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El enigma Diana Quer

Todo el mundo celebra el gran éxito indudable de la captura de quien se configura como un presunto gran peligro social, pero no es óbice para lamentar los errores cometidos.

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'El Chicle', a punto de subir a un coche de la Guardia Civil | EFE

Una de las palabras que tienen más peso en esta historia es cocaína. Y sin embargo apenas se ha pronunciado alguna vez a lo largo del año y cuatro meses que ha durado el paradero desconocido de la joven madrileña Diana Quer. Su desaparición se produjo en A Pobra do Caramiñal, en un entorno azotado por el narcotráfico. Era muy difícil que algo como el rapto en plena fiesta fuera ajeno a la actividad delincuencial del menudeo de la droga; y, en efecto, andando el tiempo resulta que el detenido, Abuín, el Chicle, es una persona con antecedentes. Tiene una vinculación impresionante con la operación Piñata, en la que se le sorprendió con dos kilos de cocaína en el coche pero de la que salió extraordinariamente bien librado, lo que no le hizo distinguirse del pelotón de sospechosos, por mucho que ahora se diga.

No solo eso, sino que en la vivienda de sus padres fueron hallados otros 17 kilos de cocaína, de los que al parecer no se le pudo colgar reproche penal, como dicen los cursis, porque se hizo un registro sin legalidad. Toma del frasco, Carrasco. Así que tenemos a un individuo denunciado por presunta agresión sexual y a un supuesto pequeño traficante que en realidad mueve kilos de farlopa, algo propio de grandes capos. El tal es además objeto de estudio, mostrando perfil de presunto depredador sexual, de los que reinciden una y otra vez. Y pese a ello, y a que supuestamente lo tienen enfilado, el juez archiva el caso por falta de peso en los indicios en abril del año pasado.

De modo que durante toda la desaparición de Diana Quer la frase más archisabida de la investigación fue "No se descarta ninguna hipótesis", cuando precisamente investigar es descartar hipótesis. Así llegamos a diciembre, a Boiro, donde, en el transcurso de dos días, el Chicle, delincuente marcado, intenta supuestamente hacerse con un par de muchachas, aunque desiste sin llegar a mayores, y al siguiente día prueba a llevarse a una chica por las bravas, metiéndola en el maletero de su Alfa Romeo gris. La joven se salva por coraje y valentía, así como por dosis de buena fortuna y la ayuda de una pareja. Graba en su móvil un audio de WhatsApp del ataque y memoriza parte de la matrícula del agresor. Eso permite que finalmente sea detenido.

Convenientemente interrogado, después de horas de tratamiento profesional, cuenta la milonga de que atropelló a Diana y se deshizo de ella, calificada por los investigadores de imposible; pero finalmente dice la gran verdad, y es que conoce dónde está el cuerpo porque él mismo lo ha ocultado. Nadie sabe a ciencia cierta por qué este hombre endurecido, carcelario, capaz de ofender a su cuñada, revela el lugar donde tiene el cadáver, sin cuyo hallazgo tal vez no habría caso. Y lo hace después de quinientos días de llevar como si nada una vida de fingimiento y normalidad. Su abogado dice que el mérito es de la Guardia Civil, que se lo ha trabajado con mucha habilidad. El admirado juez Vázquez Taín afirma en la televisión que se debe a la buena colaboración del abogado, que es muy colaborador; y el abogado culmina con que gracias a su cliente la familia de Diana Quer ha podido mitigar su dolor. Yo le contesto en pantalla, sin cortarme un pelo, si no es más cierto que gracias a su cliente ha desaparecido para siempre Diana Quer.

Los mandos de la investigación convocan una rueda de prensa desacostumbrada y multitudinaria después de dieciséis meses de ayuno informativo y en ella se cometen errores de gran calado. Por ejemplo, no se explica que, si el sospechoso era el número uno y estaban al 99% seguros de que era el presunto, no se lo presentaran con esta contundencia al juez para que les autorizara a vigilarle, dado que el dictamen psicológico decía que estábamos ante una amenaza cierta. Por tanto, el presunto autor, libre e impune, estuvo a punto de cometer otro caso Diana Quer, esta vez en Boiro, y sólo lo impidió el azar. Tampoco fueron adecuadas las alusiones al juez ni a las reformas jurídicas. Por último, sobraron las pullas a la prensa, que no ha hecho otra cosa que celebrar puntualmente cualquier atisbo de avance sin asomo de juicio crítico alguno, lo que es habitual en otras democracias. Todo el mundo celebra el gran éxito indudable de la captura de quien se configura como un presunto gran peligro social, pero no es óbice para lamentar los errores. Por mi parte, estoy de acuerdo en que deben revisarse leyes y políticas criminales, pero no era el lugar adecuado para hacerlo.

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