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El psiquiatra homicida

Los dos asuntos de los Sanfermines no tienen otra cosa en común que haber ocurrido en el desmadre de la fiesta.

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El juicio de La Manada ha puesto de actualidad el viejo disparate del asesinato de Nagore Laffage a manos de Diego Yllanes Vizcay, un médico de 27 años residente de la Clínica Universitaria de Navarra, en el que yo creo que no se acertó con la justicia. La insistencia de la presunta agresión sexual de los Sanfermines ha puesto de relieve el crimen cometido por aquel jovenzuelo rico, frío y narcisista, que ocurrió también un 7 de julio. Y ahí se acaban las coincidencias.

Diego Yllanes, además de homicida, es un psiquiatra tan malo que fue incapaz de corregir sus propios impulsos. Y a pesar de ser un criminal cruel y peor médico, un colega que posa de tener método para tratar la adicción al porno le ha dado empleo antes de cumplir la condena sin avergonzarse de poner la cara del exconvicto en la web de su clínica. Los médicos con antecedentes de este tipo deberían quedar inhabilitados para siempre. ¿Quién puede confiar su salud a un homicida? ¡Y menos la salud mental a un perturbado!

Diego propinó 36 golpes a Nagore, con los que le rompió la mandíbula y le produjo fractura en el cráneo, para luego rematarla estrangulándola, por lo cual solo ha cumplido ocho años de prisión. Así, a bote pronto, tanto la condena como su cumplimiento tienen pinta de privilegio. Nagore debió de ver con sorpresa esa cara guaperas de la red crispada mientras la machacaba, dado que confiaba en él, porque lo conocía del sitio en el que trabajaba.

Diego Yllanes es un homicida, en mi opinión, calificado por la alevosía, aunque no fuera reconocida por el jurado, del que sin embargo hay que decir que hubo seis miembros que lo consideraban asesinato; habría bastado uno más para que acertaran.

Los acusados de La Manada no han matado a nadie. Diego Yllanes, aunque muchas crónicas periodísticas lo confunden, no violó a Nagore, sino que la mató. De modo que son cosas distintas las que se investigan, aunque haya interesados en hacer de esto un totum revolutum.

Yllanes es hijo de una familia acomodada de Navarra. Su padre es cirujano en Pamplona. Los cinco de La Manada son hijos de proletarios de un barrio de Sevilla. Fíjense si la cosa es diferente. Mientras los de La Manada buscaban un hotel para tener sexo, cosa muy distinta de lo que suelen hacer los violadores, Yllanes daba una paliza a Nagore en su pisito de soltero. Mientras Yllanes golpeaba a la chica, en el caso investigado de La Manada la denunciante no presenta golpes. Además, Yllanes no está condenado por depredador sexual aunque lo sea.

Así que vamos por partes. El supuesto psiquiatra que no había acabado el MIR despojó a Nagore de su ropa de forma violenta y al resistirse ésta la atacó. Hay una zona oscura en la que Nagore logró hacerse con el móvil de él y llamar a la madre del homicida, que no se sabe lo que hizo, aunque ella dice que no respondió. Luego llamó a urgencias con un hilo de voz y dijo: "Me va a matar".

Es decir, aquí no hay ambigüedad. No hay "pudieron interpretar que sí o pudieron interpretar que no". Hay falta de consentimiento. El psiquiatra emplea la violencia para obtener lo que quiere. Ante la defensa de la mujer, emplea las artes marciales, la superioridad de su peso y envergadura, sin darle respiro ni oportunidad de salvar la vida, donde sin duda cabe el concepto delicuescente de la alevosía. "Te quiero con alevosía", que diría Aute.

La proporcionalidad en la justicia española es difusa. No quiero decir que fuera por su posición social o su pertenencia a la alta burguesía, pero es un hecho que a Yllanes el fiscal le pedía doce años de cárcel por homicidio y sin embargo a los de La Manada les piden 22 años a cada uno, por un delito, no probado, que no alcanza ni con mucho el catastrófico final de Nagore.

Los dos asuntos de los Sanfermines no tienen otra cosa en común que haber ocurrido en el desmadre de la fiesta. Solo los periodistas talibanes que trabajan para que les aplaudan los pelotilleros de las redes sociales pueden establecer paralelismos con el fin de tratar con el mismo rasero lo que fue un delito de sangre y un acto de sexo grupal en el que el tribunal debe decidir si hubo delito.

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