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Momentos criminales

La ignorancia nos hace vulnerables.

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En la primera página de la maravillosa novela La colmena del Premio Nobel Camilo José Cela se mencionan dos famosos crímenes, uno verdadero y otro ficticio: el de la calle Bordadores y el del expreso de Andalucía. La mayoría de los lectores no sabrá cuál de los dos ocurrió de verdad. Una parte importante recordará uno por la película de Edgar Neville y el otro por ecos de la noticia. Pero solo una exigua minoría será capaz de adivinar que uno es el trasunto de otro muy famoso. En España se ha escrito mucho de crímenes pero siempre mal, por eso apenas hemos aprendido nada.

Paco Umbral confiesa en Las palabras de la tribu que no sabe a quién mató el gran Luis Antón del Olmet, cuando el muerto fue él. Pío Baroja no se atrevió a meterle mano al crimen de Don Benito, tan trágico, sociológico y aleccionador, porque reconoció que le temblaba el pulso. Los crímenes en España han sido exagerados, tergiversados y manipulados, pero siempre mal contados.

Otro de los momentos estelares del crimen se produce cuando dejamos de preguntar: ¿dónde está Diana Quer?, ¿dónde Yéremi?, ¿dónde Sara Morales?, ¿dónde todos los demás?

Recientemente todo ha sido La Manada, un grupo de jóvenes presuntos autores de abuso sexual, durante un juicio aun sin concluir, incluso algún asunto en Pontevedra que se ha demostrado totalmente falso. Para asombrarnos por la locura que nos invade basta evocar que en Suecia para determinados delitos se pide que sea el inculpado quien demuestre que no lo hizo. Es decir acabar con la presunción de inocencia y cambiarla por la presunción de culpabilidad. Todo el mundo será culpable hasta que no demuestre lo contrario. La intención es cargarse así todo el fundamento del Derecho. Aunque se ha esgrimido como proyecto para España, fruto del fulgor de San Fermín, pese a no ser más que otro proyecto, no se ha oído la protesta de las voces de la justicia.

Ahora que se leen poco los periódicos de papel apenas hay crímenes en sus páginas cuando antes no se concebía hoja volandera sin su crimen completo. Es la prueba mayor de su degradación. Y no es que no haya sucesos, sino que no hay periodistas que los cuenten. Se practica el periodismo sin periodistas y hasta sin rotativas. Un recuerdo para aquella llamada señorita Pepis capaz de imprimir en color y que enseguida sacó fotos de criminales y perseguidos. En este momento confuso hemos descubierto que no hay crímenes comunes como nos habían enseñado, sino que todos los crímenes son políticos. Es más, que los crímenes políticos son los que cambian la historia.

La ignorancia nos hace vulnerables. Habíamos empezado a exigir que no se nos ocultaran los peligros, que teníamos derecho a saber si había un violador en las calles, o un asesino en serie. Pero hemos vuelto atrás. Algunos políticos juegan a paternalistas y tratan de convencernos de que nos subestiman por nuestro bien.

La ciencia criminológica avanza sin estruendo, pero el experimento criminal es más rotundo y contundente. Podría decirse que la batalla no tiene ganador, pero los signos son alarmantes. Las investigaciones fallidas, los fallos judiciales, los jurados inapropiados, el resultado abrumador de la criminalidad conquista cada vez más espacio.

Ayuda mucho al caos la tontería de las redes sociales, los frikis de la televisión y la intolerancia al pensamiento crítico o periodismo riguroso. Una garantía para influir con éxito en las tendencias es no leer nada, admirarse de cualquier ridícula habilidad que se consuma de forma masiva y procurar que la cabeza no llegue a doler de mucho pensar. Siempre que se tenga oportunidad debe dejarse constancia de la nada con un buen video. Mientras los criminales planean, maquinan, perpetran, aprovechan los fallos de las leyes, la inoperancia de la previsión y la bondad de juicio de una sociedad alienada.

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