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Ataque de Hezbolá

El tiempo contra Israel

Israel tuvo su guerra de los seis días, y aún las tuvo más cortas. Por sus estándares históricos ésta empieza a resultar interminable y el tiempo se le está volviendo en contra. Ha podido vencer ejércitos nacionales enteros, más de uno de cada vez, en menos de una semana, pero una fuerza irregular que ha tenido todo el tiempo y la ayuda que necesitaba para prepararse es harina de otro costal. Ha sabido enterrarse y se oculta entre la población civil, cuyos muertos se los anota en su tanteo. Por más que viole flagrantemente todas las leyes de la guerra al utilizar a los civiles de forma masiva y sistemática como escudos humanos, Hezbolá sabe que los que se rasgan las vestiduras por Guantánamo no van a tener una mala palabrita para ella, a no ser que se trate de izquierdistas americanos, muy duchos en dobles raseros.

Una tragedia como la que ha ocurrido en el pueblecito de Qana antes o después era inevitable que ocurriera y puede haber otras peores. Los israelíes han avisado por activa y por pasiva a los habitantes de la región que se extiende entre la frontera y el rio Litani de que evacuen la zona. Ello es ya en sí una tragedia, pero si viene un tsunami hay que hacerlo y si hay una guerra también. Han abierto pasillos de seguridad para facilitar la huida pero los milicianos de la organización chií los bloquean. Acuden a los pueblos para disparar sus Katyusha y Fajr entre las casas. Todas las entidades de ayuda internacional debieran estar organizando la evacuación y enviando sus fuerzas para proteger a los que prestan asistencia. ¿Y qué hace el ejército libanés?

Pero el raciocinio no se lleva bien con las emociones intensas ni con los prejuicios arraigados. No es el primero el que alimentan los medios de comunicación, especialmente el rey de los mismos, el medio visual, sino las segundas. Imágenes cuanto más atroces mejor. Las crónicas de periodistas responsables y documentados que explican lo que está sucediendo interesan a pocos. Algo tan importante como una guerra se convierte en la página de sucesos.

En esa orgía de irracionalismo resulta que Israel mata niños no sólo criminal sino neciamente por darse un gusto sádico aunque esas muertes dañen sus objetivos estratégicos mucho más que mil cohetes de los fanáticos islamistas lanzados con toda intención contra su gente, no contra blancos militares. Las incontables veces que ha renunciado a golpear al enemigo para evitar daños colaterales no aparecen en la foto y no le van a ser tenidas en cuenta. La obviedad de que Hezbolá busca, y consigue en cantidad, muertos inocentes, tampoco queda registrada en la película. Como si no fuera un hecho manifiesto. Olvidados quedan también sus antecedentes, los de sus correligionarios yihadistas y el inmenso daño que la organización le ha causado al Líbano.

Para las buenas gentes la revulsión que experimentan lo borra todo, les tranquiliza la conciencia y culpan a quien asume la carga de cortarle las cabezas al dragón. En otro paroxismo de irracionalidad, Israel deja de ser democrático por hacer la guerra. Estados Unidos también por ayudarles. E Irak y Vietman. Y la Segunda Guerra Mundial. Y la Primera. Y Francia por Argelia e Indochina. El Reino Unido, por supuesto. Y para qué seguir. Menos mal que Zapatero elige bien y tenemos a Chávez, Ahmadineyad y el jeque Nasrala, que se sintió muy satisfecho de que su hijo muriera a los dieciocho años en un choque con los israelíes. Y así lo dijo impávido en televisión a las pocas horas del suceso. Por eso sus seguidores lo admiran sin reservas. Todo un ejemplo a seguir.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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