motivos: defienden todos sus privilegios de liberados y subvencionados con uñas y dientes.
Pero es más importante lo que no salta a la vista: muchísimos más ciudadanos pacíficos que intentan trabajar sin llamar la atención y sin imponerse coactivamente a los demás. Y es una lástima que los que se oponen a la huelga no se unan y manifiesten para abuchear a los parásitos y para defenderse de sus agresiones.

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