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Regeneración o derrota

La cúpula del PP actual es indigna de su electorado y su militancia. El PP necesita volver a ser un partido liberal-conservador creíble.

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El gobierno de Rajoy ha traicionado minuciosamente todos y cada uno de los principios liberal-conservadores: ha subido brutalmente los impuestos, en lugar de simplificar las administraciones y reducir el peso del Estado; ha condonado la hoja de ruta de Zapatero con el mundo abertzale; ha permitido los mil y un desafíos del separatismo catalán, desconociéndose qué estrategia adoptará cuando éste vuelva a cobrar impulso tras las elecciones autonómicas; ha incumplido vergonzosamente su promesa de reformar la ley del aborto, al tiempo que dejaba intactas las demás leyes ideológicas de Zapatero (género, memoria histórica, bioética, matrimonio gay…); también ha quebrantado el compromiso de despolitizar los órganos judiciales. En lo que se refiere al funcionamiento del partido, se ha ejercido un anacrónico estilo cesarista que inhibe todo debate interno y mantiene a los militantes en la eterna minoría de edad.

Casi más sangrante que la ausencia de reformas profundas ha sido la carencia de discurso ideológico. No se ha hecho pedagogía para explicar a la opinión pública algunas decisiones acertadas (por ejemplo, la reforma laboral). En lugar de defender las medidas de relativa austeridad desde una filosofía general de aligeramiento del Estado, Rajoy se disculpa por ellas: "Nos hemos visto obligados a tomar decisiones que no nos gustaban"; cabe inferir que, superada la emergencia presupuestaria y conjurada la prima de riesgo, el gobierno practicará lo que realmente querría: socialdemocracia y gasto público a espuertas. El rajoyismo tiene pavor al debate intelectual. Da por buena la hegemonía cultural de la izquierda; considera inamovible el control total del imaginario y el argumentario por socialistas, nacionalistas antiespañoles y progres. No sólo la da por buena, sino que la refuerza: este gobierno ha salvado de la quema a la Sexta y Prisa, mientras negaba el pan y la sal a Intereconomía o esRadio.

El mezquino cálculo de Rajoy y su equipo estriba en que, a la hora de la verdad, al votante de derechas le apretarán el bolsillo y el miedo a Podemos. Esta es la ilusión que puede generar el PP rajoy-arriolo-sorayesco: un gallináceo "¡Virgencita, que me quede como estoy!". Este es el nivel de grandeza al que ha conducido Rajoy al centro-derecha español.

Sin embargo, los resultados de las municipales proyectan sombras sobre la heroica estrategia marianista. Pues los dos resortes en los que pone su confianza –la percepción de los primeros frutos de la recuperación económica y el pánico a un frente popular socialista-podemita– están ya activos desde hace meses… y eso no ha impedido que el PP perdiera la mayor parte de su poder territorial. Al final, va a resultar que "la economía no lo es todo". Y un partido que no es capaz de vender otra cosa que malminorismo y miedo al adversario no es digno de vencer en las elecciones.

La cúpula del PP actual es indigna de su electorado y su militancia. Sería interesante conocer cuántos de los 700.000 afiliados del PP aprueban la excarcelación de Bolinaga, la retirada de la reforma del aborto y la rendición ideológica frente a la izquierda (una izquierda a la que Montoro se ufanaba de haber "descolocado" superándola en voracidad recaudatoria). El equipo rajoy-sorayesco no es representativo de la media España de derechas. Por tanto, está llamado al fracaso y a la desaparición. La pérdida de Madrid, Sevilla, Castilla-La Mancha o Valencia es sólo la primera etapa de esa peregrinación hacia la nada.

El PP necesita volver a ser un partido liberal-conservador creíble. Sería necesario un congreso extraordinario de refundación que consagre el retorno a los principios: un congreso al que debería ser invitada la gente de Vox, que rompió con el PP precisamente porque éste traicionaba sus raíces. Ahora bien, ¿debe tener lugar ese congreso antes o después de las elecciones de noviembre? Parecería más realista esperar a que Rajoy y los suyos se desacrediten definitivamente en las urnas, para a continuación reconstruir desde las ruinas. Sin embargo, el precio que pagaría el país sería muy elevado: nada menos que una nueva pasada por la izquierda, en un momento delicadísimo de incipiente recuperación económica y desafío secesionista en Cataluña. Los brotes verdes se agostarían en cuestión de meses. El hipotético frente popular socialista-bolivariano haría concesiones difícilmente reversibles a los separatistas.

Así que es difícil no aplaudir el llamamiento de Cayetana Alvárez de Toledo hace unos días: ¿por qué esperar a la catástrofe para abordar una regeneración que el PP tendrá que operar en todo caso? ¿Por qué no se haría a un lado Rajoy, prestando así un servicio póstumo al partido y al país, y convocaría unas primarias que eligiesen a un candidato para las generales? Un candidato con convicciones, no lastrado por la vacuidad y la cobardía del rajoyismo: bien lo bastante viejo para haber sido protagonista de los tiempos de Aznar, o bien lo bastante joven para no haber tenido tiempo de quedar manchado por la mediocridad marianista. Las primarias propulsarían al nuevo líder en la opinión pública y le servirían de campaña electoral (¿no se disparó José Borrell en las encuestas cuando el PSOE celebró primarias en 1998?). Rajoy seguiría como presidente en funciones hasta noviembre. Dedicado a la mera gestión contable. Pero ¿acaso ha hecho otra cosa alguna vez?

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