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Odiamos la pornografía infantil

Se juega con los juegos que hay en la red, pero no con la red. Atención a la pesadilla que supone navegar despistado.

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La ciberpolicía ha desarticulado una red de pedofilia internacional que operaba en 94 países. Tenía su sede en Canadá, y en España han sido detenidos 28 sospechosos, de los cuales ya se ha imputado a diez. Se dedicaban a la fabricación y venta de vídeos porno, y cada grupo era autónomo. Parece ser que generaban ingresos de un millón de euros.

En los grupos españoles generaban sus propios videos o colecciones de fotos. En todas ellas aparecen niños, menores, especialmente chicos, en actitudes obscenas. La mera posesión de este material ya es delito. Aunque parezca otra cosa, en nuestro país no es algo especialmente perseguido ni castigado, y, pese a su horror, no recibe un rechazo contundente. Como ejemplo, una muestra: el ministro de Justicia está ahora revisando a qué edad debe establecerse la posibilidad de que los jóvenes tengan sexo consentido: actualmente es a los 13 años.

El legislador que puso la edad para permitir que los chicos tengan sexo consentido a hora tan temprana seguro que no estaba pensando en sus hijos. Conozco mogollón de abogadas y juezas que consideran los trece demasiado pronto. Entonces, ¿por qué han dejado que dure tanto este salvoconducto que anima a los pedófilos?

Hay quien se atreve a defender esa edad de consentimiento diciendo que la sexualidad es propiedad de todos. Incluso evocan los mundos griego y romano, donde los efebos, jovencitos de sexo ambiguo, participaban en distracciones y orgías. La verdad es que se ha perdido la vergüenza.

En los tiempos modernos, los menores están protegidos por la ley y los diletantes no deben tratar de pervertirlos, porque su destino será la cárcel. Ha habido incluso un grupo político que durante unas horas defendió en el Parlamento la propuesta de que la mera tenencia de fotos obscenas, impúdicas, muestras del horror sexual, no fuera penada, o que se levantara el castigo. Esta propuesta, vergonzosa, fue luego retirada, pero el problema sigue: una parte de la sociedad española y alguna colonia de extranjeros aposentados en España pretende hacer valer que el amor a los niños puede incluir el goce sexual.

Esta aberración del pasado está penada en la sociedad más sana y civilizada de Occidente, y solo es posible encontrarla en plan salvaje en los países a los que viajan los al menos 35.000 pederastas españoles que la ONG Save the Children tiene censados como turistas sexuales. Que se sepa, estas personas no tienen una terapia que pueda evitar la aberración de sus impulsos.

La red está llena de individuos peligrosos dispuestos a captar a los más jóvenes. Son continuas las historias de chicos seducidos por colegas de chat que resultan ser adultos viciosos y que les atrapan hasta obligarles a hacer lo que ellos quieren, sea esto un festival de mareantes fotos sádicas o una cita a ciegas en una turbia dirección.

La pederastia es un mal de nuestro tiempo que habita donde habita el olvido. Para los que odiamos la pornografía infantil, se trata de un mal que se extiende como una pandemia. Nuestros hijos, nietos, sobrinos, el batallón de menores que nos rodea deben estar advertidos de que internet no es para jugar. Se juega con los juegos que hay en la red, pero no con la red. Atención a la pesadilla que supone navegar despistado.

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