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¿Nuclear? A lo mejor, gracias

Gabriel Calzada

&quote&quoteTampoco hay que obsesionarse con la nuclear. Lo importante es derribar las barreras políticas que en la actualidad impiden la construcción de nuevas centrales. Después será el mercado el que decida.

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Zapatero se queda solo en la cuestión energética: el último en dar la espalda a su cerrazón antinuclear ha sido Felipe González. El ex presidente del Gobierno y presidente del grupo de reflexión sobre el futuro de la Unión Europea ha reclamado abrir un debate europeo sobre la energía nuclear en el marco de la política energética europea y las medidas contra el cambio climático.

Según González "es un error dramático que no se quiera debatir de la energía nuclear, a favor o en contra, pero lo esencial es tener un debate" porque la Unión Europea no puede quedar "aislada" ni "excluirse" del mismo. Lo cierto es que el error al que alude es, en la actualidad, un endemismo español. En la Unión Europea son cada vez más los países que optan por facilitar las cosas a la construcción de centrales nucleares. Italia, por ejemplo, acaba de llegar a un acuerdo con Francia para el desarrollo de proyectos de este tipo en el país transalpino.

Parece claro que si va a haber que cumplir con el racionamiento de emisiones de CO2 impuesto por el Protocolo de Kyoto, la energía nuclear es una opción a tener en cuenta a la hora de hacerlo sin dañar la economía. En la actualidad la disminución de emisiones en la producción eléctrica se está llevando a cabo principalmente mediante el incremento de la contribución de las energías renovables al total de la producción eléctrica nacional. El problema de esta opción es que la ineficiencia de la energía eólica y la solar todavía es grande y para que se incrementara su parte de la tarta energética ha habido que subvencionar estas formas de producción con miles de millones de euros. Esos recursos han sido detraídos de otras partes de la economía en los que no han podido llevarse a cabo las inversiones deseadas ni han podido crearse nuevos trabajos. Es más, para que las plantas eólicas y solares sigan funcionando, los gobiernos del PP y del PSOE se han comprometido a otorgarles jugosas primas durante décadas, lo que perjudicará a los demás sectores por igual período.

Con la energía nuclear ocurre lo contrario. Su coste de producción es muy bajo a pesar del tratamiento de los residuos que genera. No obstante, tampoco hay que obsesionarse con esta fuente energética. Lo importante es derribar las barreras políticas que en la actualidad impiden la construcción de nuevas centrales. Después será el mercado, es decir, el conjunto de los consumidores, el que decida cuál debe ser la participación de cada forma de producción de electricidad en el mix energético español. En unos lugares será más económico construir nucleares mientras que en otros será más eficiente una central térmica. Incluso habrá pueblos alejados de la red eléctrica en los que compense instalar paneles solares y poblaciones con viento constante todo el año donde sea rentable edificar plantas.

La nuclear tampoco es la panacea y, por supuesto, no está exenta de problemas. Mi buen amigo y gran paleoclimatólogo Antón Uriarte es contrario a las nucleares porque, según él, son una energía totalmente controlada por los Estados, además de un buen objetivo terrorista y una arma de destrucción masiva en manos de gobiernos potencialmente tiránicos, que son la mayoría. Son argumentos alejados del radicalismo ecologista que hay que tener en cuenta.

Y ya que abrimos el debate, convendría hablar también del carbón, esa fuente barata de producción eléctrica a la que el Protocolo de Kyoto está marginando en los pocos países cuyos parlamentos han sido tan insensatos como para ratificarlo. Las centrales eléctricas de carbón siguen siendo las que más avanzan en el mundo debido a sus bajos costes y son las que más y mejor pueden ayudar a sacar de la pobreza a millones de personas en las naciones pobres. A los ecologistas esto les da igual. Prefieren seguir su cruzada anti carbón a pesar del desarrollo de filtros de CO2 y de que la temperatura global del planeta lleve casi diez años prácticamente estancada. Es otro indicio de que lo que persiguen estos trogloditas debe ser cambiar nuestro sistema energético y económico para llevarnos a la fuerza a su utopía antidesarrollista y anticapitalista.
Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana

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