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Columna publicada el 30-08-2004
Mi musa de nuevo, voluble y bizarra,
de cuyos caprichos jamás soy el dueño,
me lleva a la taifa donde impera Ibarra,
el bellotakari del agro extremeño.
Entre las encinas de aquellas dehesas,
hozan los gorrinos, nobles y selectos,
y, como vibrantes y aladas pavesas,
zumban retozones millares de insectos.
Por aquellos campos de pasto y bellota,
un día de agosto, entre los jarales,
se daba un paseo la ministricuota
de las soluciones habitacionales.
Un invertebrado, taimado y avieso
—ya habrá un entomólogo que lo catalogue
como alguna especie hostil al progreso—,
conoció a Trujillo (tal vez por el Vogue)...
Y en la Excelentísima se posó el bichejo;
el tóxico dardo le clavó en el cutis;
y, dejando hundido su cobarde rejo,
agitó las alas, voló e hizo mutis.
Así son los bichos fachas y cabrones,
que en vez de picarles a cerdos (o a cerdas)
prefieren hacer sus torpes punciones
en las tiernas carnes de nuestras izquierdas.
La cuotiministra, campestre y bucólica,
bajo su epidermis sintió la toxina
que instiló la inicua criatura diabólica,
y soltó un “¡Recórcholis!” (porque ella es muy fina).
¡Maldito bichejo, mil veces maldito,
teledirigido por algún pepero,
maldita tu estirpe, insecto cabrito,
fascista, retrógrado, reaccionario y fiero!
Mas desenvolverse frente a la desgracia
es talante propio de quien nos gobierna,
y el Ejecutivo tiene la eficacia
propia de una España social y moderna.
Cuando a una ministra pica un himenóptero,
se hace lo más rápido, conveniente y práctico:
mandarle a unos médicos en un helicóptero,
por si acaso hubiera shock anafiláctico.
Y ya, felizmente renovada y sana,
de vuelta al despacho la tenemos hoy;
pues su piel —lo dije hace una semana—
tiene que estar tersa si sale en Play Boy.

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