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Una "hermosa experiencia democrática" está teniendo lugar en Bolivia. Su caudillo, Evo Morales, se está dejando aconsejar por Fidel Castro, el tirano de la isla, y por Hugo Chavez, el líder de la no menos hermosa experiencia democrática venezolana. Tras la máscara de hombre solidario que tanto gusta a Zapatero y a los intervencionistas españoles se esconde un tipo autoritario dispuesto a acabar con la propiedad privada y las libertades individuales de propios y extraños.
La nacionalización de los hidrocarburos que afecta de lleno a la petrolera española Repsol no es sino una de las aplicaciones prácticas de su programa basado en el desprecio por la propiedad privada. Evo ha empezado por el petróleo y el gas porque es la única riqueza que puedes expropiar sin que al día siguiente la riqueza se evapore. Aún así necesitará aliados estratégicos que le ayuden a encontrar nuevas reservas y a mantener la industria del petróleo al día en las innovaciones técnicas que se vayan produciendo en el mundo.
Morales, el indigenista, ha dañado a unas cuantas empresas petroleras –quizá eso le ayude a sentirse a gusto– pero mucho mayor ha sido el perjuicio que ha infligido a su pueblo. La credibilidad de Bolivia como emplazamiento para nuevas inversiones internacionales se ha hundido y eso ya no hay quien lo reflote hasta que no le hagan abandonar el poder. Sin duda podrá encontrar la ayuda de algunos artistas, de algún empresario crecido a la sobra de subvenciones y privilegios, o de algún político rojo. Zapatero podría volverle a echar una mano y buscarle empresas colaboracionistas. ¿Por qué no? Si ya has traicionado tu deber de defender con uñas y dientes la propiedad de las empresas españolas ¿qué te impide ahora seguir colaborando con el déspota? Pero lo cierto es que las grandes empresas huyen como la peste de los expropiadores y eso no lo arregla ni ZP.
Morales, el de los jerseys de colorines, está imponiendo un futuro bien oscuro a su pueblo y los indígenas serán quienes más lo sufran. Las comunidades indígenas de Bolivia llevan miles de años siguiendo unas tradiciones sociales respetuosas con la propiedad privada. Muchas de sus prácticas son comunales y tienen sistemas de mutuas que permiten dar asistencia a quienes puedan encontrarse en situaciones de emergencia. Mantienen una complicada estructura privada de la propiedad ligada al mérito social y tienen un sistema judicial distinto del estatal. Todo indígena es libre de salir de estos "clubes" ancestrales y probar suerte como campesino privado. Sin embargo, Morales está empeñado en que el estado se inmiscuya en unas instituciones que llevan muchos siglos evolucionando en libertad. Quiere que el estado emita títulos de propiedad de sus tierras, que las normas de las comunidades queden reguladas, que los participantes queden registrados y que el sistema judicial sea armonizado con el del estado. En definitiva, quiere lo mismo que para las empresas petroleras: que el estado se meta hasta la cocina de estas comunidades libres y las gobierne. Queda por saber si los grupos indigenistas occidentales alabarán estas agresiones o si se emborracharán de socialismo estatalizante.

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